HABILIDAD MUSICAL y HABILIDADES TONALES
Quod Libet, número 10, Febrero, pp. 102-114. Madrid.

1. En torno al estudio de la HABILIDAD MUSICAL

2. Una revisión de la investigación referida a las HABILIDADES TONALES 3. Bibliografía
 

1. En torno al estudio de la habilidad musical.
 

No existe todavía hoy una coincidencia de criterio unánime a la hora de definir todas y cada una de las aptitudes y habilidades musicales. Para nuestros fines, podríamos, en un primer momento, considerar como candidatos legítimos a esta categoría a todas aquellas aptitudes y destrezas que son características y que por tanto permiten diferenciar eventualmente a las personas “musicales” de las “no musicales”.
 

Para algunos psicólogos, en cambio, como Mursell o Wing, el grado de habilidad musical que alcanza una determinada persona, estaría regido más bien por una única aptitud general que determinaría las posibilidades musicales de las personas. Otros eminentes psicólogos de la música, como Seashore, consideran la aptitud musical como un conjunto de aptitudes “diferenciadas”, entre las que destacarían la diferenciación del tono, del ritmo, del timbre, de la intensidad, de la armonía, etc.
 

Existen también diferentes enfoques y puntos de vista en cuanto a lo que debe considerarse cuando se habla de habilidad, de competencia, talento, logro, musicalidad, o de aptitud, en relación con la música (LUNDIN, 1967; BENTLEY, 1966; LEHMAN, 1968; SHUTER, 1968; DAMÁSIO & DAMÁSIO, 1977; WYKE, 1977; entre otros).
 

La habilidad para hacer y comprender música a altos niveles de competencia requiere el desarrollo y la integración de múltiples programas de acción, de diferentes destrezas de ejecución (motoras y propioceptivas, viso-espaciales, secuenciales, vocales, de coordinación bimanual), de memoria sensomotora, o de memoria auditiva. En la percepción musical elaborada, intervienen además numerosas discriminaciones auditivas relativas a los diferentes parámetros del estímulo sonoro organizado, junto con poderosos factores y respuestas emocionales, estéticos, y culturales. Todos estos eventos, debido a la propia naturaleza de la música, tienen lugar además en forma cambiante y dinámica, lo cual presta a la música precisamente gran parte de su complejidad y de su belleza.
 

La cuestión de fondo se refiere a cuánto de este nivel de competencia en un (o en varios) determinado(s) campo(s) (p.e., la composición, la dirección de orquesta, el canto, o la ejecución instrumental) es congénito -- viene dado o es facilitado en gran medida por factores genéticos -- y cuánto es adquirido por el individuo en el transcurso de su formación musical. Se habla comúnmente, para referirse a este proceso, de aculturación musical.
 

Cantar antes de hablar, p.e., parece ser una característica típica de los niños con un talento musical notable. Muchos de tales niños han nacido en familias de músicos, aún cuando no hayan sido familias renombradas dentro de este campo. A la inversa, padres con un alto grado de talento musical pueden tener niños con poca aptitud y/o sin interés en la música.
 

En un sentido, por lo tanto, parece sumamente claro que la habilidad de hacer y aprender música es inherente a todos los seres humanos. Pero en otro sentido conviene enfatizar y recordar que la evidencia también apunta a su vez a que la aptitud varía entre individuos, y a que puede determinar un límite sobre el logro o el nivel de desempeño final sin importar cuán favorables sean las influencias ambientales ni cuán altamente motivada esté la persona.
 

En nuestra opinión, la complementariedad de ambos tipos de concepción (innatista y ambientalista) prevalece de forma evidente sobre el aparente antagonismo que parece enfrentar en muchas ocasiones a los investigadores de una u otra corriente. En consecuencia, nos referiremos a los datos en favor de una u otra interpretación guardando siempre en mente esta asunción de principio: que determinados paradigmas encajan mejor en una de ellas, y determinados otros en otras, y que aún otros precisan de ambas para su descripción. Dicho de otro modo, la intención que nos guía no es la de afirmar una y refutar otra, sino la de combinarlas para poder ofrecer un cuadro coherente de la evolución de las llamadas habilidades tonales.
 

En realidad, todas las pruebas de aptitud son hasta cierto punto pruebas de desempeño del mismo modo que todas las pruebas de desempeño (logro) reflejan necesariamente la aptitud inicial que el sujeto puede aportar a la situación de aprendizaje (SHUTER-DYSON, 1982).
 

Acaso una mejor comprensión de la naturaleza y las características de estas dificultades conceptuales pueda ayudar a centrar y a orientar el creciente interés que viene despertando la música, así como el también creciente número de consideraciones que se están dedicando a la habilidad musical en medios psicológicos y educativos en los últimos años.
 

1.1. Algunas aproximaciones famosas
 

En primer lugar, resulta útil aclarar una cuestión sobre la que no existe desacuerdo entre los diferentes autores: el desempeño no sólo depende de la aptitud sino también del aprendizaje logrado, del interés del niño/a por la música y del deseo de aprender.
 

En nuestra sociedad, la composición y la interpretación se han convertido en una ocupación propia de expertos, cuyas producciones parecen requerir una sensibilidad especial para comprenderlos. Por lo tanto, viene a trazarse una distinción añadida entre "musical" y "no musical", aún incluso cuando al contemplarlos como un continuo (diferentes grados de destreza dentro de una población determinada) en vez de como una dicotomía (sujetos expertos vs. sujetos novatos). Sirva como ejemplo el caso citado de la composición o el de la ejecución altamente especializada en algún instrumento musical, en las que algunas personas alcanzan un grado tal de habilidad en una, o en más, de estas habilidades, que se sitúan muy por encima de la norma dentro del grupo de los músicos.
 

Se podría afirmar, pues, en el marco de esta argumentación, que las palabras habilidad y talento se refieren a un nivel superior de ejecución general. Y que en consecuencia incluyen, y por eso confunden, ambos aspectos adquirido y heredado -- la aptitud y el logro --, a pesar de que a un nivel inferior, la aptitud expresa distintivamente el potencial para aprender y el logro lo que ha sido aprendido (ver GORDON, 1979).
 

Los padres de músicos famosos a menudo han destacado también en las demás artes (ver FEIS, 1910). Sin embargo, no se ha podido obtener evidencia empírica de una posible relación mediante la evaluación psicométrica. Más bien, los resultados obtenidos apuntan a que esta relación entre las artes y la aptitud que se posee para desarrollar varias de ellas con competencia, si existe, es más probable que esté relacionada con factores de personalidad. [Acerca de la cuestión general de la estructura de la personalidad de los músicos, se puede consultar el trabajo de MARTIN (1977), o el de KEMP (1981).]
 

Otra interpretación interesante es la de REVESZ (1953), quien, por su parte, utiliza el término musicalidad para denotar "la habilidad de disfrutar estéticamente la música". A este punto de vista se le ha objetado frecuentemente que música en este caso equivale a las composiciones que se han desarrollado en el mundo occidental durante aproximadamente los últimos mil años, y que se caracterizan por la polifonía tonal (ver ZUCKERKANDL, 1973).
 

