foto.jpg (15568 bytes)TEMPESTAD DE HIELO

J.C.M. LANAU

Robert Cummings, psiquiatra parapsicólogo del Presidente, se encontraba en su despacho revisando algunos casos parapsicológicos desconcertantes, cuando sonó el teléfono.

-- ¡Cummings!, - le dijo el Presidente John Ryan en un tono que se dividía en dos vertientes, entre alterado y agrio- me gustaría que vinieras. -Y colgó-.

Cummings podía deducir muchas cosas por el tono empleado, y supuso que se avecinaba tormenta. Pensó que Ryan había tenido mucha suerte, pues de no haberse encontrado, en aquellos momentos, su secretaria de vacaciones, jamás le hubiese localizado. De no muy buen grado, y bastante molesto, guardó los documentos en el cajón inferior de su escritorio junto con algunos informes de ciencias parapsicológicas. Poco después, asiendo el volante de su lujoso Chevrolet, se unió a aquel torrente sanguíneo que en aquellos momentos eran las autopistas de Nueva York. Debido a los inevitables embotellamientos tardó casi media hora en llegar, y como supuso que aquello era añadir mas leña al fuego, apresuradamente atravesó el vestíbulo; haciéndolo tan aprisa que por un momento hizo pensar a los funcionarios del ala oeste de la Casa Blanca, que era perseguido por una fiera salvaje que no le daba tregua. Cummings era consciente de por que corría: ¡Las prisas!. Y las prisas no eran buenas consejeras ...

Afortunadamente, antes de encontrarse con el viejo hurón de Ryan, estaba su secretaria: Eva Arden; una preciosa rubia de 27 años, sentada en una lujosa mesa de formica blanca brillante con forma de medialuna. En aquellos momentos ordenaba unos documentos. Por su desenvoltura y su personalidad Cummings suspiró, y pensó lo bien que lo pasaría con una mujer así, entonces dibujó una sonrisa soñadora, (la cual duró mas bien poco, precisamente al poner los pies en el suelo. Pensó también en su marido; pues una preciosidad como ella es lógico que tuviera marido; campeón de tiro olímpico, de carácter agrio y poco amigo de los entrometidos. A él, sinceramente, no le apetecía hacer de portero para una bala del calibre 38). Su presencia ya la había advertido, (pero como él no era una persona importante decidió terminar lo que tenía entre manos) poco después abrió la boca en forma de acento circunflejo, le dirigió una mirada hipnótica y ordenó:

-- Puede pasar inmediatamente, pero ... ¡cuidado!. El viejo tiene la ulcera subida de tono.

Aquella advertencia, cómplice, le azucaró el tímpano, a pesar de que no podía prevenirse, pues en realidad no sabía que quería o trataba de decirle el Presidente. Decidido, entró en la sala Oval, donde encontró a Ryan detrás de una mesa. Le dirigió una mirada dura, y a juzgar por la forma como le observó de arriba a abajo, llevaba un buen rato observando la puerta con el objeto de ver su nefasto rostro asomar. Cuando Ryan lo vio atravesar el umbral de la puerta se irguió y quedó tan estirado como una tabla. De Ryan poco se podía decir. Era un hombre gris, fofo y sinsorgo, considerado por todos los "pelotas" como muy inteligente; sin embargo para Cummings era un burro, un tonto, y como todos los tontos tienen suerte fue elegido Presidente de los Estados Unidos. Habló con una voz profunda, con animo de asustar. Sudaba mucho, y por aquel motivo, realmente, el asustado parecía él.

-- Pase y siéntese, es muy serio lo que tengo que decirle.

Cummings aguantó con estoicismo aquella situación e ignorante preguntó:

-- Siento tener que insistir, señor, pero no se por que se me ha llamado ...

-- No lo sabe, ¡verdad!, - manifestó Ryan en un tono irritado- ¡usted!, ¿no es el encargado del Departamento de Parapsicología del Gobierno?.

-- ¡Si!, ¿pero, que tiene que ver eso ahora?.

-- ¡Mucho tiene que ver! - objetó alzando la voz- supongo que no ignorará que hace poco nos enviaron un volante por valor de 200.000 dólares, cuyo balance arrojó una serie interminable de experimentos y entrevistas que usted realizó. ¿Que se ha propuesto?, arruinar al Departamento.

-- ¿Arruinar al Departamento?, - respondió incrédulo- ¿cuando ustedes han gastado cientos de millones en experimentos científicos idiotas?. Por citar un ejemplo, supongo que se acordará del avión nuclear: un proyecto que costó mas de mil millones de dólares, y que resultó un fracaso. ¿Dónde se encuentra hoy día dicho avión?: en el desierto de Nuevo México pudriéndose, al igual que otros cientos de proyectos fracasados. Ahora dígame: ¿para que sirvió el avión?, ¿para perder mil millones de dólares ... ?

