| 9. EL NACIMIENTO DE LA POLIFONÍA |
(...) Los tratadistas actuales coinciden en que la polifonía
tuvo su origen en el este. Si bien es cierto que existió en la sociedad
primitiva, no lo es menos que las grandes civilizaciones oriental y medio-occidental
le dieron forma y la refinaron, de manera que su materia y su manera pudieran
perpetuarse en símbolos escritos. Esos símbolos eran, bajo
muchos aspectos, el gran don otorgado a la música por el renacimiento
carolingio, ya que los siglos IX y X fueron por encima de todo siglos del
libro, del manuscrito ricamente iluminado, casi siempre litúrgico,
por una parte; y del códice, más humilde aunque también
más difundido, cargado de poesía, copias de clásicos
latinos e historias eclesiásticas, por otra. El arte de la caligrafía
quedó, así, indisolublemente casado con el arte de la música.
No es extraño, pues, que la polifonía de tiempos antiguos
y de naciones distantes, por bien organizada que estuviera en melodías
paralelas, tonadas sobre pedales, o imitación temática, careciera
de los medios necesarios para perpetuarse de modo inequívoco. De
ahí que haya sido tarea de las naciones occidentales transformar
los sonidos múltiples en símbolos.
La función primordial, sin embargo, consistía en mostrar
claramente la altura relativa de las notas en una sola línea melódica,
porque, una vez logrado esto, podían inventarse dos o más
líneas y anotarse a voluntad. Gran parte del honor de introducir
un método de notación de tono claro y útil le cupo
al monje franco-flamenco HUCBALDO (840-930), cuya longevidad no fue menos
dilatada que su lógica. Modificó de la manera más
hábil la notación griega por letras, dada a la posteridad
por el filósofo y estadista romano BOECIO (m. 524), reduciendo cerca
de 300 signos diferentes a unos 15 manejables. En su libro, De Institutione
Harmonica, Hucbaldo escribió la palabra “Aleluya” con signos convencionales,
aunque vagos, encima de cada sílaba.
(...) Seguidamente, añadió su notación de letras
y estableció la altura de cada sonido, aunque conservando los símbolos
convencionales (llamados neumas), que reúnen ciertas características
expresivas del canto. Así, el sistema de Hucbaldo se nutrió
del antiguo y del nuevo, y enseñó al cantor la exactitud
del tono y la variedad de expresión. También le enseñó
los rudimentos de la armonía, o consonancia, definiéndola
como: “dos notas, de distinta altura, que suenan juntas”. Posteriormente
dio una definición más explícita: “La consonancia
es la mezcla calculada y armoniosa de dos notas, que se produce sólo
cuando estas dos notas, ocasionadas por fuentes diferentes, se combinan
en una sola unidad musical, como, p.e., cuando cantan juntos un niño
y un hombre, que, usualmente, se llama organizatio”.
(...) No se ha conservado ninguna polifonía de Hucbaldo, aunque
se le reconocía como excelente músico, como queda probado
con su tropo de gloria Quem vere pia laus, y en sus tres oficios para san
Andrés, san Teodorico y san Pedro.
(...) Conviene recordar que a los compositores de la Alta Edad Media
no les estaba permitido escribir contrapunto para ninguno de los cantos
llanos que eligiesen. La iglesia daba cuidadosas instrucciones, p.e., acerca
de qué partes de la misa y del oficio podían ser elaboradas
con la añadidura de voces adicionales. Hablando en términos
generales, cuanto mayor fuese la festividad, mayor era el perfeccionamiento
que se permitía, y no hay que olvidar que el canto llano era un
factor de fundamental significación. A ciertas clases de responsorio,
cuyas diversas partes se asignaban al coro y a los solistas alternadamente,
podían adaptarse únicamente las partes para solista. De igual
modo, en los salmos cantados, se le daba una versión “organizada”
sólo a la antífona. En himnos y secuencias, los versos alternados
podían tratarse contrapuntísticamente, en tanto que en los
cánticos del Ordinario de la Misa existía la tendencia a
componer música solamente para los tropos y no para los textos básicos.
Así, los tropos eran inserciones músico-poéticas en
los textos consagrados por la costumbre y la regla, y (como en el caso
de Hucbaldo) el compositor era, frecuentemente, poeta y músico a
la vez. (pp. 319-322)
(...) De la mano del fomento de la música a varias voces marchó la enseñanza de la notación, tarea que se consideraba digna de un abad venerable. Cluny, la abadía que en menos de dos centurias fue guía de abadías y prioratos en cuestiones litúrgicas y espirituales, era afamada por su instrucción musical. Odo de Saint-Maur, que estudió allí, escribió un manual exponiendo su método de enseñanza para los niños del coro, según el cual se podía alcanzar la perfección en el canto a vista en menos de una semana. Usaba un instrumento llamado monocordio, que consistía simplemente en una cuerda tensada sobre una caja de resonancia y sostenida por un puente movible. La notación por letras estaba inscrita bajo la cuerda, de manera que cuando la punta se trasladaba a determinado punto, y se pulsaba la cuerda, producía un sonido que daba la nota al cantor. (p. 323)
(...) El número y la variedad de instrumentos musicales usados en los cultos religiosos de la Edad Media debió ser elevado. Pero esos pequeños grupos instrumentales no estaban unificados, ya que, frecuentemente, estaban condicionados por los recursos puramente locales. Se puede tener alguna idea de los instrumentos más comunes gracias a los antiguos manuscritos iluminados y a las molduras conservadas en las iglesias románicas y góticas primitivas, testimonio plástico que corroboran los nombres dados a las melodías de origen popular: musa (= cornamusa), cithara, fístula (oboe), lyra, organicis, symphonia, tuba, tympanum. El principal de todos era el órgano, que había sido perfeccionado en el este e introducido en Europa desde Bizancio. Sabemos que ya en el s. X podían encontrarse órganos en abadías y catedrales como las de Compiègne, Erfurt, Magdeburgo, Halberstadt, Winchester, Abingdon y Malmesbury, entre otras. Se conservan magníficas descripciones de algunos de esos instrumentos, de las que se desprende claramente que ciertos órganos eran enormes, tanto en tamaño como en sonoridad. El de Winchester contaba 26 fuelles y 400 tubos. Se necesitaban para accionarlo 3 organistas, pero como cada uno de ellos no podía manejar más que un gigantesco “registro”, es posible que se vieran inducidos al antiguo uso de la armonía de tres partes. (p. 326-327)
(...) Los etnomusicólogos más destacados han ofrecido
diversas explicaciones sobre la aparición entre los pueblos primitivos
del fenómeno polifónico y su repetición entre naciones
orientales y occidentales, sin que se haya llegado a ninguna conclusión
definitiva. Ciertamente, es difícil encontrar el vínculo
existente entre los novicios chinos (que cantan, primero, en notas discordantes;
luego, en quintas y, finalmente, en octavas) y las congregaciones rurales
francesas (que cantan en quintas siempre). Sin embargo, por lo menos en
el papel, existen similitudes entre los cantos de los prisioneros rusos,
cuya condición, al parecer, los impulsa a cantar en quintas perfectas,
y los cánticos de los monjes medievales. Incluso puede llegar a
establecerse un caso de enlace entre el organum melismático
y los cantos-danzas orientales, puesto que la polifonía se conoció
siempre en Oriente; las tribus de Chang-Naga, Badike, Xosa, Lhota-Naga
y Lepanto pueden aportar pruebas concluyentes. La aportación de
Occidente había de perfeccionar, a lo largo de un dilatado y difícil
espacio de tiempo, la manera de anotar esas melodías combinadas,
de modo que pudieran reproducirse con exactitud razonable en otras ciudades
y en distintos tiempos. (p. 331)
| 10. ARS ANTIQUA (XIII) / ARS NOVA (XIV) |
(...) El siglo XIV posee una fascinación debida en gran parte
a su aspecto fin-de-siécle, en el cual aparece como un período
romántico y polifacético de decadencia, a temperado por un
florecimiento cultural que tiene ventanas abiertas tanto hacia delante
como hacia atrás, combinando las aspiraciones impersonales y cosmológicas
de la Edad Media con el humanismo subjetivo el Renacimiento. Históricamente,
la decadencia de los ideales feudales es demasiado aparente, y la fe católica
se convirtió en el juguete de príncipes y prelados. (pp.
394-396)
El trasfondo cultural europeo tiene tan múltiples influencias
que hay que ser cauteloso al identificarlas, aún en el caso de que
estén restringidas a unos rasgos generales medievales y renacentistas.
Sin embargo, es patente que en Francia, centro del espíritu gótico,
las tendencias medievales siguieron predominando, en tanto que en Italia,
cuna de la antigüedad romana, empezaba a despuntar claramente el Renacimiento
ya en el 1300. (p. 399)
(...) Hay que tener en cuenta el factor lingüístico en la
vida cultural del siglo XIV. Anteriormente, el latín había
tenido importancia máxima, aunque se había empleado la lengua
vernácula para la monodia profana, así como también,
con extensión limitada, en aquellas obras literarias para las cuales
se pretendía una difusión más amplia. A la sazón,
sin embargo, el propio latín empezó a perder su dominio,
salvo en los escritos científicos y entre los intelectuales. La
tendencia humanística ya citada también se apreciaba en el
nombre de los compositores y en el título de los manuscritos, aunque
eso sólo ocurría esporádicamente en el caso de los
motetes. Es característico de los franceses el que, al principio,
a menudo disfrazasen sus nombres en la poesía bajo forma de anagramas.