Un concepto diferente de musicalidad es el de BLACKING (1971, 1973). Este autor propone que los seres humanos poseen una competencia musical similar a la competencia lingüística postulada por Chomsky, y que la "habilidad musical media" es tan universal como la competencia lingüística media. Esta opinión ha sido sostenida también por otros autores en campos afines, como Leonard BERNSTEIN (1976) en el musical, o Bruno NETTL (1956) en el de la antropología, y ha recibido un apoyo experimental importante proveniente del Laboratorio Bioacústico de Pennsylvania, en donde se llevaron a cabo estudios que demostraron que en recién nacidos, los efectos tanto de secuencias tonales como de sonidos de habla sintéticos, producen invariablemente distintas reacciones evidentes cualquiera que sea el estado previo de activación de los bebés (p.e., EISENBERG, 1976).
 

También MOOG (1976) encontró algunos resultados de especial interés, como que el 16 % de los niños de 2 años que estudió, no cantó palabras pero balbuceó o cantó algo similar al ritmo y a la entonación de sus pruebas. En su investigación de unos 500 niños encontró además que "al final del tercer año todos los niños estaban capacitados para el canto imitativo", incluso aunque cantaran correctamente sólo algunos grupos de notas.
 

2. Una revisión de la investigación referida a las HABILIDADES TONALES.
 

El sonido musical organizado, lo que conocemos usualmente como música, se articula en torno a diversos parámetros de organización cuya discriminación y análisis son llevados a cabo por el sistema auditivo y sus proyecciones corticales, y cuya integración el oyente experimentado aprende a reelaborar como parte de su percepción y de su experiencia previa con la música. Así, podemos observar grandes diferencias al comparar las evaluaciones de músicos expertos y músicos novatos.
 

El principal punto en cuestión en el tema de la evaluación de la habilidad musical se sitúa -- como ya se ha mencionado -- en torno a si existe un mecanismo o no de cognición general para la música que determina el grado de esta especialización, y en torno a la naturaleza de las diversas habilidades componentes. Sin embargo, los problemas no acaban aquí: dentro del grupo de los músicos expertos se observa también un amplio rango de diferencias individuales.
 

Además, la descripción de una eventual secuencia evolutiva universal para dichos componentes, cuando no existe una instrucción musical formal (como en el caso, p.e., del lenguaje), todavía es objeto de investigación. En el presente apartado, revisaremos algunas de las aportaciones que se han hecho para cada uno de ellos.
 

Seashore, pionero y sagaz en muchos de los problemas de la Psicología de la Música, propuso en primer lugar (1938) que su prueba para evaluar las aptitudes musicales no podía contemplarse como una unidad, sino que más bien medía 6 factores, que podían considerarse en cierta medida como independientes. Pocos años después, los hallazgos de WING (1941) y de McLEISH (1950) mostraron que existía un factor general que corría a lo largo de todas las medidas, y que estaba presente también en otros tests de aptitud musical. No obstante, hallazgos posteriores durante la segunda mitad de nuestro siglo, prestarían soporte a ambas posturas, estableciendo la existencia tanto de un mecanismo general como de una serie de factores (o habilidades componentes) en cierto modo independientes.
 

2.1. Tono.
 

Las tareas de entonación se cuentan entre las de mayor dificultad para los niños/as más pequeños, aunque en algunos estudios no queda claro cuánto de esto puede deberse a la falta de comprensión de "más alto" y "más bajo" cuando se aplican a la música.
 

Existe acuerdo en que la discriminación del tono parece mejorar en la última infancia, pero desacuerdo en cuanto a los niveles de discriminación que se alcanzan en las diferentes edades. Parece claro que a los 7 años podemos discriminar naturalmente ¼ de tono, y que duplicamos esta resolución a los 12 años, discriminando hasta 1/ 8 de tono.
 

En un sofisticado estudio, presentando diferentes combinaciones de intervalos a músicos experimentados, SIEGEL & SIEGEL (1977b) demostraron que los músicos parecen categorizar las diferentes entonaciones (o tonos) de un modo similar a la categorización de consonantes en el lenguaje. Así pues, los tonos se perciben como categorías discretas, sujetas a determinadas restricciones perceptivas. Otros estudios han aportado más evidencia sobre este punto (ver BURNS & WARD, 1973; LOCKE & KELLAR, 1973; CUTTING & ROSNER, 1974; SIEGEL & SOPO, 1975; MILLER, WEIR, PASTORE, KELLY & DOOLING, 1976; CUTTING, ROSNER & FOARD, 1976; BURNS & WARD, 1982).
 

Esto significa que en ambos tipos de procesamiento (musical y lingüístico) está presente la percepción categórica, pero no que ambos compartan los mismos procesos y operaciones cognitivas: DEUTSCH (1975) demostró que estos mecanismos son diferentes para el tono y para otros sonidos, y en particular para los del lenguaje, en contra de la creencia tradicional de la psicología de la percepción.
 

2.2. Tono Absoluto.
 

La posesión del tono (u oído) absoluto se define, entre músicos, como la capacidad de producir una determinada frecuencia a voluntad, sin la presentación de ningún sonido de referencia. Esta habilidad, muy apreciada entre los propios músicos, se cree que está sujeta a algún tipo de período crítico: parecen desarrollarlo muchas de las personas que comienzan estudios de música, o a practicar un instrumento musical, antes de los 7 años, y pocas de las que lo hacen después de los 13 ó 14.
 

La teoría del período crítico fue formulada primero por COPP (1916), y la teoría del aprendizaje (que propone que la adquisición únicamente depende de un patrón ambiental de refuerzos apropiado) por OAKES (1951). En 1969, SERGEANT demostró que la probabilidad de desarrollar el oído absoluto era inversamente proporcional a la edad a la que se iniciaba el estudio de música, es decir, que existen más posibilidades cuanto más temprano se empieza a tratar con tonos (o frecuencias) discretos, y menos cuanto más tarde. Más recientemente, CROZIER (1980) demostró que el oído absoluto puede ser favorecido a cualquier edad con entrenamiento.
 

El oído absoluto se da más frecuentemente entre músicos profesionales que entre la población general (y entre aquellos los candidatos más firmes son oboistas, flautistas y pianistas, instrumentos todos afinados con referencia al patrón estándar), pero no por ello está necesariamente relacionado con un alto grado de talento musical (SHUTER-DYSON & GABRIEL, 1981).
 

No obstante, se le han atribuido ciertas ventajas concretas, p.e., una mejora evidente de la afinación en la interpretación instrumental, o una influencia directa en la habilidad de cantar música a primera vista -- otra de las habilidades altamente apreciadas entre músicos. Se ha atribuido, también, a quien lo posee, una cierta dificultad para procesar la música atonal (p.e. HEARGREAVES, 1992).