-- El avión nuclear fue un proyecto aprobado por el Departamento, - declaró Ryan con mas pretensiones de comprensión que convicción propia- y el Departamento no creo que lo desconozca "es sagrado". Los hombres de ciencia toman decisiones; calculan presupuestos y después deciden llevar a la práctica sus investigaciones. Es algo que puede funcionar o fallar, y como, por lo general, es necesario, el Departamento firma sin mas, además si no funciona les tiene sin cuidado. En cambio, a usted nadie le dio permiso para utilizar ese dinero, y el departamento desconoce el origen de su experimento, ¿que se propone si puede saberse?.

-- ¿Proponerme?, - protestó confuso, como si no comprendiera la pregunta- en realidad nada. Simplemente quiero ultimar un proyecto; además ¿que le preocupa?, ya no me puedo echar atrás.

-- Naturalmente que se puede echar atrás, pues desde ahora no hará nada. Su experimento queda cancelado.

-- ¿Cancelado?, - respondió aprisa- ¡Imposible!, ya nada ni nadie lo puede detener, pues mañana se celebra ...

Al escuchar aquello, con cierta paciencia, Ryan quedó paralizado; la lengua se le secó, y permaneció adherida al paladar, entonces enmudeció, y Cummings no pudo precisar si fue de rabia o de sorpresa. Pensó que después de tantos avatares era la actitud mas razonable. Ryan se recostó en el sofá, como buscando una salida a aquel jeroglífico. Pocos segundos después, ultimó, a modo de sentencia:

-- Está bien. Como supongo que ya habrá pagado, resultará imposible recuperar el dinero adicional, y no creo que tarde en llegar otro volante, terminará su experimento, pero será el último que realice a costa del Departamento, y además yo iré con usted ...

-- Pensé que yo sería quien le informe del resultado, - respondió Cummings muy tranquilo- si quiere venir yo no puedo evitárselo. Tendrá que levantarse a las 5´30 -añadió- pues vamos a atravesar todo el Estado. Nos dirigimos hacia Omaha, a un Desierto. Yo vendré a recogerle, ¡Ah!, y procure acostarse temprano, las 5´30 se dan enseguida. Y bien ... creo que ya no queda mas por hablar, ¿puedo irme?.

-- ¡Vayase al Diablo!. - Exclamó Ryan alzando la mano y en tono agrio -.

Martes 30-6-93.

El Bell Helicopter, modelo A3NN-507, los posó en una loma tras tres horas y media de viaje. Ryan descendió cubriéndose el rostro, envuelto en un torbellino de polvo que batían las palas del helicóptero. Mientras tanto, Cummings repartió una serie de órdenes al piloto. Poco después se reunía con el presidente, pegándose como un perrillo faldero.

-- ¡Buuff!, vaya viajecito, - suspiró Ryan- creí que viajar en helicóptero era mas cómodo.

-- Hemos viajado mas de tres horas, y por fuerza un viaje así resulta monótono y aburrido. - Respondió Cummings como si solamente fuera él solo quien se encontrara allí en aquellos momentos.

-- Y bien ... Ya estamos aquí, y ahora ¿que ... ?

-- Ahora empieza el experimento, - manifestó Cummings dirigiéndose al petril de la loma- hemos llegado a la hora exacta.

Ryan fue tras él, entonces tuvo que detenerse pues un barranco de escasa pendiente se abría a sus pies. Llamó su atención, primeramente el paisaje tan xerófilo que los rodeaba; era un erial, donde solamente reinaban los cactus, el polvo y los lagartos. Allí, en un claro, concentrados en un círculo, el cual no deriría metros de diámetro, se encontraban sentados en forma de "X" un centenar de personas, apiñados como las uvas de un racimo. De mantener el orden, inexistente, pues todo el mundo permanecía en su lugar, se ocupaba un destacamento del ejército; exagerado, estos eran tantos y se movían de tal modo, que mas parecían burbujas en un vaso de agua carbónica. Por medio de silbatos y alzando la voz trataban de hacer que se callara una multitud ignorante, (en cierto sentido) que en aquellos momentos se comportaban como niños de años. Debido a la temperatura reinante, la atmósfera flotaba y como la garganta se resecaba rápidamente consumían grandes cantidades de agua y zumos de frutas que los soldados les obsequiaban en depósitos de plástico, los cuales obtenían de los Containers que disponían al efecto, diseminados por los alrededores.