(pp. 420-421)
| 11. RENACIMIENTO |
(...) Pese a los esfuerzos de estudiosos y entusiastas durante las últimas décadas, una ingente cantidad de música de esa época está todavía por publicarse y, por lo tanto, por ejecutarse. (p. 15)
Innovaciones de principios del Renacimiento
La innovación más importante de principios del Renacimiento
fue, indudablemente, la creación de la polifonía coral. Esta
supuso el requisito previo esencial del que surgieron todos los demás
adelantos posteriores. En la Edad Media el coro nunca se utilizó
para la ejecución por partes, perteneciendo ésta a la exclusiva
competencia de los solistas, ya que habían nacido como una especie
de tropos simultáneos de las partes de canto del solista. Desde
finales del s. XIV, empezamos a observar un aumento continuo en el número
de músicos profesionales en el coro de las capillas reales y en
el de las catedrales más opulentas. A partir de 1420, el término
“coro” empieza a aparecer con más y más frecuencia en los
manuscritos de la polifonía sagrada. Ahora bien, la idea de un conjunto
de voces combinadas, y adecuadamente equilibradas, había sido totalmente
ajena a la mentalidad del compositor medieval, y el nuevo medio transformó
radicalmente el arte de la composición. La polifonía
de las postrimerías del gótico se ejecutaba por un pequeño
conjunto de cámara con timbres de voz marcadamente contrastados:
la escritura de las partes refleja esto, y el propósito que animaba
al compositor era hacer cada voz tan diferente de las vecinas como fuera
posible. Con la transición a un medio coral, el compositor vino
a enfrentarse con dos problemas relacionados entre sí: ahora necesitaba
fundir las diversas voces en vez de diferenciarlas, y tenía también
que proceder más cuidadosamente en el empleo de las disonancias.
Una disonancia producida por dos voces de análoga tesitura resulta
mucho más áspera que la misma disonancia generada por dos
voces de timbres contrastados. Como consecuencia, al escribir para coro,
los compositores de 1420 se vieron obligados a abandonar las nerviosas
disonancias ornamentales que empleaban sus antecesores, y, naturalmente,
se refugiaron en las delicias de la eufonía. Así nos encontramos
con tiradas completas de música que no contienen ni una sola disonancia,
especialmente en las obras de los maestros ingleses, como Dunstable y Pyamour.
Como es obvio, la consonancia pura y sin mezcla resulta un alimento bastante
insulso, y al comprenderlo así los compositores empiezan a buscar
una forma de domeñar la disonancia, comenzando por utilizarla estructuralmente.
El compositor gótico había disfrutado con la disonancia,
pero únicamente la había empleado en los tiempos débiles
de su música, entre las consonancias perfectas de sus tiempos fuertes.
El contrapunto de principios del Renacimiento, por otra parte, distinguía,
dentro de la disonancia, entre su preparación y su resolución:
y, ahora, podía aparecer en los tiempos fuertes como una poderosa
fuerza causal, cuyo ímpetu lógico impulsó el desarrollo
de la armonía contrapuntística de la era diatónica,
hasta los tiempos de Schönberg y su escuela.
Con el coro establecido como nuevo medio y con el problema de la disonancia
resuelto, los compositores del Renacimiento se encontraron en completa
libertad de romper las demás tradiciones medievales a placer.
(...) Hacia la época de la muerte de Josquin el compositor disponía
de un enorme arsenal de técnicas nuevas donde elegir la que mejor
satisficiera sus necesidades del momento. En uno de los extremos del abanico
de posibilidades estaba la simple, pero plástica, homofonía
de la frottola, con su énfasis en los acordes verticales y los ritmos
de carácter declamatorio. En el otro, nos encontramos con una de
las principales glorias de la música renacentista: el contrapunto
imitativo. En él, con su clásica estructura de escritura
por partes, “democráticamente” distribuida, todas las voces comparten
en porciones iguales el material musical; cada sección de música
está edificada sobre un tema corto que pasa de una voz a otra, a
la manera de una exposición fugada. Esta es una técnica que
nunca ha dejado de fascinar al compositor de música, ni siquiera
al de nuestra época. Para llegar a ella, el último lazo de
unión con el Medievo tenía que desaparecer, porque el músico
gótico no componía su música compás a compás,
como se hace en nuestros días. Empezaba con una parte, generalmente
el tenor, que a menudo derivaba del canto llano. Después procedía
a sobreponer una segunda línea de música por encima de aquélla
(segunda voz), siguiendo las reglas simples del discanto a dos partes.
Más tarde, él mismo, o algún otro compositor, se dedicaba
a añadir una tercera parte completa, siempre calculada exclusivamente
sobre la voz del tenor, con lo que esta 3ª voz podía generar
una serie de disonancias, bastante ásperas, con la segunda. Como
ocurría con los edificios góticos, la música de este
período nunca llegaba a completarse ni a alcanzar una unidad formal
en el sentido moderno. Naturalmente que era posible escribir imitaciones
ocasionales utilizando este método, pero las probabilidades se iban
reduciendo más y más a medida que se iban añadiendo
nuevas voces a la ya complicada armazón. Para escribir un canon,
esto es, una imitación estricta entre dos o más partes, el
sistema tenía que abandonarse: el compositor tenía que trabajar
en todas las partes a la vez, acoplando su música compás
por compás. Así pues, no se debió a ningún
accidente fortuito el que los compositores de la generación de Josquin
(que fue el primero en hacer del contrapunto imitativo una estructura musical
integrada e independiente) tuvieran que dominar, antes de llegar a él,
los más complejos problemas de la escritura del canon.
La última innovación importante de principios del Renacimiento
se refiere al inusitado respeto con que los compositores de aquélla
época consideraban las palabras a las que ponían música.
El antiguo compositor medieval jamás había intentado reproducir
el acento y la entoncación del habla humana cuando musicaba un texto.
Las palabras eran simplemente tantas sílabas que debían encajar
dentro de una música que seguía sus propias leyes de construcción.
Si la lógica musical lo exigía, terminaba una sección,
a mitad de una palabra, con una cadencia concluyente, e incluso partía
otra por la mitad con un largo silencio. A principios del s. XVI, esta
manera de proceder iba desapareciendo rápidamente. Tanto los humanistas
como los hombres de la Reforma sentían una gran preocupación
por la palabra, y un nuevo realismo vino a dominar las Bellas Artes. Igualmente,
los compositores empezaron a sujetarse a las leyes de la prosodia del lenguaje
hablado al trasladar las palabras y frases al pentagrama. El “acento justo”
que vemos emerger en la música vocal de los tiempos de Josquin ha
tenido, desde entonces, una inmensa importancia.
Estas nuevas actitudes en relación con las palabras fueron aún
más allá de la misma prosodia y se extendieron al contenido
emocional de aquéllas. El teórico GLAREANUS (que fue también
humanista, amigo de Erasmo, editor de Terencio y poeta laureado del emperador
Maximiliano I) dijo en 1547, hablando de Josquin, que “nadie había
expresado más adecuadamente que él, en música, las
pasiones del alma”. Y, desde luego, nosotros encontramos en la música
de Josquin algunos de los primeros intentos de representar las emociones
humanas con un simbolismo musical “ad hoc”. Esta idea, la doctrina de los
“afectos”, se propagó rápidamente al madrigal italiano, y
eventualmente contribuyó a la caída de la polifonía
renacentista, dominando el pensamiento musical de Occidente hasta los tiempos
de Richard Strauss. (pp. 17-23)
Los teorizadores musicales del Medievo, también se habían
apropiado de la teoría clásica de las proporciones y la habían
incorporado a su acervo doctrinal. El docto estudio de la música
como una parte del cuadrivium, estaba estrechamente ligado al de las matemáticas.
Es más, era incluso posible transformar un tratado sobre las proporciones
aritméticas en un tratado sobre las proporciones musicales simplemente
con cambiar una palabra aquí y otra más allá. Un teórico
inglés del siglo XV llegó a realizarlo en la práctica.
En los tiempos góticos, la perfección de un número
conservaba todavía un significado místico, tanto en la medida
de la música como en su armonía.
Los compositores de principios del Renacimiento abandonaron pronto
el concepto medieval de las consonancias perfectas, continuamente repetidas
en todos los tiempos fuertes. (p. 51)
(...) El artificio de escribir una pieza de polifonía, en la
que cada parte utiliza un compás diferente, se practicó también
en la Ars Nova. Sin embargo, dos o tres generaciones más tarde,
precisamente cuando tales laberintos mensurables parecían estar
condenados a desaparecer con los últimos vestigios de la isorritmia
medieval, súbitamente nos encontramos con compositores como Ockenghem,
Issak y Pierre de la Rue, que vuelven a utilizarlos con compases proporcionales,
sucesivos y cambiantes, de extremada complicación.
(...) Al leer la literatura de aquella época se observa que
tales recursos no son sino los últimos estertores del formalismo
medieval en su lecho de muerte. Y así tenemos ingeniosos palíndromos,
retruécanos, acrósticos, laberintos poéticos en que
los versos pueden leerse en sentidos opuestos, siendo laudatorios cuando
se leen normalmente ... y vituperantes cuando se leen al revés.