2.3. Memoria tonal.

La memoria a largo plazo desempeña, obviamente, un papel crucial dentro de la habilidad musical. Así, la Memoria Tonal -- o memoria para las melodías -- es uno de los componentes o factores mejor establecidos. Presenta una de las mayores intercorrelaciones entre diferentes pruebas de evaluación psicométrica.
 

Seashore habla de la “imaginería auditiva” como la característica probablemente más sobresaliente de la mente musical (SEASHORE, 1938). GORDON (1977), en cambio, utiliza el término “audiación” para designar la audición de música mediante el recuerdo o la creación, en ausencia de sonido físico, con el fin de distinguirla así de la situación en que la música está de hecho siendo interpretada por otros. Con el fin de comprender mejor estos dos conceptos, podemos recordar el hecho de que muchos compositores no necesitan ni el piano ni otro instrumento musical para trabajar (componen como un escritor o un dramaturgo): se están apoyando en su “audición interna”, y reproducen y modifican configuraciones de sonidos en su mente una y otra vez.

Al menos en las primeras etapas del aprendizaje musical, la imaginería auditiva parece precisar el soporte de la imaginería cinestésica. AGNEW (1922), en un estudio con 200 músicos, encontró que la mayoría de ellos consideraban su imagen auditiva de un tema famoso interpretado al piano, "tan clara como la presente audición" o "muy clara". En cambio, 89 psicólogos que no habían recibido formación musical consideraban su imaginería auditiva como pobre y necesitada de soporte cinestésico.
 

La habilidad para retener en la memoria configuraciones secuenciales de tonos -- o melodías -- mejora lentamente con la edad y se posee en una amplia variedad de grados que no parecen estar directamente relacionados conel grado de experiencia con la música.
 

Cabe citar, en el marco de la presente exposición, el trabajo de DRAKE (1939) -- para quien los actos de memoria reunían capacidades específicas como la discriminación del tono, el timbre, y el ritmo.
 

2.4. Sentido del centro tonal: tonalidad.
 

Todavía en nuestros días, en que buena parte de la música contemporánea es atonal o politonal, la habilidad para advertir la presencia o la ausencia de un centro tonal sigue gozando de una gran consideración en nuestra cultura. Sin embargo, es interesante advertir que las melodías que cantan los niños espontáneamente no parecen relacionarse todavía con ningún centro tonal observable -- al menos no se ha observado en la música occidental (MOORHEAD & POND, 1942).
 

GORDON ha sugerido incluso (1979) que el sentido de la tonalidad evoluciona simplemente al margen de la “audiación” del niño del reposo tonal (ver § 2.3. ); es decir, que el sentido de la cadencia y el sentido de la tonalidad constituyen dos habilidades diferentes y no la misma (ver § 2.5.). Este autor considera que el sentido de la tonalidad es básico para el desarrollo de la comprensión musical.
 

BREHMER (1925) demostró que los niños de 6 años podían percibir la ‘adecuación’ de la tríada tónica como una conclusión puesto que podían detectar cambios en tales conclusiones más fácilmente que en los cambios que no la afectaban. REIMERS (1927) demostró que los niños de 9 años podían seleccionar la tónica como la nota final más apropiada para una melodía preguntándoles cuál de una serie de melodías tenía el mejor final. TEPLOV (1966) encontró que los niños de 8 años podían distinguir entre melodías acabadas y las que no poseían una nota final estable, p.e., del tipo de la tónica.
 

Los experimentos de ZENATTI (1969, 1973, 1975) han mostrado que la ejecución de los niños a los 5 años para discriminar melodías tonales (o pentatónicas), en relación a otras atonales, se distribuye al azar. La preferencia por el rasgo tonal comienza a emerger en algún momento entre los 6 y los 8 años, y continúa mejorando hasta la edad de 13 años, y en algunas tareas concretas hasta los 16. El trabajo de Zenatti ha prestado un gran apoyo a la opinión de que, en general, la habilidad de los niños es máxima para los ítems que se aproximan a la tonalidad y a la consonancia y para estructuras rítmicas basadas en patrones tonales antes que en atonales. No obstante, la ausencia de estudios de este tipo en otras culturas y con otros sistemas tonales, no permite tampoco generalizar en exceso estos resultados en favor de una o de otra interpretación.
 

Es más, conviene recordar, y en especial en el caso que nos ocupa -- el de la adquisición de la tonalidad -- la pluralidad de sistemas tonales existentes y la probable complementariedad a lo largo del desarrollo infantil de los enfoques cultural e innatista que se ha apuntado en (§ 1).
 

El éxito con las melodías tonales como opuestas a las atonales parece mejorar con la edad (ZENATTI, 1973, 1975; SHUTER-DYSON, 1982). Incluso de adultos seguimos percibiendo un cambio de nota en una segunda presentación con más seguridad en las frases tonales que en las atonales.
 

FRANKLIN (1956) argumentó que el juicio de la tonalidad podría ser el aspecto más importante de cualquier factor musical general que pudiera hallarse.
 

2.5. Armonía y Polifonía.
 

Respecto de la adquisición de habilidades armónicas se han formulado dos tipos de teorías, las llamadas de Ley Natural, basadas en las características físicas de los intervalos (p.e. HELMHOLTZ, 1862; LIPP, 1885; STUMPF, 1898; PLOMP & LEVELT, 1965), y las llamadas culturales, que postulan que la consonancia y la disonancia son fenómenos aprendidos que evolucionan en el tiempo en una cultura determinada (p.e., MOORE, 1914; OGDEN, 1924; LUNDIN, 1967).
 

En 1944, GARDNER & PICKFORD demostraron, que las apreciaciones de la disonancia también dependen del contexto específico de un determinado pasaje musical, concretamente del significado o intención del pasaje, de su composición física y de la experiencia musical de los oyentes.
 

Los experimentos con cadencias armónicas han aportado datos fiables sobre el crecimiento de la habilidad musical. IMBERTY (1969) demostró que los sujetos de 10 años comprendían ambas cadencias, perfectas e imperfectas, pero que si se utilizaba como tónica el tercer grado (III) de la escala, se creaba un sentimiento de sorpresa (p.e., la apreciación se mantenía aún esencialmente melódica, sin entrar en discriminaciones armónicas). Parecería ser cierto que en determinadas etapas del desarrollo musical (utilizando el criterio de edad o de nivel de aptitud) sobresale una apreciación diferente de la armonización apropiada, centrada en unos casos en las progresiones secuenciales o ‘melódicas’ de las cadencias, y en otros en el análisis de los diferentes acordes que las componen.
 

ZENATTI (1969) encontró una mejora estable en la habilidad de los niños para reconocer melodías en contrapunto entre las edades de 8 y 10 años, aunque algunos niños todavía tenían dificultades a los 12 años. En un experimento posterior (1974), encontró que a los 7 años, la mayoría de niños hacían apreciaciones consistentes relativas a acordes y a extractos musicales en los que se introducía la disonancia. La preferencia por la consonancia aparecía primero para los acordes (5 años) y después para los pasajes (7 años).
 