Destacaba, a unos veinte metros de ellos, un campo cubierto de escamas que parecían cristales, debido a ello, sus aristas fulguraban y rutilaban como si el mismísimo sol hubiera cambiado de lugar, y elegido dicho campo para instalarse. Súbitamente sonó una sirena, entonces los soldados se movieron muy aprisa y recogieron apresuradamente las botellas que les entregaban; cargados hasta los topes se retiraron, agrupándose en los Containers. A continuación se creó un espeso silencio, que sólo interrumpía el silbante aire. Poco después entró en acción una musiquilla monocorde, que invadía el ambiente, parecida a la de una flauta, que los altavoces se ocupaban de amplificar. En aquellos momentos la multitud se puso en estado de trance, cerrando los ojos como si fueran los alumnos de un profesor de yoga. Ryan observaba aquello desconcertado, tanto, y tan absorto estaba que no se molestó en preguntar a su anfitrión que tramaba con aquello, quizás porque no lo entendía. Así de repente, los cristales se elevaron como las hojas de otoño batidas por el viento, produjeron una nube multicolor flotante que se precipitó sobre la multitud en trance, rasgando vestiduras y cortando carne, como un furioso enjambre de abejas sobre un intruso. Después todo fue una algarabía; los hombres despertaron enloquecidos y se precipitaron sobre los soldados; la lucha se generalizó y los soldados impotentes no pudieron hacer mas que retroceder. Como los soldados ya no le hacían frente se ensañaron contra los Containers, volcándolos e incendiándolos. Entonces, una veintena de ellos se fijó en Ryan, lo señalaron con el dedo, y sin pensárselo dos veces tomaron impulso y empezaron a ascender el precipicio a la carrera, gritando como si fueran bestias.

Cummings, consciente del peligro, tiró del brazo del Presidente con fuerza, advirtiendo a la vez:

-- ¡Salgamos de aquí!, si nos dan caza nos matarán ...

Ryan estaba tan asustado que sus pies eran de trapo, el miedo lo paralizaba y Cummings no encontró otra manera de sacarlo de allí, que estirar de él y arrastrarlo hasta el helicóptero. Lo hizo entrar con especial cuidado y, a la vez, ordenó al piloto despegar. El motor tardaba en recalentarse y Cummings, en el transcurso de aquel tiempo inextinguible se mordía las uñas. Cuando el helicóptero se remontó, dejó sus huellas impresas en la arena y poco después, aquel sector desocupado fue cubierto por una veintena de seres enloquecidos de aspecto horrible, cuyos rostros cubiertos de llagas les había hecho perder la razón; alzaban las manos a modo de garras, tratando de capturar una presa que les había burlado. Cummings, en aquellos momentos era consciente de que si hubieran sido arrollados por aquella multitud su fin, sin lugar a dudas, lo habrían encontrado allí mismo. El peligro no había pasado, pues Ryan, fuera ya de toda incertidumbre se estaba recuperando.

-- ¿Que tramaba con su condenado experimento?, ¡Maldito!, pudo haber matado a mucha gente ...

El vozarrón de Ryan fustigó el oído interno de Cummings, y herido en su amor propio respondió de forma fría.

-- ¿Y que mas da toda esa chusma?, cuando mi experimento, quizás evite una tercera guerra mundial ...

Ryan tardó mas o menos, medio minuto en tratar de comprender aquella respuesta. Entonces muy intrigado, y sin alterarse quiso saber:

-- ¿Que quiere decir?, no entiendo nada ..., cual era el fundamento de su experimento.

-- La base - respondió con cierta paciencia- era sencilla y solamente para demostrarlo me quedaba por eliminar el "casi". En realidad reproduje la Primera Guerra Mundial; desde hacía mucho tiempo supuse que la civilización del siglo XX se derrumbaba, debido a la crisis económica. Lo mismo ocurrió en la primera guerra mundial; muchos factores, aparte de la muerte de un príncipe, había que añadir. Crisis económica, inseguridad social, falta de imaginación ... Yo grabé la guerra en una cinta especial. Era una cinta parapsicóloga. Una cinta que producía unas señales que se adentraban en el cerebro, y lo conseguí de una forma curiosa: Estudié todas las guerras mundiales, sus causas. Después trabajé en parapsicología, y descubrí que ciertas señales o estímulos actúan sobre el cerebro como un aprendizaje; es decir, ciertas señales podrían en muy poco tiempo enseñar a una persona cualquier ciencia; aunque nunca la hubiera estudiado. Lo demás fue fácil: los cristales actuaban de forma negativa; y los hombres, en estado cataléptico de forma positiva. Cuando sonó la musiquilla ya nadie se podía echar atrás. Era la guerra, odiaban a sus propios gobiernos; unos inútiles que sólo se preocupaban de su lucro personal y que se inventaron a un enemigo inexistente, pues el único enemigo que siempre tuvieron fue su inutilidad. Su cerebro lo ocupaba una maquinaria burocrática lenta y pesada, que reaccionó tarde, y no muy pronto encontró soluciones. Yo lo reproduje, y el resultado fue el que me temía: Nos encontramos en una situación parecida, con falta de recursos; pero ahora tenemos una esperanza: cambiaremos, cediendo en algunos aspectos, para evitar una tercera guerra mundial.

Ryan lo comprendió todo muy aprisa, en realidad era algo que había escuchado siempre, pero no sabía donde.

Ryan estaba conmovido, no sabía ni que responder. Recordó la guerra de Corea, cuando hecho prisionero le pusieron una pistola en la cabeza y le preguntaron: Tu tendrás mujer e hijos, ¿verdad?.

-- Si no podemos evitar la tercera guerra mundial ¿que haremos?.

-- Echar mano a mi máquina mágica. - Respondió Cummings con gesto inexpresivo.