Por otro lado, si nos detenemos en la teoría de las bellas artes,
vigente en el s. XV, pronto nos percatamos de por qué el Renacimiento
seguía interesándose en las relaciones numéricas.
El antiguo arte clásico había desarrollado un complejo sistema
de proporciones, no sólo con objeto de aplicarlo a la arquitectura,
sino también con el fin de superponer sobre los disformes miembros
del cuerpo humano real, una composición estilizada y armoniosa.
La Optica de Euclides, contenía la clave del punto de vista
de la perspectiva, y Pitágoras había concebido una mystique
completa de la numerología, en la expresada en términos musicales.
Con él, aparecía nuevamente una autoridad clásica
perfectamente utilizable. El arquitecto y hombre de vasto saber, León
Battista Alberti, afirmó que una proporción armoniosa en
el diseño arquitectónico era aquella que, expresada como
una armonía musical, condujese a una concordancia agradable. Leonardo
también describió su arte en términos musicales: “La
percepción simultánea de todas las partes integrantes (de
una pintura) crean una armonía concordante que, para el ojo, es
una sensación equivalente a aquella experimentada por el oído
cuando escucha la música”. Es oportuno anotar aquí que la
famosa descripción de la belleza, de Alberti, puede aplicarse con
notable propiedad a la nueva polifonía imitativa de principios del
s. XVI, la cual por fin había logrado emanciparse de los métodos
góticos de composición aditiva: “La armonía y concordancia
de todas las partes, realizada de tal manera que nada pueda añadirse,
sustraerse o alterarse sin perjudicar al conjunto”.
Lo que sacamos en claro de todo esto, es que algunas de las teorías
sobre música que la Edad Media había heredado de la antigüedad
-- en gran parte tomándolas de Boecio --, continuaban vigentes en
el pensamiento humanístico. Las viejas especulaciones numerológicas
de los góticos dejaron de influir en la nueva armonía, pero
de vez en cuando, aun hacían sentir su presencia en los complicados
acertijos proporcionales. Muchos músicos continuaron rindiendo homenaje,
por lo menos de palabra, a la idea de la música como speculum, porque
el neo-platonismo tenía una gran fuerza en el pensamiento renacentista,
pero fue aquí donde la enorme tendencia renacentista a los aspectos
prácticos empezó a manifestarse, puesto que desde finales
del s. XV, empezamos a encontrar algunos tratados sobre el discanto --
simple contrapunto de dos partes, escritas o repentizadas -- esta vez compilados
por músicos profesionales.
| ANEXO I.
LOS ORÍGENES DE LA MODERNA ESCALA OCCIDENTAL |
“Nuestra escala actual consta de 12 partes, 12 semitonos iguales. ¿Por
qué 12 y no 8, 35 ó 157? ¿Y por qué iguales?
Son bien conocidas otras escalas como las pentáfonas china y javanesa,
la heptáfona de Siam, los 17 intervalos de la música árabe
o los 22 s' rutis de la música hindú, algunas de ellas
en temperamento igual (Java, Siam), otras no (hindú). Pero la cuestión
de la división de la 8º está estrechamente emparentada
con otra: la apreciación de las consonancias. Cuando oímos
dos sonidos en sucesión o simultáneamente, su combinación
nos resulta «agradable» o «desagradable». (...)
Aun-que en la música contemporánea se han propuesto experimentos
musicales en que quedan eliminadas, hay ciertas consonancias, como la 8ª,
que parecen univer-sales, comunes a todos los pueblos y épocas.
De la misma forma, la 5º, y por tanto, también su intervalo
complementario en la 8º, la 4º. El uso de 3ªs y 6ªs
como consonancias parece ser, por el contrario, un producto de la polifonía
occidental.
En tales consideraciones influyen, evidentemente, factores sociales
y culturales. Hoy día sabemos, gracias a la generación de
los armónicos, que existe una base natural en la apreciación
sensorial de la consonancia. Tal descubrimiento aparece, no obstante, mucho
antes que el de los propios armónicos. Sin embargo, nuestra escala
temperada no contiene ninguna consonancia pura.
Desde tiempos de Pitágoras cada intervalo viene determinado por una razón matemática que expresa la relación sonora entre dos fragmentos de cuerda, en un principio, o actualmente, la relación de las frecuencias entre las notas que lo com-ponen. (...)
De forma muy breve, la historia de los diferentes sistemas de afinación y temperamento en la música occidental podría resumirse así. En Grecia aparecen muchas divisiones diferentes de la 8ª. De ellas las más importantes son la afinación pitagórica, basada en las 5ªs justas, el sistema de Aristógenes, con la división de los intervalos en partes iguales y la división diatono-sintónica de Ptolomeo, con sus 3ªs justas y que constituirá la base de las justa entonación. De estas tres, sólo la primera pervivió durante la Edad Media, debido principalmente a las carac-terísticas monofónicas del canto gregoriano y a ser la única que exponía con todo detalle Boecio, el gran transmisor de la teoría musical griega a Occidente.
El nacimiento y desarrollo de la polifonía exigirá el uso de 3ªs y 6ªs justas, algo que la afinación pitagórica no ofrecía. Será en el Renacimiento cuando se explore a conciencia la justa entonación, incompatible con la afinación pitagó-rica, y se saquen a la luz aquellos aspectos que el tratado de Boecio dejaba en la sombra: las afinaciones de Aristógenes y Ptolomeo. Entre finales del siglo XV y principios del siglo XVII aparecen en Europa una gran cantidad de afinaciones y temperamentos en juego: pervive la afinación pitagórica, se exploran las consecuen-cias de la afinación justa (Ramos, Fogliano, Zarlino, Salinas), aparece el tempera-mento mesotónico (Gaffurio, Aron, Zarlino, Salinas), multitud de temperamentos irregulares tanto para laúd como para órgano (Schlick, Agricola, Grammateus, Dow-land) y se proponen diferentes divisiones múltiples de la 8ª (Vicentino, Salinas, V. Galilei, Mersenne). No se puede pedir más a un siglo de transición como el XVI, de intensa exploración musical, lleno de polémicas y tanteos experimentales. Tras el siglo XVII, marcado por la Revolución Científica, en el siglo XVIII predominan los temperamentos irregulares cíclicos típicos del Barroco (franceses, alemanes e ita-lianos) que, sin ser iguales, permiten el uso de todas las tonalidades. Será en el siglo XIX cuando definitivamente se imponga el temperamento igual, a pesar de las voces en contra de los partidarios de las consonancias justas, sobre todo en Ingla-terra. En el siglo XX, instalados ya definitivamente en el temperamento igual, se han propuesto, sin embargo, de forma particular y experimental, sistemas alternativos, en especial los de más de 12 notas por octava. (...) ”
Bajo la aparente sencillez de un estribillo que tarareamos en la ducha casi sin darnos cuenta, se esconde un complejo entramado de escalas y tonalidades que los teóricos han tardado siglos en conocer.
Partamos de la premisa de que saber hacer música o saber escuchar
música no implica necesariamente dominar la teoría musical
en toda su complejidad. A lo largo de la historia más reciente,
y nos referimos al siglo XX en concreto, son numerosos los casos de grandes
personalidades del mundo de la música que no tenían ni idea
de, por ejemplo, cómo se lee una partitura, qué significa
la palabra crescendo, o cuántas fusas caben en un compás
de 3/4. Sin embargo hay una cosa innegable: todos ellos tenían un
conocimiento intuitivo del arte al que dedicaron su vida y, lo que es más,
muchos perfeccionaron sus creaciones o sus interpretaciones con el tiempo
gracias a un aprendizaje de lo que podríamos denominar la parte
técnica del lenguaje musical. Todas las artes tienen sus autodidactas
famosos, pero el conocimiento profundo de las leyes siempre abre al artista
un panorama nuevo y más amplio. Así las grandes obras suelen
ser el resultado de una hábil combinación entre técnica
e inspiración.
Cuando era un adolescente, siempre me estremecía al escuchar
determinados pasajes del cuarto movimiento de la Novena Sinfonía
de Beethoven. Pensaba que lo que realmente perseguía el autor de
cualquier obra de arte no era otra cosa que ese llegar al alma de los que
actúan como receptores. Por aquella época empecé mis
estudios de música y me fui dando cuenta de que todo lo que aprendía
me ayudaba a comprender el porqué de determinados sentimientos que
se producen escuchando una pieza musical. Entonces ya era capaz de leer
una melodía escrita en un pentagrama, pero mis conocimientos no
alcanzaban el nivel necesario para seguir una partitura de gran orquesta.
Pensé que si un día llegaba a ser capaz de escuchar aquella
Novena mientras leía su partitura, disfrutaría mucho más
que con una simple audición. Ahora puedo asegurarlo. Si a alguien
le impresiona un cuadro o se le saltan las lágrimas cuando lee determinado
poema, evidentemente puede darse por satisfecho. Sin embargo, resulta frecuente
encontrar personas que prefieren profundizar en el conocimiento de la vida
del autor, del periodo artístico de la obra y de las leyes estéticas
en que se enmarca.
La teoría musical puede aplicarse a cualquier tipo de música
En cualquier caso, y a pesar de que la música es muy importante en nuestra vida, en España existe cierto respeto por parte del ciudadano medio hacia la llamada música culta y el estudio de su teoría. Hay que perder ese miedo y acercarse un poco a las profundidades del arte que se escucha. Y quede claro que la teoría musical es aplicable a las más diversas facetas de la música y no sólo a la mal llamada música clásica. En realidad, no hay más que dos tipos de música: la buena y la mala. Y cuando uno conoce las reglas y tiene una sensibilidad mínima, resulta muy fácil distinguirlas.