Nos parece interesante mencionar también los trabajos de VALENTINE (1962). Encontró que la preferencia para los intervalos consonantes se producía antes en niñas que estudiaban música (a los 9 años), en comparación con niños de una escuela normal (a los 12-13 años). A los 6-7 años, estas niñas ya mostraban un desagrado por los intervalos disonantes, en contraste con los 11 años en que aparecía el mismo rasgo en el grupo de niños.
 

La distinción entre los modos mayor y menor, por lo demás, puede ser aprendida en cualquier período de la vida y en un período relativamente corto.
 

3. Bibliografía




 

CEREBRO, MÚSICA y LENGUAJE

Algunas consideraciones sobre la función y la estructura

    I Concreso Internacional de Neuropsicología en Internet. Diciembre 1999 - Febrero 2000 
    http://www.uninet.edu/union99
0.Introducción

1. Sobre la complejidad del cerebro

2. Sobre el "Objeto" de la música

3. Música y lenguaje

4. El papel de los hemisferios cerebrales en música.

5. Epílogo

Referencias


 


0. Introducción

En torno del cerebro se reúnen médicos, neurólogos, químicos, bioquímicos, neuropsicólogos, psicólogos, matemáticos, artistas, filósofos, educadores, antropólogos, biólogos, paleontólogos, primatólogos, lingüistas, psicolingüistas, ingenieros, programadores, informáticos, y un largo etcétera ...
¿Qué observan, en última instancia, todas estas personas?


1. Sobre la complejidad del cerebro

La extrema complejidad del SNC ha requerido que — al final del segundo milenio — diversas ramas del saber de la más variada naturaleza, confluyan para aumentar y refinar nuestros modelos y nuestra comprensión acerca de la estructura que dirige — a su vez y en definitiva — toda esta búsqueda. Es decir: el propio cerebro humano.
El cerebro es, probablemente, el órgano del que más información se posee, pero también el menos comprendido. Presenta un alto grado de complejidad y otros atributos propios de los sistemas complejos, así como algunas funciones llamadas “emergentes” por las ciencias del procesamiento de la información, como la autoreferencia  , la consciencia o el pensamiento, que a duras penas llegamos siquiera a conceptualizar.
El número de neuronas que componen el SNC adulto se cifra entre 15.000 y 100.000 millones. Pero el caso es que su complejidad no depende de su número, sino del número y organización de las conexiones que establecen entre ellas: cada neurona recibe un promedio de varios millares de entradas distintas y se conecta con otras muchas neuronas. La mayoría de las conexiones, además, parecen quedar establecidas con precisión, y con un alto grado de especificidad, durante una fase precoz del desarrollo.
La complejidad del cerebro humano existe a todos sus niveles, desde el más general al más particular, del mayor al menor, de la estructura a la neurona, de la función a su base neurobiológica. Se ha dicho que estamos tratando con la estructura más compleja que se conoce, superando incluso a las formaciones galácticas. El panorama es el mismo visto desde la perspectiva de cualesquiera de las disciplinas citadas más arriba (“abrumador”), y en este sentido también se puede afirmar que el cerebro posee cierta dosis importante de “fractalidad”.
Se mire por donde se mire, se entre por donde se entre, al estudiar el cerebro (o alguno de sus aspectos en profundidad) no es posible eludir el cúmulo de informaciones procedentes de múltiples campos y disciplinas, afines o no. Se conoce en general a este vasto conjunto de saberes con el nombre de NEUROCIENCIAS.
Hace apenas unas décadas, una estrategia de búsqueda que atendiese a tantos datos de tantos campos, se calificaba todavía (y en forma peyorativa) de “eclecticismo”. Hoy, en cambio, se ve claro que es más correcto calificar tal estrategia como una tendencia necesaria en el estudio de la estructura y de la función cerebral, y que desemboca en la “interdisciplinariedad”, concepto profundamente inherente a la epistemología de la ciencia. Ninguna ciencia y ningún arte trabajan aislados. Todos, en cambio, contribuyen en alguna medida a incrementar nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos.
Todo punto de vista que supone defender los hallazgos de algunas de las disciplinas (de las teorías, o de los enfoques) sobre el cerebro humano, ignorando las aportaciones de las demás, recuerda la fábula oriental de los ciegos y el elefante: seis sabios indios, siendo ciegos y habiendo oído contar historias fantásticas de un cierto animal [el elefante], acudieron juntos a “observarle”; pero dado que cada uno palpaba una parte diferente del mismo y defendía criterios propios, la historia concluye que todos tenían en parte razón, pero que todos estaban también equivocados. Los investigadores comenzaron, en nuestro caso, hace más de 200 años a buscar a tientas al elefante: por fin, a comienzos del siglo XXI, parece que comienzan a preguntarse unos a otros e, incluso, a intercambiar en ocasiones sus papeles como observadores de la realidad.


2. Sobre el “objeto” de la música

La música es un fenómeno ciertamente complejo y extremadamente difícil de definir y tan siquiera de describir. Darwin expresó en varias ocasiones su total incomprensión acerca de la función biológica de la música en el ser humano; nunca entendió — en términos evolutivos — qué hacía el ser humano cuando se sentaba a escuchar música. Además, la música acarrea el sempiterno problema del significado: la música (sin texto), ¿quiere significar algo?. En caso afirmativo ¿qué es ese algo?. Si no significa nada en concreto, ¿qué objeto puede tener?
En música podemos encontrar variaciones combinadas de prácticamente todos los parámetros acústicos que dan forma a un determinado sonido; es decir, el compositor puede — y de hecho es así como trabaja — utilizar, combinar, modificar, y estructurar, un complejo mosaico auditivo en 3 dimensiones espaciales y una temporal. En música se da lo simultáneo y lo sucesivo, y todo ello “a una voz” o “a varias voces” (hasta un total de cuantos instrumentos participen en el fragmento en cuestión): acordes dentro de conjuntos de acordes, dentro de conjuntos de timbres, insertos todos en marcos armónicos cambiantes y dinámicos, siguiendo reglas y estructuras relacionadas con la propia composición acústica del sonido  .
En una determinada obra musical pueden coexistir — y superponerse — variaciones de: intensidad, timbres, ritmos, articulación, melodías, estructuras armónicas, frases, períodos, forma, voz, sonidos percutivos (o indeterminados), etc. etc. Todo ello, primorosamente ordenado y estructurado, y convenientemente organizado gracias a la experta mente del compositor, puede dar lugar a obras tan bellas y críticas — en el sentido de fundamentales — como la Sonata Kreutzer de L. van BEETHOVEN, o como La Consagración de la Primavera, de I. STRAVINSKY.
Ciertamente, para ser algo sin significado concreto, los compositores — y la exigencia social y cultural de los “auditores” — se toman en efecto mucho trabajo y muchas molestias — diríamos, con razón, que demasiadas — para llevar a término una nueva composición. Podemos añadir el hecho de que cada obra sólo “ocurre” (al menos hasta hace unas décadas en que se inventaron los mecanismos de reproducción sonora) cuando se interpreta. Incluso hoy, el público más exigente prefiere sin ninguna duda una representación (o interpretación) en directo a una reproducción de calidad. Además, tal acto involucra la presencia de al menos unos 20 especialistas (profesionales músicos) más la asistencia de al menos otras tantas personas como receptores de la interpretación.
¿Podemos imaginar, p.e., lo que ocuparían todas las obras escritas para piano, colocadas en estanterías, una junto a otra? ¿Y añadir a continuación, p.e., toda la música vocal de todas las épocas? ¿Y la música de cámara? ¿Podríamos añadir ahora las obras sinfónicas? ¿Y la música rock y el jazz “compuesto” o escrito? ¿El folklore de todos los pueblos de la tierra (sólo aquél que está ya transcrito)? ...
¿Nos seguirá pareciendo ahora la música una actividad un tanto “insulsa” en sí misma por cuanto que no expresa un significado preciso o, cuanto menos, concreto?  ¿Diríamos acaso que todas las culturas de todos los tiempos tienen una especie de “tic histérico” que les impulsa a hacer música — y, en los casos extremos y crónicos, a escribirla —, puesto que en sí misma no tiene ningún fin práctico o claramente definible? ¿Somos conscientes, siquiera de lejos, de la cantidad de dinero, personas y medios, que se ven envueltos, cada día y cada hora en el mundo, en la actividad musical en uno u otro sentido?
Algo hay, sin duda, en algún(os) rincón(es) de nuestra mente, o de nuestro cerebro, que nos impulsa constantemente a producir o a escuchar música. Y esto, en la mayor parte de los casos, sin saber exactamente por qué, atribuyéndole significados en todo distintos según personas, momentos y situaciones, y sin poder localizar los impulsos básicos que nos mueven a éllo.


3. Música y Lenguaje

La complejidad de la adquisición del lenguaje escapa a menudo a nuestra atención, en tanto que se trata de una habilidad cotidiana desde nuestros primeros días de vida. La habilidad musical, en cambio, mucho menos frecuente entre la población, nos parece de algún modo, una hazaña o logro por parte de quien la posee.
El lenguaje es el principal instrumento para la transmisión de conocimientos. El hecho de que tenga su sede en el hemisferio izquierdo (HI) en casi todas las personas diestras, y en 2/3 de las zurdas, constituye una prueba casi incontrovertible de procesos subyacentes de origen genético. Además, el procesamiento de esta modalidad comunicativa prácticamente exclusiva de la especie humana  , involucra determinadas áreas o territorios corticales y siempre los mismos (hasta donde sabemos) en todas las personas, hablen el idioma que hablen.
Los modelos más recientes propuestos en torno al problema del procesamiento cortical del lenguaje datan de finales de la década de los 80 y primeros años de los 90 (MOLFESE, MOLFESE, & PARSONS, 1983; MESULAM, 1990; DAMASIO & DAMASIO, 1992; MAZOYER et al., 1993). Evidentemente, no basta con explicar algunos problemas generales, sino que es preciso formular un modelo (aún inexistente) que dé cuenta de la fenomenología de los trastornos del lenguaje, de su rápida adquisición a edades tradicionalmente consideradas demasiado tempranas (p.e. aprendemos “demasiado deprisa” como para ignorar la existencia de mecanismos especializados que procesen estímulos específicos como los sonidos del habla)  , que explique el aprendizaje de varias lenguas sin dificultad a edades tempranas y con mucha dificultad a otras edades, etc. etc.
Actualmente se ha abandonado el concepto simplista de “dos centros conectados”, uno involucrado en la producción (Broca) y otro en la comprensión (Wernicke), por el de formulaciones más modernas que consideran la circuitería lingüística en forma de “redes neurales distribuidas”. Gracias en un primer momento a los trabajos de Penfield, Ojemann, y Mateer (PENFIELD & PEROT, 1963; MATEER, 1983; MATEER & CAMERON, 1989; OJEMANN & WHITHAKER, 1978; OJEMANN & MATEER, 1979), se demostró que existían puntos en cada una de estas dos áreas que producían efectos lingüísticos que tradicionalmente estaban adscritos a otras.
Además de que estos nuevos modelos han establecido también la existencia de otras áreas corticales (como el área motora suplementaria) y de estructuras subcorticales (p.e., núcleo pulvinar del tálamo) implicadas en el procesamiento del lenguaje, sabemos hoy en día que las áreas auditivas (y en general todas las sensoriales primarias y bastantes de las secundarias) están “sub-especializadas”, es decir, dentro de cada modalidad sensorial existen sub-áreas dedicadas a diferentes funciones u operaciones.
El lenguaje nos permite preguntar, aprender, escribir, comunicarnos, en definitiva: “interpretar el mundo”, y además hacer estas interpretaciones contrastables (o “falsables”) con las interpretaciones de los demás.
En el caso de la música, se hallan ausentes muchas de estas consideraciones y los datos permanecen extremadamente no-organizados. Si bien la última década del siglo que dejamos ha visto un renovado interés en tópicos relacionados con el procesamiento cerebral del fenómeno musical, no se han identificado — en el hemisferio derecho (HD) — áreas o sectores “musicales” diferenciados de las áreas auditivas secundarias   (p.e., partes del área de Wernicke en el HI), del mismo modo que existen áreas dedicadas invariablemente al procesamiento lingüístico .
Estudios llevados a cabo por investigadores del Beth Israel Hospital de Boston, en cambio, han demostrado con técnicas de neuroimagen la existencia de asimetrías estructurales en el cerebro de algunos músicos: concretamente, de áreas de Wernicke mucho mayores en músicos que poseen oído absoluto (SCHLAUGH et al., 1995, 1996), una rara habilidad que supone una representación neural estable del tono (o frecuencia), y que permite a quien la posee identificar la altura absoluta de dicho sonido sin escuchar ningún otro de referencia.
Es decir, la evidencia apunta de nuevo (como en el caso del lenguaje) al HI en músicos expertos, lo cual había sido ya postulado por numerosos estudios de psicología experimental (llevados a cabo fundamentalmente durante las dos últimas décadas), en los que la predominancia para los estímulos musicales parecía “migrar” del HD en sujetos no-musicales (que perciben parámetros globales) al HI en el caso de individuos con formación musical (capaces de analizar y operar mentalmente con material musical)  .