Este artículo no servirá para aprender a leer una partitura.
Para eso hace falta algo más de dedicación. Pero sí
se podrán obtener los datos suficientes para comprender ciertas
nociones generales. De hecho, la humanidad ha producido música y
ha disfrutado de ella desde tiempos prehistóricos, cuando la lectura
y la escritura estaban todavía muy lejos de ser inventadas. Los
cantos y la danza han sido manifestaciones espontáneas de todos
los pueblos antiguos y parte relevante en la cultura de muchos de ellos.
En la Biblia se mencionan frecuentemente instrumentos como arpas, cítaras
y címbalos, que sirven habitualmente como acompañamiento
en el culto. En el Próximo Oriente, y con la aparición de
los primeros documentos escritos en tablillas de arcilla, algunos especialistas
se han aventurado a descifrar indicios de notaciones musicales, si bien
la escasez de datos hace muy difícil establecer hipótesis
definitivas sobre los conocimientos musicales en la antigua Mesopotamia.
La cultura helenística resumió el saber acumulado hasta entonces
e hizo sus propias aportaciones. Filósofos como Pitágoras,
Platón y Aristóteles dedicaron parte de sus estudios a la
ciencia musical y sentaron las bases de lo que habría de ser la
teoría de la música a lo largo de toda la Edad Media.
Los griegos crearon un sistema de notación basado en signos
alfabéticos y también un sistema tonal sobre cuyos cimientos
hemos construido el edificio musical del mundo occidental. Tras la cristianización
del Imperio Romano, los sabios Boecio y Casiodoro sirvieron en el siglo
VI como puente entre el mundo clásico que se derrumbaba y una Edad
Media cuyo sistema teórico musical se empeñaba en evocar
la ciencia antigua. Empieza entonces a manifestarse una clara separación
entre la música culta, reservada al mundo de los monasterios para
ser utilizada en el culto religioso, y la popular, a cargo de trovadores
y juglares.
Signos muy imprecisos indicaban la entonación del canto gregoriano
El Papa Gregorio I (540-604) realizó una magnífica labor
de recopilación del repertorio litúrgico. A él se
debe la denominación de canto gregoriano para designar la música
religiosa de una etapa en que se escribían los textos pero no las
notas musicales, ya que las melodías se transmitían boca
a boca a través de los siglos. A modo de orientación y recordatorio,
los copistas escribían sobre las diferentes sílabas del texto
unos signos llamados neumas, que indicaban de forma muy imprecisa el discurrir,
ascendente o descendente, de la melodía. Hucbaldo, un importante
teórico que vivió entre los siglos IX y X, quiso aportar
una mayor exactitud en este sentido y dibujó una serie de líneas
horizontales de forma ondulante, según fuera la altura del sonido.
Sobre estas líneas escribía las sílabas del texto
a diferentes alturas. Es el origen remoto del actual pentagrama.
En el siglo XI aparecen por vez primera los nombres actuales de las
siete notas musicales, que hasta entonces seguían denominándose
según el sistema alfabético (C, D, E, F, G, A y B).
El invento se debe al monje italiano Guido Di Arezzo (955-1050), que
utiliza para tal fin un himno a San Juan Bautista. Cada uno de sus seis
primeros versos, en latín, comenzaba por una de las notas utilizadas
en el sistema heptatónico; bastó con tomar la primera sílaba
de cada verso para tener el nombre de las seis primeras notas, que se correspondía
con el antiguo sistema alfabético como sigue:
C - UT queant laxis
D - REsonare fibris
E - MIra gestorum
F - FAmuli tuorum
G - SOLve polluti
A - LAbii reatum
B - Sancte Ioannes
Como el séptimo verso no comenzaba por la nota B, se creó
un complejo sistema que terminó por desaparecer cuando por fin se
adoptaron las iniciales de San Juan (SI, de Sancte Ioannes) para designar
esta nota. En el siglo XVII la sílaba UT fue sustituida por DO,
más fácil de pronunciar, si bien la primera se ha conservado
hasta nuestros días en ciertos lugares, sobre todo en el mundo francófono.
Cabe añadir que en muchos países anglosajones se sigue utilizando
el sistema alfabético en ciertos casos. Por ejemplo, para designar
la tonalidad en que está escrita una obra. En lugar de decir "Concierto
en Do mayor", dicen "Concierto en C mayor".
A Guido Di Arezzo debemos también el origen de la pauta musical
actual. Al principio estableció tan sólo cuatro líneas,
pero cada una tenía asignada una nota determinada, conque por primera
vez en la historia también adjudicó una nota a cada espacio.
Poco después se estableció de forma definitiva el pentagrama
actual, en el que cada línea y cada espacio tienen un nombre determinado
en función de la clave que se utilice al comienzo (ver ilustración).
Así, la clave de sol sirve como referencia para saber que la segunda
línea (siempre contando desde abajo) corresponde a la nota sol;
la clave de fa en cuarta indica que la cuarta línea es fa. También
se utilizan las claves de do en tercera y do en cuarta.
Una sucesión de sonidos modulados en tono, intensidad y timbre
Una vez puestas las bases de cómo escribir la música a través de un sistema de notación, conocemos el lenguaje pero no su significado. Es algo así como conocer el alfabeto griego o los signos de escritura chinos, pero sin saber el idioma. Música es, según la Real Academia, una "sucesión de sonidos modulados para recrear el oído". Aunque existen definiciones más complejas y filosóficas, tomemos esta sencilla referencia para comprender que no cualquier sonido puede considerarse como música.
El sonido se produce por la vibración de un cuerpo (una cuerda,
una membrana) o del aire (cualquier instrumento de viento), y tiene tres
características principales: tono, intensidad y timbre. Pero sólo
llamaremos música a la conjunción intencionada y dispuesta
en el tiempo con una duración predeterminada de estos elementos.
De otro modo tendremos ruido.
Para escribir una obra musical, según las leyes de la armonía
clásica, necesitamos un código: la tonalidad. Siempre hemos
escuchado que tal sinfonía está escrita en re mayor o en
mi menor ... Pues bien, basándose en las siete notas que utilizaban
ya los antiguos griegos, y tras largos siglos de evolución, los
teóricos del estilo barroco abandonaron las viejas escalas o modos
gregorianos y fijaron el sistema tonal que habría de presidir la
música occidental hasta la irrupción del dodecafonismo. Mientras
los griegos y sus sucesores medievales tenían hasta ocho modos,
ahora quedaron únicamente dos: el modo mayor (de espíritu
expansivo y alegre) y el modo menor (más melancólico y apagado).
Hasta el romanticismo, el sistema tonal estaba muy jerarquizado
Si observamos el teclado de un piano, comprobaremos que en el espacio
comprendido entre un do y el siguiente do hay siete teclas blancas y cinco
negras. Cada tecla está separada de la anterior por medio tono (ver
ilustración). Según el sistema tonal del barroco, se establecen
unas rígidas jerarquías entre los siete diferentes sonidos
que entran en juego en cada tonalidad, con nombres tan reveladores de su
posición como tónica, dominante o subdominante. Por ejemplo,
la tónica de la tonalidad de do es la nota do y la obra suele terminar
en esta nota, además de apoyarse en ella en los momentos de máxima
relajación; por el contrario, la dominante de esta tonalidad es
la nota sol, sobre la que se producen los momentos más tensos.
Con el paso del tiempo y a medida que se democratizaba la sociedad,
el sistema tonal también se fue liberalizando gracias al uso cada
vez frecuente de las alteraciones: el sostenido (#) y el bemol (b), signos
que sirven para subir o bajar medio tono a la nota a la que acompañan.
El uso de estas alteraciones se impuso para proporcionar más colorido
a la melodía y a la armonía: es el cromatismo que caracterizó
la música romántica del siglo XIX. De este modo cada vez
intervienen más notas en cada tonalidad. Es decir, que si estuviéramos
en do mayor, tonalidad a la que corresponden las siete teclas blancas del
piano, con la música del romanticismo podríamos además
utilizar varias teclas negras, lo que, a su vez, hace perder parte de su
preponderancia a aquellas notas que dominaban la jerarquía musical
en tiempos del absolutismo: estamos cerca de la pantonalidad wagneriana,
donde las jerarquías permanecen pero se diluyen de tal manera que
las diferentes tonalidades se suceden vertiginosamente produciendo unas
sensaciones auditivas inéditas hasta entonces. El sistema de tensiones
y distensiones va mucho más allá de la tónica y la
dominante de una sola tonalidad.
Sólo faltaba un paso para que todo saltara por los aires.
Schönberg trajo, a comienzos del siglo XX, la democratización
definitiva a la música: ninguna nota tendría mayor importancia
que otra dentro del discurso musical. Es la atonalidad propia del serialismo
dodecafónico, que debe su nombre al uso de las doce notas (siete
teclas blancas más cinco teclas negras) en series sucesivas, donde
ninguna se repite antes de que hayamos podido escuchar a las otras once.
Como sucedió con todas las revoluciones artísticas del siglo
XX, el dodecafonismo no duró mucho, pero sirvió para poner
en tela de juicio las reglas que arrastrábamos desde siglos atrás.