4. El papel de los hemisferios cerebrales en música

Los problemas, por supuesto, no acaban aquí.
Consideremos algunos en el nivel más “asequible”, el de la macroestructura. Estamos diseñados de forma tan curiosa que somos simétricos (o casi; en cualquier caso, estamos formados en efecto por dos mitades). También el cerebro se ve afectado por esta ley casi universal de simetría para los seres vivos (y para algunos cristales).
Lo curioso es que la mitad izquierda del cerebro controla y recibe información de la mitad derecha del cuerpo y viceversa. Es decir, las respectivas mitades de nuestro cuerpo y de nuestro cerebro están “cruzadas”. Esta es otra ley general que se aplica a todas las criaturas con sistema nervioso: se trata de los famosos “hemisferios cerebrales”.  En realidad son casi como dos cerebros independientes, aunque de hecho siempre funcionan en forma coordinada.
En música se dan procesos muy curiosos, que envuelven primariamente uno u otro hemisferio, o los dos a la vez. Ésto puede ocurrir en muchas combinaciones posibles y en forma simultánea. La complejidad del procesamiento que lleva a cabo un músico entrenado constituye un engranaje de procesos que permanece aún extremadamente confuso. Existe además una gran variedad de habilidades auditivas dentro de la población musical, así como de complejidad en las tareas que llevan a cabo los diferentes individuos envueltos en el fenómeno musical: intérprete con todas sus variedades, oyente, compositor, teórico, ...
Otros problemas añadidos podrían ser causa del fracaso en hallar tales áreas, p.e., la escasez de estudios rigurosos en músicos que han sufrido daño cerebral, el fracaso en detectar tales casos (el paciente puede perder habilidades musicales que pasan desapercibidas salvo que afecten a su vida profesional), o el llamado “problema de la evaluación premórbida” (conocer el grado de competencia en cada una de las múltiples habilidades auditivo-analíticas que poseía el paciente antes del accidente). Por último, con toda probabilidad muchas personas diagnosticadas de afasia hayan perdido acaso también algún tipo de habilidad musical (aún básica como en las personas no-musicales), pues no pocas veces en la literatura se dan casos de afasias y amusias combinadas, pero incluso en nuestros días pocas veces son sometidos a controles de este tipo.

En las personas sin conocimientos de música, su HD es predominante en la percepción de material musical (básicamente melodías). En cambio en los músicos (que perciben tanto global como analíticamente y en todos los niveles de la estructura musical), lo es el HI. Para el ritmo, en cambio, parece ser este último el gestor principal (e.g. MAVLOV, 1980, CLYNES & WALKER, 1982).
Según qué tareas, la lateralización puede variar. Según el modo de presentación de los estímulos, también. Y, por supuesto, también según los sujetos. En los casos de los trastornos de la función musical (amusias) se da también una variada y curiosa fenomenología. En Música (como en Matemáticas  ), es probable que estén involucradas extensas áreas corticales, o amplias redes distribuidas por todo el cerebro, y que no sea en absoluto tan sencillo localizar funciones y procesos como se han localizado en el caso del lenguaje.

Consideremos ahora el circuito auditivo general, modalidad sensorial común a ambos procesos comunicativos — música y lenguaje — (defínanse éstos en términos de la disciplina que se prefiera).
Cada cóclea se proyecta principalmente a su hemisferio contralateral, si bien una pequeña fracción de fibras ascienden de forma ipsilateral. De modo que las áreas auditivas primarias y secundarias (áreas 41 y 42 de Brodmann) están presentes por igual en ambos hemisferios, aunque cada una recibe la información de la cóclea del lado opuesto: el cuerpo calloso se encarga entonces de conectar ambos hemisferios y el cerebro integra ambas señales, proporcionándonos la experiencia auditiva.
La cuestión en este punto consiste en que en el córtex del HI se localizan varias áreas que no están presentes en el HD (o al menos no poseen las mismas funciones), áreas directa y específicamente implicadas en algunos aspectos del lenguaje; concretamente: en la comprensión (área de Wernicke o área 22 de Brodmann; sita en el lóbulo temporal superior y en el llamado córtex insular) y en la producción (área de Broca o áreas 44 y 45 de Brodmann; sita en la parte inferior del lóbulo frontal). Las lesiones de estas mismas áreas en el HD no producen los déficits de lenguaje que se observan en el HI; dichas áreas no poseen, pues, la misma competencia lingüística, y decimos que la función del lenguaje está “lateralizada” al HI y que se localiza en las áreas citadas y en los circuitos que las subtienden.
En cambio, una competencia exclusiva del HD parece ser la entonación tanto del lenguaje hablado (prosodia  ) como del canto (diseño melódico). En sujetos a los que se inhibe uno de los hemisferios con amilobarbital sódico (test de Wada) con objeto de observar el funcionamiento aislado de cada uno de ellos, se dan fenómenos ciertamente curiosos. Por ejemplo, con el HI inhibido los sujetos no pueden expresarse verbalmente, pero pueden en cambio cantar canciones con letras; con el HD inhibido, suele ocurrir lo contrario (p.e. BOGEN & GORDON, 1971). En los pacientes afásicos se dan fenómenos similares: las lesiones del HD producen un habla monótona, sin inflexiones, conocida como “tipo robot”, pero sin otros déficits de lenguaje; las lesiones del HI dañan severamente el lenguaje, pero muchos pacientes siguen pudiendo cantar melodías incluso con letras.
En pacientes a los que se les ha seccionado el cuerpo calloso para el control de la epilepsia, sus hemisferios “aislados” se comportan en efecto como dos cerebros independientes, sólo que el izquierdo sabe hablar y el derecho no (ver, p.e. SPERRY, 1976).


5. Epílogo

Así pues, en la mayoría de las personas el HI controla casi todos los aspectos del lenguaje; y gran parte de los musicales (tanto perceptivos como de producción) en los músicos diestros. El HD controla los aspectos de la entonación en el canto y los de la prosodia del lenguaje; y en personas sin conocimientos musicales controla también la percepción global de material musical (contornos melódicos).
No obstante, se pueden hallar casos en la literatura que constituyan alguna excepción a estas reglas, si bien las causas pueden ser diversas — desde una organización cerebral diferente (o cruzada), a déficits o patologías no localizados (p.e., ausencia de examen post-mortem), hasta la falta de un marco explicativo suficiente para interpretar los datos, o incluso una evaluación del paciente incompleta o inexistente. Existen casos de pacientes adultos en los que el HD ha re-aprendido las funciones lingüísticas perdidas después de la extirpación del HI. Igualmente, en edades muy tempranas en las que la plasticidad es considerablemente mayor, el HD ha asumido en ocasiones el control del lenguaje.
Resulta cuanto menos sorprendente que una serie de impulsos (primero mecánicos, más tarde eléctricos, y, al fin, bioquímicos y moleculares (glucosa, oxígeno, ATP) se traduzcan, si están correctamente “tratados”, en pensamientos e ideas, y en toda una fenomenología de estados mentales asociados con la conducta musical, que la psicología conductista (y en parte también la cognitivista) han tardado en reconocer: estados conocidos en todas las épocas y en todas las culturas, que no reflejan en última instancia sino estados también diversos de la Función Cerebral.
Siguen en pie cuestiones vitales para la comprensión de la mente humana, como p.e. el mecanismo del aprendizaje, aquél mediante el cual una información nueva se incorpora a una red de información pre-existente, siendo a su vez capaz de modificar a ésta última si su contenido semántico así lo requiere. Dicho de otro modo, ¿cómo pasan los recuerdos nuevos y recientes de la memoria de corto-plazo a un formato mucho más duradero — la memoria de largo-plazo — para con ello conseguir nuevos aprendizajes útiles y disponibles para eventuales nuevos problemas o situaciones a resolver?
Nos hallamos todavía — a las puertas del 2000 — en efecto lejos de encontrar o aislar el tan buscado engrama, el “esquema conceptual” o la “red de conceptos” (NOBAK & GOWIN), la “asamblea celular” (CALVIN), o el famoso “circuito” de los neurólogos. Es decir, de aquella configuración neuronal que nos permite rememorar una y otra vez y a voluntad, la misma cara, la misma melodía, los mismos sentimientos, las mismas palabras que oímos o que pronunciamos en cierta ocasión.
Existen ya infinidad de circuitos cartografiados (circuitos del tipo “origen-tipo de información-destino”) incluso en muchas especies, pero seguimos a oscuras respecto de a qué puede equivaler (en términos de actividad cerebral o de circuitos neuronales) p.e., el sabor a fresas, el tono de un atardercer, la idea de libertad, el estribillo de New York, New York, o siquiera el concepto “manzana”, por no mencionar el de “sinfonía”.
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Referencias
 