El futuro está abierto.
El hallazgo de nuestra escala mayor, la secuencia do, re, mi, fa, sol, la, si, cuyas notas se basan en los modos griegos y eclesiásticos, puede explicarse como una imitación de la naturaleza: intuición y combinación han cooperado para que la cualidad más importante del sonido, sus armónicos superiores, que nosotros representamos -- como toda simultaneidad sonora -- sobre la vertical, sea trasladada a la horizontal, a lo no simultáneo, a lo sonoro sucesivo. El modelo natural, el sonido, tiene las siguientes propiedades:
1. Un sonido se compone de una serie de sonidos concomitantes, los armónicos superiores; forma, pues, de por sí, un acorde. Estos armónicos, para una sonido fundamental do3, son:
2. En esta serie, el do es el que suena con mayor fuerza, porque ocurre más veces y porque además es realmente el sonido fundamental, es decir: resuena él mismo.
3. Después del do, el que suena más fuerte es el
sol, porque aparece antes y con mayor frecuencia que los otros armónicos.
Piénsese en este sol4 como sonido real, no como armónico
(como sucede en las formaciones horizontales de los armónicos superiores
cuando, por ejemplo, se toca la 5ª de una trompa en do), y entonces
sus armónicos serán:
de donde el presupuesto de este sol4 , junto con sus armónicos superiores, es do3 (sonido fundamental de la trompa). Con lo cual tenemos la circunstancia de que entran en acción los armónicos superiores del armónico superior.
Sucede entonces:
4. Que un sonido real (sol4) depende del do3 situado una 5ª baja de dicho sonido.
De esto concluimos que el sonido do3 es a su vez dependiente
del fa2 que está una 5ª por debajo.
Si tomamos ahora el do3 como sonido central, podemos representar
su situación por dos fuerzas, de las cuales una tiende hacia abajo,
hacia fa2 , y otra hacia arriba, hacia sol3:
Así, sol depende de do en la misma dirección
de fa; es algo semejante a la fuerza de un hombre aferrado a una viga y
que contrarrestase así la fuerza de gravedad. El actúa al
mismo tiempo y en la misma dirección con respecto a la viga que
la fuerza de gravedad con respecto a él. Pero el resultado es que
su fuerza se opone a la de la gravedad, y esto nos autoriza a representar
ambas fuerzas como opuestas.
(...)
“¿Cómo es posible que un conjunto de propiedades físicas de los eventos que se producen en el cerebro constituya -- o simplemente explique -- las fantásticas propiedades de los sonidos que oímos?
En un 1r momento, tales propiedades no parecen susceptibles de ser analizadas o, por utilizar un término favorito de los fenomenólogos, parecen ser inefables. Sin embargo, algunas de estas propiedades aparentemente atómicas y homogéneas pueden convertirse en entidades compuestas y susceptibles de ser descritas. Tome una guitarra y pulse la cuerda de MI bajo o superior sin presionar ningún traste. Escuche el sonido detenidamente ¿ Posee componentes descriptibles o es un sonido único e inefablemente guitarrístico? Muchos optarían por la 2ª manera de describir su fenomenología. Pulse ahora la cuerda y, cuidadosamente, deslice un dedo sobre el traste de 8ª a fin de crear un "armónico" alto. De repente, escuchará usted un nuevo sonido: "más puro" y, evidentemente, una 8ª más alto. Algunos insisten en afirmar que éste es un sonido totalmente nuevo, mientras otros describen la experiencia diciendo que "ha caído la parte baja de la nota" -- quedando sólo la parte superior --. Pulse la cuerda abierta por 3ª vez. En esta ocasión podrá Vd. escuchar, con una claridad sorprendente, el tono armónico que había sido aislado la 2ª vez que pulsó la cuerda. La homogeneidad y la inefabilidad de la 1ª experiencia ha desaparecido, sustituida por una dualidad directamente aprehensible y claramente descriptible como la de cualquier acorde.
La diferencia entre ambas experiencias es sorprendente; pero la complejidad aprehendida en el 3r caso estaba ahí desde el principio (percibida y discriminada). Los estudios en este ámbito han demostrado que es sólo gracias al complejo patrón de armónicos que es Vd. capaz de reconocer el sonido como el de una guitarra y no, p.e., como el de un laúd o un arpa. Estas investigaciones pueden sernos de ayuda para dar cuenta de las diversas propiedades de las experiencias auditivas, analizando las componentes informativas y los procesos que las integran, y permitiéndonos predecir e incluso sintetizar experiencias auditivas determinadas. Sin embargo, estos trabajos siguen sin abordar la cuestión de a qué equivalen tales propiedades. ¿Por qué suena así el patrón de tonos armónicos de una guitarra y asá el patrón de tonos de un laúd?
Aún no hemos respondido a esta pregunta, si bien hemos podido suavizarla al demostrar que al menos ciertas propiedades inefables permiten, después de todo, un mínimo de trabajo analítico y descriptivo (¿Por qué un LA por debajo del DO medio y un LA por encima del mismo DO -- una 8ª más alto -- suenan igual? ¿Qué es lo que hace que ambos sean LAs? ¿Qué propiedad inefable, el timbre de un LA, comparten? Cuando 2 tonos están separados por una 8ª -- y por tanto nos suenan "igual, pero diferente" --, la frecuencia fundamental de uno es exactamente el doble de la frecuencia fundamental del otro.
La frecuencia típica de un LA por debajo del DO es de 220 c./ sg; la de un LA una 8ª más alto — el "LA de concierto" — es de 440 c. /sg. Cuando ambas notas suenan a la vez, las notas que están separadas de ellas por una 8ª o más estarán en fase. ¿Será ésta la explicación del misterio del inefable parentesco de estos sonidos? "De ningún modo. ¿Por qué motivo deberían sonar así unas notas en fase?". Las notas que no están en fase no suenan así, pero suenan iguales desde otros puntos de vista -- el del timbre, p.e.--, cuya explicación es distinta en función de las relaciones existentes entre las frecuencias de vibración que producen. Una vez hemos descrito las diversas maneras en que 2 notas pueden sonar igual y diferente, las hemos correlacionado con sus propiedades físicas y con los efectos que producen en nuestro aparato auditivo, podemos incluso predecir, con cierta precisión, cómo nos sonarán nuevas notas —p.e., las producidas por un sintetizador electrónico —. Si todo ésto no explica ese parentesco inefable, ¿qué nos queda por explicar? (ver cap. XII ).
El estudio de los procesos de la percepción auditiva parece indicar
que existen mecanismos especializados para descifrar diferentes tipos de
sonidos, algo así como los componentes imaginarios de la máquina
reproductora de sonidos de Filo. Los sonidos del habla, p.e., parecen ser
tratados por lo que un ingeniero denominaría un mecanismo especializado.
La fenomenología de la percepción del habla sugiere que en
el cerebro se produce una reestructuración total del estímulo
de entrada, a través de un mecanismo muy parecido a la mesa de mezclas
de un ingeniero de sonido, en la que los distintos canales se mezclan,
se potencian y se ajustan para crear un "master" en estéreo del
cual se sacarán las copias grabadas en distintos medios.”
(...)
Las investigaciones que respaldan estas y otras conclusiones tienen
raíces históricas profundas en estudios de física
del sonido y de la música. PITÁGORAS estableció
que la altura del tono musical de una cuerda vibrante varia en razón
inversa de su longitud: cuanto más corta la cuerda, tanto más
aguda la nota. También demostró que ciertos intervalos
musicales — la relación de las alturas de dos tonos — se corresponden
con razones definidas por diferentes longitudes de cuerda.
En el siglo XVII, Galileo y el matemático y teólogo francés
Marin MERSENNE mostraron que el fundamento de estas asociaciones reside
en la relación entre longitud de la cuerda y frecuencia de vibración.
Mersenne puso de manifiesto que en los cuerpos vibrantes existían resonancias o armónicos. Es decir, no sólo se producen vibraciones a la frecuencia correspondiente al tono percibido (la frecuencia fundamental), sino también a frecuencias (armónicos) que son múltiplo entero de la fundamental. Dicho de otro modo, un tono cuya frecuencia fundamental sea de 100 hertz contiene también componentes a 200 hertz, 300 hertz, 400 hertz y así sucesivamente. En el decenio de 1930, Jan SCHOUTEN, del Laboratorio Philips en Eindhoven, demostró que el sistema auditivo saca partido de este fenómeno. Cuando nos es presentada una serie armónica, somos capaces de percibir un tono que corresponde a la frecuencia fundamental, aun cuando en el sonido falte precisamente el tono fundamental.
Las relaciones entre alturas tonales nos permiten reconocer motivos
musicales. Ante dos tonos, presentados simultáneamente o en
sucesión, percibimos un intervalo musical. Los intervalos
son de igual tamaño cuando las frecuencias fundamentales de sus
tonos componentes guardan la misma relación. (Técnicamente,
los tonos comprendidos entre cada par están separados por la misma
distancia, medida ésta por el logaritmo de la frecuencia.)
El principio anterior constituye uno de los fundamentos de la escala
musical tradicional. La unidad más pequeña de esta
escala es el semitono, que es la relación de alturas entre dos notas
adyacentes del teclado de un piano. El semitono corresponde aproximadamente
a la relación de frecuencias 18:17. Los intervalos que se
componen del mismo número de semitonos reciben el mismo nombre.
Por ejemplo, el intervalo correspondiente a una razón 2:1 (12 semitonos)
se denomina "octava"; el intervalo correspondiente a una razón 3:2,
que consta de siete semitonos, se llama una "quinta" y la razón
4:3 (cinco semitonos), una "cuarta".
Los tonos relacionados mediante octavas son, en cierto sentido, perceptualmente
equivalentes. Cada uno de los doce semitonos que contiene una octava
recibe nombre propio Do, Do #, Re, etc). La escala completa, o escala cromática,
consiste en la aparición repetitiva de esa serie de notas a través
de las octavas. Para distinguir las notas del mismo nombre en distintas
escalas se recurre a subíndices; p.e., el Do central del piano puede
denotarse Do4; el Do perteneciente a la octava inferior es Do3 y el de
la octava superior, Do5.
(pp. 60-61) (...) ”
Si bien ciertos sistemas musicales pueden parecer más próximos
a leyes naturales (acústicas, biológicas o psicológicas),
hay que partir de la base de que todas las músicas son obra humana
en igual medida y que todas ellas están basadas de algún
modo en las reglas de la naturaleza. A este respecto, todas ellas son igualmente
dignas de estudio por separado, y el hecho de que algunas se aparten más
que otras de un promedio no se puede tomar como base para juicios de valor.
Así pues, la “peculiaridad” que presentan para nuestro oído
ciertas escalas o sistemas tonales se debe a la “particularidad” del sistema
tonal en el que nos hemos educado.
Una escala se puede definir como los sonidos que se utilizan en una
pieza determinada de música, como es una canción. En cambio,
un sistema tonal consiste en todas las notas utilizadas en un conjunto
entero de canciones o piezas de un mismo estilo. Una forma de describir
una escala es contar el número de notas diferentes que aparecen
en ella. De este tipo de descripción se derivan términos
tales como “pentatónica”, que se aplica a una escala de 5 notas;
“tetratónica” (4); “tritónica” (3); “hexatónica” (6)
y “heptatónica” (7). Sin embargo, el mero número de notas
no determina en medida considerable el carácter de una escala; no
debe buscarse en el número de notas la razón por la que alguna
música no occidental suena “rara”.
La distancia de altura entre las notas es probablemente un indicador
más importante del carácter tonal que su número.
En algunas culturas hay intervalos más pequeños que el
semitono; es decir, más pequeños que los que se pueden dar
en el piano. Es más común encontrar intervalos de tamaño
intermedio entre los que se utilizan en el sistema temperado occidental.
Así, p.e., la “tercera neutral”, intervalo que se encuentra en diversas
culturas, está a medio camino entre la 3ª mayor y la menor.
Cierto es, desde luego, que en la civilización occidental se utilizan
varias normas de frecuencia. Los intervalos del piano son un tanto diferentes
de los que se producen en el violín, pero aceptamos un campo de
variación dentro del cual un intervalo se considera “afinado”. (...)
Es de suponer que exista en el sistema musical de cada cultura un campo
de aceptabilidad análogo, que se da por descontado expresa o inconscientemente.
Lo más probable es que haya una nota que constituye la base de la
escala, que tiende a aparecer al final de una pieza y que recibe el nombre
de tónica. Otra nota, tal vez más alta y que se utiliza con
gran frecuencia, se puede denominar “dominante”. Otras notas pueden aparecer
con cierta frecuencia, al tiempo que otras pueden ser raras. Cabe que las
notas desempeñen otras funciones, como la de aparecer justamente
antes o después de determinadas notas, lo cual proporciona al oyente
señales que indican puntos de la estructura musical.
En nuestra cultura, el oído musical está ligado en gran
medida al sentido de la tonalidad y de las funciones tonales. La tonalidad
es un modo de hacer música que se impuso en la cultura europea de
la época barroca y que consiste esencialmente en una jerarquía
que se forma entre las notas de la escala y entre los acordes construidos
a partir de éstas.
La primera nota de la escala (tónica) es la más fuerte
y ejerce una suerte de atracción sobre las demás, especialmente
sobre el séptimo grado de la escala, la nota más débil
de la serie (sensible).
Esta situación produce una serie de relaciones, de reglas e
incluso de pasos obligados que han entrado a formar parte de la experiencia
colectiva, y que constituyen una suma de informaciones que forma un verdadero
código.
Desde un punto de vista perceptivo, una obra es una jerarquía de cambios, contrastes y accidentes que son percibidos durante la audición. En realidad, la pieza escuchada es segmentada en unidades más o menos largas y más o menos homogéneas y la estructura percibida es el resultado de esta segmentación.
| ANEXO II
NOCIONES BÁSICAS para la INVESTIGACIÓN en el FOLKLORE |
(...) Es importante tener presente que una música es algo parecido
a un idioma. Hay que comprenderla para apreciarla. El oyente debe saber
que ciertos tipos de sonido son señales, p.e., de puntos de tensión,
de relajación, de comienzos o de finales de pensamientos musicales.
Una música -- o quizás debamos decir, un repertorio musical
-- es un sistema con lógica interna, estructura y modos típicos
de expresión. Y esto se aplica a todos los casos: a la música
escrita por compositores profesionales, como en la música clásica
occidental; a la compuesta por profesionales especializados que no utilizan
notación musical, como son los compositores de música clásica
india; a la creada por compositores sin preparación académica,
como en el caso de las culturas folklóricas y tribales, que tal
vez no puedan explicar qué es lo que hacen, o incluso a la que improvisa
un músico del Oriente Medio quien, como si dijéramos, compone
en el momento. No hay ninguna música cuyo material se organice al
azar. La falta de una teoría musical articulada no significa la
ausencia de normas que el compositor deberá seguir; antes al contrario,
es probable que el compositor que crea dentro de una cultura folklórica
o tribal esté rodeado de limitaciones musicales cuya observancia
él considere indispensable (en parte, ello se debe a la necesidad
de que las composiciones sean aceptadas por intérpretes y oyentes
para que la música permanezca viva.
Cabe que, al comprobar la relativa estabilidad del estilo de canto
y de los ideales sonoros de una cultura, se sienta la tentación
de vincularlos a los conceptos de herencia y raza. Podemos suponer que
la forma en que los indios o africanos utilizan la voz está relacionada
con las particularidades de su raza, su apariencia, el color de su piel.
Pero no hay pruebas que abonen esa opinión. Africanos e indios pueden
aprender a cantar en los estilos de otras culturas y de hecho, si se esfuerzan
en ello, europeos y norteamericanos pueden aprender a cantar en estilos
indios, africanos y chinos. La integridad de los estilos de canto nacionales
o tribales tiene otras raíces. Todos los pueblos tienen rasgos musicales
que son de gran importancia para mantener su identidad cultural, tanto
si los músicos son capaces de explicarlo con palabras como si no.
(p. 26)
(...) Cuando el estilo de la música polifónica suena extraño
a nuestros oídos, puede resultar difícil describirla. No
tiene mucho sentido, al describir la música folklórica de
Rusia o de Sudáfrica, tratar de aplicar etiquetas que se utilizan
para la música culta occidental, como “organum”, “fuga”, “conductus”
y otras semejantes, ya que aquellas músicas han evolucionado fuera
de la cultura musical de Europa occidental.
Una forma mejor para empezar a describir una pieza polifónica
es decidir si las diversas partes cantadas o ejecutadas al mismo tiempo
son de idéntica importancia, o si una de ellas sobresale como parte
principal o solista. Entonces se puede tratar de describir la relación
melódica entre las partes. P.e., averiguar si utilizan material
basado en la misma melodía o si se trata de melodías más
o menos independientes. En este último caso, hay que decidir si
la relación entre las diferentes voces o instrumentos produce imitación
o canon (la misma melodía interpretada a diferentes intervalos de
tiempo), paralelismo (la misma melodía interpretada al mismo tiempo
a diferentes alturas), o heterofonía (algo así como variaciones
de la misma melodía tocadas o cantadas simultáneamente).
Habría que saber también en qué grado se trata de
música compuesta y en qué grado se improvisa. También
sería importante saber qué aspectos de la música han
de ejecutarse en la forma en que lo están y en cuáles de
ellos el intérprete tiene opción y derecho a introducir cambios
a voluntad.
Otro punto importante que debe considerarse es la forma en que perciben
la polifonía los músicos y oyentes de otras culturas. ¿Se
concentran en los efectos de la simultaneidad, como son los acordes y sus
progresiones, o escuchan las progresiones de las melodías en particular,
a medida que se desarrollan paralelamente? Difícilmente se puede
juzgar con sólo escuchar la música y se necesita una amplia
investigación de campo para poder estar seguros de nuestro razonamiento.
Pero, por lo menos, debemos tener conciencia de que una misma música
puede ser percibida de manera diferente por diversas culturas y de que
nuestra propia percepción puede ser, o no, la pertinente. (p. 30)
Descripción de la música de una cultura
(...) Es obligado que la descripción del estilo musical de toda una cultura sea fundamentalmente una exposición estadística. Hay muy pocos rasgos de la música que no ocurran, al menos en pequeño grado, en muchas culturas; pero la medida en que ocurren varía, y eso es un dato importante. Cuando decimos, p.e., que la mayoría de las escalas de los indios arapaho son tetratónicas -- es decir, que tienen 4 notas --, debemos añadir que hay muchas canciones con 5 ó 6 notas, algunas con 3 y unas cuantas con 7. Cuando decimos que las canciones folklóricas inglesas son esencialmente modales -- lo cual entraña que las escalas tienen 7 notas --, debemos tener presente que también aparecen toda suerte de escalas. Se plantea asimismo el problema de distinguir entre varios tipos de música de una cultura: la música más antigua y quizás más auténtica, las importaciones recientes y los resultados de influencias externas, así como las creaciones atípicas que realmente no encajan en el sistema (aunque tal vez no quepa hacer esa distinción) (p. 34)
La investigación de la música tradicional: la etnomusicología
Antes de 1950 se denominaba por lo general musicología comparada.