 

FUNCIÓN MOTORA 
y MÚSICA
Música y Educación Año 
XIV, 2 Núm.-46 - Junio 2001

1. Función Motora
2. Ritmo.
3. Cerebelo.
4. Habilidades motoras en músicos.
REFERENCIAS

1. Función motora

El sistema motor, en términos evolutivos, probablemente anterior a todos los sistemas sensoriales. La locomoción es uno de los atributos básicos de los organismos más simples. El desplazamiento permite una interacción con el mundo más compleja.
Para gobernar la información procedente de dicha interacción y de la creciente complejidad de los propios organismos, el cerebro ha ido desarrollando, a nivel cortical, una representación sensorial (homúnculo sensorial en humanos) y otra representación motora (homúnculo motor) del cuerpo. Ambas son paralelas y están ricamente interconectadas, constituyendo una doble banda que recorre la superficie del cerebro de "oreja" a "oreja". El surco central o fisura de Rolando separa una representación de otra. Gracias a dichos homúnculos (y a determinadas áreas premotoras prefrontales — p.e., el área motora suplementaria), sentimos nuestro cuerpo y lo movemos en forma consciente y coordinada y lo implicamos en acciones motoras muy complejas de todo tipo. La integración y funcionamiento correctos de tales sistemas constituyen igualmente, en terminología psicológica, el llamado "esquema corporal".
El sistema sensorial que recoge la información procedente de nuestra postura, movimientos, y estado de los órganos internos (es decir, nos informa acerca del interior de nuestro organismo), es un sistema "interno", que posee sus propias vías específicas independientes por ejemplo, de las del tacto y la temperatura, y se conoce como "propiocepción".

2. Ritmo

El ritmo es un fenómeno universal que se observa a todos los niveles del cosmos, desde la generación de estrellas a las rotaciones planetarias, pasando por la complejidad de los procesos biológicos (ritmos moleculares de copia, corte y transcripción; ritmos endocrinos para la producción de moléculas y sustancias; ritmos autónomos para la regulación automática de funciones vitales; ciclos de sueño-vigilia; etc.), hasta llegar al nivel de las emisiones atómicas (p.e., en el caso de los elementos radiactivos), o el de las propiedades físicas de la materia a estas escalas.
Los cuerpos físicos pueden vibrar, y cuando lo hacen de manera periódica, generan sensaciones que conocemos como "musicales". Todos los sonidos musicales son fenómenos de este tipo, de modo que lo que genera un sonido "musical", es también un movimiento rítmico (a saber, la oscilación periódica a una determinada frecuencia).

Existe una diferencia fundamental entre los ritmos naturales y los ritmos "artificiales" o humanos. El ritmo que los humanos integramos como parte del lenguaje, la música, o la expresión corporal, está sujeto a enormes variaciones, y su complejidad entraña un cúmulo de información a decodificar. En este sentido, se puede decir
a) el ritmo humano posee además de pulso, una acentuación. Se podría definir como la estructura temporal que "corre" o "se desplaza" sobre el pulso. Dicha estructura aporta la duración de cada sonido y las relaciones que se establecen entre dichas duraciones, además de determinar en buena medida propiedades y características de los sonidos periódicos (musicales), es decir, de la altura tonal de las melodías.
b) el ritmo natural es carente de métrica . O, dicho de otro modo, su métrica es simple y a su vez "eternamente" periódica.

El movimiento corporal es una forma de expresión, y como tal, un fenómeno de suma importancia en el desarrollo social desde el principio de las primeras sociedades humanas. Mediante movimientos coordinados del cuerpo, el hombre ha dado forma simbólica a numerosos procesos que observaba en la naturaleza y en sí mismo. Sin embargo, en nuestra cultura dicha importancia nos pasa desapercibida a menos que se nos eduque en tales cuestiones (p.e., la danza o la dramatización). Un buen actor o un bailarín conocen sin duda el poder del gesto o del ademán, para dar vida a diferentes personajes.
Sabemos hoy día que la mayor cantidad de información que recibimos de las personas que nos rodean se transmite por vía visual (la expresión del rostro con mínimos matices de cambio, los movimientos de manos y cuerpo que acompañan a quien nos habla, la postura y la forma de dirigirse a un auditorio, etc.). El interlocutor extrae muchos datos de la visión del movimiento del cuerpo de quien le está hablando.
Durante el establecimiento de nuestras primeras relaciones con el mundo, el eminente biólogo y psicólogo, Jean Piaget, postuló que las primeras percepciones se basaban en el desarrollo de la percepción de patrones motores propios — a los que llamó "esquemas primarios" (o reacciones circulares primarias) —; éstos darían lugar a la formación de esquemas secundarios, e incluso terciarios . Dichos patrones neurológicos son más conocidos como "esquemas sensomotores".
La progresiva construcción de "esquemas" más y más complejos, sería responsable del desarrollo de la percepción y de la motricidad, primero, y, más adelante, de la psicomotricidad y de la llamada "motricidad fina" que nos caracteriza a los humanos, es decir, el control motor fino de manos y dedos en forma coordinada.

La utilización del cuerpo y sus movimientos constituye un instrumento de construcción y de comunicación social. Todos los tipos de danza existentes (tribales, clásicas, populares, infantiles, gimnásticas, movimientos de vanguardia como el "break" y otros, ...), la utilización de tales danzas y movimientos en, p.e., videoclips (un medio novedoso en la difusión del arte y la cultura), incluso las lenguas de gestos que utilizan los sordos (y que constituyen "idiomas" en el sentido más completo de la palabra), y hasta la producción del habla (el código motor más complejo que conocemos), son ejemplos vivos de la importancia del movimiento corporal como medio de expresión y comunicación entre individuos, pueblos o culturas.