El enfoque del investigador de campo varía en función
del proyecto y de los aspectos que destaque. Puede limitarse a grabar música
y recoger de sus informadores los datos necesarios sobre el contexto cultural
de que se trate. O puede observar los acontecimientos musicales a medida
que se producen. Podrá aprender aspectos del sistema musical aprendiendo
él mismo cómo interpretar la música, cosa que puede
hacerse con particular provecho en las culturas con enseñanza musical
formal. Puede idear técnicas de investigación, tales como
tests de aptitud musical basados en la propia música del pueblo
que esté estudiando, cuestionarios o diversos métodos de
carácter estadístico.
En general, la investigación de campo puede dividirse en varias
actividades: (1) obtener material (música e información sobre
la misma) de informadores, en sesiones especiales de grabación o
en entrevistas; (2) observar cómo funciona la cultura desde la perspectiva
de una persona ajena a ella como es el investigador de campo; (3) participar
en la cultura como estudiante y ejecutante; y (4) obtener información
en profundidad mediante tests especiales que obliguen a los informadores
a meditar sobre su cultura de maneras a las que no estén acostumbrados.
(...) Sea cual fuere el enfoque concreto del investigador de campo,
éste deberá concebir su tarea desde una perspectiva amplia.
Poner en funcionamiento la grabadora o aprender a tocar un instrumento
son solamente una pequeña parte de su trabajo. Deberá averiguar
qué piensan sus informadores acerca de las canciones que cantan;
qué es lo que consideran una canción buena o mala, y las
razones de ello; cómo se componen las canciones, quiénes
son los músicos buenos y cuáles son las cualidades que les
hacen ser buenos; qué tipo de canciones tiene la cultura (de acuerdo
con la clasificación propia de la tribu); qué tipos de términos
utilizan -- si utilizan alguno -- para hablar de música; con qué
otras músicas, aparte de la suya, han estado en contacto; qué
actividades son las que ha de acompañar cada canción, si
es ése el caso; cuál es la situación del músico
en la sociedad, y así sucesivamente.
Es posible que el investigador de campo haya de utilizar técnicas
especiales para obtener información. Puede ser útil encontrar
un informante que asuma el papel de maestro del investigador de campo.
Es indispensable grabar una misma canción según las interpretaciones
de diferentes miembros de la comunidad, o de una persona en diferentes
momentos, para saber qué aspectos de la canción permanecen
estables y cuáles están sujetos a cambios por la improvisación,
así como para saber en qué medida cambia una canción
en un determinado período de tiempo. (pp. 35-37)
(...) Como nuestro sistema usual de notación fue ideado básicamente para la música de la civilización occidental y como su finalidad es ayudar a interpretar las intenciones del compositor, más que describir las acciones musicales del intérprete, no es de extrañar que el sistema resulte bastante imperfecto para la función descriptiva que debe desempeñar en la transcripción musicológica. El hecho de que los ritmos y las escalas de la música folklórica y no occidental no siempre encajen en el sistema occidental hace más difícil la transcripción de dicha música en notación convencional. (p.37)
(...) Se ha intentado en varias ocasiones idear mecanismos capaces de medir la altura de las notas y transcribir música. Esos intentos van desde un monocordio, inventado por Jaap KUNST -- y que consiste sencillamente en una cuerda tensada sobre una tabla graduada en la que se indican las vibraciones --, hasta complejos dispositivos electrónicos basados en el osciloscopio y en ordenadores. Los dispositivos más recientes se conocen en general por el nombre de melógrafos. Hay 3 tipos principales: uno, inventado por Charles SEEGER y utilizado en la Universidad de California; otro, creado en Israel, y un tercero inventado por un grupo de investigadores noruegos dirigidos por Olav GURVIN. Esos aparatos producen gráficos minuciosos. Es necesario reconvertir luego esos gráficos a formas que tengan más sentido desde el punto de vista musical, como es la notación convencional, pese a todas sus deficiencias. (p. 39)
La transcripción del sonido musical mediante algún tipo
de notación es tan sólo una de las técnicas utilizadas
por los etnomusicólogos para preparar el material de que disponen
con miras a su tratamiento analítico. Entre las operaciones que
frecuentemente se realizan junto con la transcripción o, en algunos
casos, en sustitución de ésta, cabe señalar: la elaboración
de datos musicales con ordenadores, el recuento de diversas clases de intervalos
y valores de notas, la determinación del desarrollo de un motivo
musical desde el principio hasta el fin de una interpretación, la
comparación de diversas secciones de una canción, la clasificación
de un repertorio de diversas secciones de una canción, la clasificación
de un repertorio en grupos que guarden relación interna entre sí
y la comparación de la estructura de una melodía con la del
texto que la acompaña.
Sin embargo, todas esas técnicas son tan sólo escalones
que conducen al etnomusicólogo a plantearse los problemas fundamentales
de su campo de estudio: ¿Cuál es la naturaleza de la música
en el mundo? ¿Qué finalidad cumple en general la música
en la cultura? ¿Cuál es la razón de que diferentes
culturas den origen a músicas diferentes y de que suceda otro tanto
dentro de cada cultura? ¿Qué es lo que condiciona la evolución
de la música? ¿Cuáles son los procesos de su evolución?
(p. 41)
Término con el que se designa el conjunto de religiones de la
India no islámica que, desde sus comienzos, superando antinomias
aparentemente irreconciliables, perdura como una actitud interior no sólo
en los aspectos fideístas o en las prácticas de los diversos
cultos, sino sobre todo como síntesis especial de valores, constituyendo
una cultura y una ciencia del espíritu.
El primer problema que se plantea es el de establecer cuándo
nació el hinduismo y si coincidió con la invasión
aria, ya que, al parecer, sus elementos más característicos
pertenecen a culturas prearias. Aun aceptando la tradición que considera
como inicial la civilización védica (Veda), que tuvo su apogeo
con la llegada de los arios, la cronología de estas culturas presenta
grandes dificultades. Se duda en fijar el comienzo del hinduismo en el
2000 a. de J.C., pero, en general, se admite que en el siglo VIII a. de
J.C. ya se había elaborado este complejo religioso.
El panteón de la India védica es muy extenso y confuso.
Algunas divinidades son de origen indoeuropeo por lo que atañe al
nombre, pero en cuanto a la figura son puramente hindúes o, como
máximo, se remontan a una fase común indo-aria. Dyaus Pitar
que, en cuanto al nombre, corresponde al Zeus pater griego y al júpiter
latino, no sigue la trayectoria de estos dioses, sino que conserva los
caracteres de antiguo ser supremo celeste y se presenta como un deus otiosus;
su hijo Agni (del latín ignis = fuego), omnipresente en el sacrificio
diario, no tiene réplica en las demás religiones indoeuropeas;
los Asvins, divinidades gemelas que recorren el cielo, son semejantes a
los Dióscuros griegos, y Usas, que ha inspirado uno de los himnos
más conocidos del Rig-veda, es la Eos griega, personificación
de la aurora. Además de éstos es preciso citar a Indra, el
dios guerrero asistido por los Marut, protector de los Kshatriya; a Soma,
la bebida de los dioses, ella misma esencia divina; a Vayu, el dios del
viento; a Surya, identificado con el Sol; a Yama, dios de la muerte, y
a Mitra y Varuna, guardianes del orden universal (rta).
La India védica conoció también divinidades no
arias, como Siva, el dios creador y destructor del mundo en los tiempos
cósmicos; Krisna (el negro), oriundo de las tierras dravídicas,
y Rudra, el dios de los bosques y de las montañas, ya existente
en los cultos tribales. La más antigua cosmogonía hindú
es mucho más amplia y meditada que las concepciones indoeuropeas
afines, ya que en ella el sacrificio significa la repetición del
primordial sacrificio del Purusha, a la vez víctima y oficiante
y del que ha nacido el mundo. De su relación con las culturas ya
existentes (mongólicas y dravídicas), el hinduismo adoptó
una serie de prácticas y posturas probablemente panasiáticas
o autóctonas, como en el caso del yoga, de los cultos fálicos,
del soplo vital del jiva o atma, de la maya, etc. Brahma, Siva y Visnú
(con sus numerosos avatara — descensos a la Tierra o encarnaciones — como
el del héroe Rama) adquirieron un valor predominante en el hinduismo
posvédico.
Los dioses se multiplicaron incluso bajo el aspecto de divinidades femeninas,
siendo la más conocida Kali, la feroz señora de Mohenjo Daro,
representada con la boca abierta en el acto de triturar un cuerpo humano.