3. Cerebelo

Una estructura fundamental en el control y la coordinación motora del cuerpo es el cerebelo. El cerebelo es virtualmente como un cerebro pequeño: posee dos hemisferios interconectados y su propio córtex organizado por capas, junto con sus propios núcleos subcorticales.
El cerebelo es la única estructura del sistema nervioso cuyas fibras no cruzan al lado contrario, y todas las fibras motoras pasan por él. Se halla unido al cerebro por su base, en posición invertida, y contiene alrededor de un 7 % del total de neuronas del cerebro.
El cerebelo es el responsable de la sincronización y el refinamiento de patrones motores y musculares complejos, y tiene un papel directo en la elaboración del ritmo y del equilibrio, y en la fluidez y la delicadeza de los movimientos. Su acción se puede observar, por ejemplo, en la sigilosidad del gato, en la gracilidad de la marcha de una gacela, en la fluidez de la evolución de los pasos de un bailarín, en los movimientos precisos, rápidos y seguros de un pintor experto, o en las rapidísimas correcciones in situ de un deportista (p.e., de un tenista al golpear la pelota o de un piloto de carreras al corregir la trayectoria ante la súbita presencia de un peligro inminente.
En un estudio llevado a cabo con sujetos diestros, SCHLAUG et al. (1985) demostraron que el tamaño del cerebelo era un 5 % mayor en músicos instrumentistas que en adultos normales.

4. Habilidades motoras en músicos

Las dos mitades de nuestro cuerpo (incluyendo los sentidos) son gobernadas y percibidas por la mitad opuesta de nuestro cerebro (hemisferio cerebral). Es ésta una ley general para los organismos vivos con sistema nervioso, de los peces a los mamíferos.
En las personas sin conocimientos de música, su hemisferio derecho es predominante en la percepción de melodías. En cambio en los músicos (que perciben tanto global como analíticamente), lo es el hemisferio izquiedo. Para el ritmo, en cambio, parece ser el hemisferio izquierdo el gestor principal. Según qué tareas, esta lateralización varía. Según el modo de presentación de los estímulos, también; y, por supuesto, también según los sujetos.
La habilidad musical es, además, una habilidad "poco ortodoxa", es decir, presenta mucha variación entre los individuos, incluso entre los que reciben la misma instrucción formal: no es lo mismo componer que tocar, o que, simplemente, escuchar. Además, las destrezas que los diferentes instrumentos exigen (y que dependen en alto grado de la práctica) y las características idiosincráticas de cada cultura (con sus diferentes valoraciones) también colaboran a esta diversidad.
Apenas existen personas a las que no les guste la música, independientemente de su formación. La mayoría de personas son capaces de recordar y reproducir una melodía simple. Pero a partir de este punto, la naturaleza de la habilidad musical se torna compleja y variopinta.
De las revisiones especializadas aparecidas en los últimos 15 años, parece desprenderse que las personas que se especializan en alguna faceta de la interpretación musical, lateralizan determinadas funciones de control a su hemisferio dominante para el lenguaje (el izquierdo, en la mayoría de casos) . Únicamente en personas "iletradas" en música, asumiría el control el hemisferio derecho, al basarse el procesamiento mayormente en información de carácter global, como p.e. el "contorno melódico" .
Habitualmente, las personas que no saben música no hacen discriminaciones analíticas finas (p.e., calidad tímbrica, distribución instrumental, discurso armónico), y perciben los temas musicales como fragmentos unitarios. En los músicos, por el contrario, que están continuamente realizando operaciones cognitivas de análisis y de síntesis, de memoria y de programación motora, todo ello de forma simultánea, ambos hemisferios están funcionando de manera extremadamente eficiente y coordinada. Es más, el control motor y perceptivo en este caso "migra" al hemisferio izquierdo. En efecto, en músicos profesionales, el hemisferio dominante para la manipulación de material musical es, en la mayoría de casos, el izquierdo (o el hemisferio derecho en caso de que la persona en cuestión sea [una de cada tres] zurda[s] o posea lateralidad cruzada).
Durante los últimos 40 años, y debido al hecho de que los músicos desarrollan habilidades sensoriales, motoras y cognitivas, que la mayoría de personas no llegan a adquirir, aquellos que cuentan entre sus habilidades la interpretación, la lectura o el canto de música, se han convertido en sujetos del mayor interés para la neurología. Los músicos han mostrado ser sujetos de estudio "ideales", en especial dentro de la investigación de parámetros auditivos que utiliza técnicas de escucha dicótica.
El estudio y la interpretación de música entraña en sí un número considerable de habilidades perceptivas diferentes: sensorio-visuales (p.e., lectura de notas, disposición espacial de voces), sensorio-auditivas (p.e., táctiles, auditivas), y sensorio-motoras (tocar el violín o el violoncello es, de hecho cualitativamente diferente en el sentido motor de tocar, p.e., el piano, o el saxofón, o incluso la percusión). Las dos últimas, además, proporcionan una realimentación continua al cerebro del intérprete, que de esta manera supervisa su ejecución en cada instante.

La última modalidad (sensorio-motora) es de una gran diversidad dentro del campo de la interpretación musical. Se puede recordar, al efecto,

Además, en el caso de los diferentes instrumentos musicales, las dos manos pueden implicarse en formas también diferentes. Para los instrumentos de viento-metal, una mano sostiene el instrumento mientras la otra acciona el mecanismo. En los de viento-madera (cual es el caso de la flauta dulce), en los instrumentos de teclado, en el arpa, y en muchos de los de percusión, las dos manos se implican en actividades similares coordinadas. En el caso de los instrumentos de cuerda, las dos manos trabajan también coordinadas, pero dedicadas a tareas motoras cualitativamente diferentes; la realimentación sensorial de las yemas de los dedos es también diferente a las maderas modernas o a los metales.
Las habilidades motoras pues, están muy diversificadas. Las habilidades auditivas, en cambio, son comunes a todos los músicos. Unas y otras son adquiridas, a su vez, en diferentes grados por cada persona.
Si bien desde el nacimiento mostramos una preferencia del oído izquierdo (hemisferio derecho) para la percepción de material musical, esta predominancia hemisférica se traslada al hemisferio izquierdo en las personas que se vuelven diestras en tratar con material musical. Estos hallazgos han sido repetidamente comprobados durante los últimos diez años en sujetos sanos con técnicas modernas de escucha dicótica y de imaginería cerebral en vivo (p.e., SCHLAUG, 1995, 1996).
Es muy probable que, debido a que el hemisferio izquierdo asume funciones de análisis versus funciones de síntesis asumidas por el hemisferio derecho, asuma también el control sobre procesos musicales cuando éstos suponen una actividad o una elaboración intelectual intensas, o habilidades motoras finas muy especializadas que, como en el caso del lenguaje, requieren de una gran precisión y sincronización. En general, parece pues que el hemisferio izquierdo se ha especializado en el control de la programación y seriación de conductas motoras complejas, que requieren detallados análisis para su estudio e interpretación.
 

References



last up-date 05 - 10 - 2001

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