Cada vez son más frecuentes las manifestaciones de divinidades en
forma de diversos animales o acompañadas por uno de éstos;
Ganesa, hijo de Siva, al que se tributa un culto especial como dios de
la literatura, tiene cabeza de elefante y cuerpo obeso y marcha sobre un
ratón; a Garuda se le representa con rostro y pico de ave; a Sarasvati,
diosa de la elocuencia, la lleva un pavo real; Durga, que representa el
aspecto bienhechor de la diosa Kali, posee seis, ocho o diez brazos y tiene
a su lado un león.
Los dioses, al presentar infinitas formas, pierden gran parte de su
valor y llegan a ser inferiores a los hombres, en quienes deben encarnarse
en sucesivas existencias, a tenor de la obra cumplida en cada una de sus
vidas (samsara), siendo objeto de culto y de superstición especialmente
entre las clases populares. La gran especulación hindú se
organiza, sin embargo, con las Upanishads en la síntesis religiosa
y filosófica del atma-brahman, analogía del microcosmos con
el macrocosmos, en un proceso de superación del yo mediante el cual
el individuo se anula y se funde con el Ser.
La puja o ritual hindú ya no se basa exclusivamente en el sacrificio,
sustituido en numerosas ocasiones por la ofrenda de flores, de leche, de
mantequilla derretida (ghi), de arroz y otros dones, sino también
en los sacramentos (de 12 a 40 según las diversas tradiciones),
el más importante de los cuales, al menos hasta el matrimonio, es
el Upanayana, o presentación del discípulo al maestro. Al
joven, entre los ocho y los diez años, de sexo masculino y de condición
libre, es decir, miembro de las tres primeras castas, se le ciñe
con un triple cinturón cuyo valor varía según sea
brahmán, guerrero o artesano: otras veces el maestro le consagra
imponiéndole las manos sobre los hombros y el ombligo, haciendo
de él un dvija, es decir, «nacido dos veces» o neonacido.
Sin duda, el Upanayana es una reminiscencia de antiguos ritos tribales
de
iniciación.
Al mismo tiempo que el ritual y las creencias brahmánicas, la
India desarrolló otros cultos y corrientes, autóctonos o
implícitos en los Veda y en las Upanishads, que se fundieron en
el gran crisol del hinduismo De esta forma la India hindú es también
la India del yoga y del culto tributado a Siva, Visnú y Krishna,
en el que los elementos especulativos y los trances místicos se
mezclan y desarrollan unitariamente, resaltando de modo particular la saktl,
potencia creadora de las divinidades, o el bhakti, el abandono en un dios
de amor.
Tanto el budismo como el fainismo, los dos grandes movimientos heréticos
que se desarrollaron en los siglos VI-V a. de J.C., a pesar de su reacción
frente a algunos aspectos demasiado cristalizados del brahmanismo, no rompieron
totalmente con el hinduismo, permaneciendo hindúes en su esencia,
sobre todo el jainismo y la corriente del hínayana.
Triunfante de la terrible prueba que supuso el dominio musulmán, actualmente el hinduismo representa no sólo una religión, sino también una actitud religiosa, una aspiración a lo divino, revalorizado más con la investigación gnóstica que aceptado con exuberancia sentimental. Incluso en medio de sus innumerables sectas y supersticiones, el hinduismo siempre ha rechazado el dogma como una manifestación demasiado restringida para que pueda comprenderse y confirmarse en ella el infinito misterio de Dios, y se ha ido renovando en nuevos procesos, hasta llegar al aparente absurdo de religiones ateas a causa de su profundo sentido del destino del hombre en la realidad cósmica: esta concepción ha impregnado el pensamiento de las mayores personalidades de la India moderna, como Gandhi y Nehru.
Hinduismo (2)
Sistema religioso y social aceptado y practicado por la mayoría
de los habitantes de la India. En su sentido más general, la palabra
comprende no sólo los sistemas religioso y social según se
presentan hoy en día en la India, sino también las formas
históricas en que aparecieron la religión y sus manifestaciones
sociales.
El Hinduismo descansa no tanto en las creencias como en el nacimiento
y la conducta. A diferencia de la mayoría de las religiones del
mundo carece de fundador y no utiliza credos definidos, aunque existe un
vasto conjunto de literatura sagrada hindú. En sus diversas formas
pasadas y presentes, el Hinduismo resulta excesivamente complejo y variable.
Sin embargo, se aprecian en él algunos principios fundamentales
comunes a todas sus formas religiosas, que justifican el uso del término
para aludir a todas las ramas de la fe extendida entre los hindúes.
El Hinduismo ha concedido e así siempre a la primitiva literatura
védica fundamental importancia, aunque algunos de los movimientos
más recientes dentro del Hinduismo rechacen tales escritos. Los
hindúes aceptaron generalmente los principios de la reencarnación
y del latina y rodearon de consideración al hombre consagrado a
una vida de santidad. El Hinduismo ha sido siempre característicamente
místico y en general tolerante con las demás religiones hasta
el punto de asimilar elementos procedentes de las religiones con que ha
permanecido en contacto.
El desarrollo histórico del Hinduismo puede dividirse en cinco
periodos no muy bien definidos, ya que a veces se entrelazan y superponen.
Podemos, pues, establecer las siguientes divisiones: 1) Hinduismo védico;
2) Hinduismo brahamánico de transición; 3) Hinduismo especulativo;
4) Hinduismo divergente; 5) Hinduismo reformado.
Hinduismo védico. Nace de la religión ancestral india pre-aria, basada fundamentalmente en los sacrificios. Aparecen los Vedas o Scruti como escrituras fundamentales de la fe. Estos escritos sagrados se conocen con los nombres de: Rig, Yajush, Saman y Atharvan, cada uno de los cuales contiene mantras (himnos), Upanishads (discusiones), Samhitas (textos) y Aramyaka (métodos y valor del culto). Las grandes epopeyas hindúes, el Máhabhárata y el Rámáyana, surgieron como consecuencia de las conquistas arias y han ejercido gran influencia en la filosofía y la vida indias. El Hinduismo védico reconocía dioses naturales, tales como Varuna (firmamento), Agni (fuego), Ushas (aurora) e Indra (tormenta).
Hinduismo brahmánico. Se produjo por relajamiento del Hinduismo védico, que se transformó en un sistema sumamente elaborado de ritos formales. Durante este periodo aparece el régimen de CASTAS, en que los brahmanes forman la superior y los sudras, la inferior. Se señalan rígidos limites a cada casta y se aplican en todo tiempo castigos por infracciones de las reglas de conducta. A la autoridad de la literatura védica se suma la de los brahmanes. Los Brahmanas, escritos hacia el siglo VII a. de J.C., constituyen versiones en prosa de los Vedas, en que se dan las elaboradas normas rituales que han de seguir los brahmanes. Las características doctrinas hindúes del karma y la transmigración de las almas derivaron del Brahmanismo en este periodo. Se adora a Brahma, dios creador, como deidad suprema.
Hinduismo especulativo. Se produjo en la India aproximadamente al mismo tiempo que se hacían en Grecia especulaciones filosóficas en torno a la naturaleza del mundo y del hombre. En lugar de limitarse al rito formalista, los hindúes comenzaron a especular sobre la naturaleza del alma, su origen y su relación con la divinidad. Surgieron seis escuelas de investigación filosófica que, si bien reconocían la autoridad suprema de los Vedas, los interpretaban de manera distinta. Fueron estas escuelas: la Nyaya, Vaiseshika, Yoga, Mimamsa, Sankhya y Vedanta. Brahma pierde carácter de deidad personal para convertirse más bien en una abstracción.
Hinduismo divergente. Nace como resultado natural tras la reacción
frente al Hinduismo decadente del brahmanismo y las especulaciones filosóficas
que habían encarecido la ciencia más que el rito. El Jainismo
y el Budismo pueden considerarse derivados tanto del Hinduismo especulativo
como del Brahmanismo. Aunque ambos movimientos se consideran religiones
distintas, a veces se tomaron por sectas heréticas del Hinduismo.
Siva y Vishnú ganaron popularidad a medida que el tercer dios de
la trimurti hindú (Brahma) la perdía. En consecuencia crecieron
las sectas consagradas al culto de aquellas dos deidades. A medida que
el Hinduismo se hacía más complejo, se extendió la
adoración a millares de deidades menores.
Hinduismo reformado. Nació como consecuencia de la invasión
de los musulmanes (hacia el año 1000 d. de J.C.), que puso en estrecho
contacto al Hinduismo con el Islamismo. De ello resultó un movimiento
sincrético, que condujo, en el siglo XVI de nuestra Era, al desarrollo
de la religión de los sikhs (ver Sikhs). Posteriormente, al llegar
a la India la cultura occidental y especialmente el Cristianismo, se iniciaron
otros movimientos reformistas, dando origen a agrupaciones religiosas como
las de Brahma Samaj, Arya-Samaj, Rama-Krishna y otras similares.
El sistema de castas del Hinduismo estorbó en gran medida el
progreso económico y social de la India. En 1948, como culminación
de los esfuerzos de Ghandi y otros por mejorar la condición de los
«intocables», la Asamblea Constituyente de Nueva Delhi abolió
la intocabilidad en todas sus formas. Los roces entre hindúes y
musulmanes, en relación numérica de tres a uno en favor de
los primeros, contribuyeron a retrasar el momento de la independencia de
la India. El resentimiento entre ambos grupos religiosos originó
numerosos disturbios, principalmente con ocasión de actos religiosos
o crisis políticas.
Religión primitiva de los japoneses, basada en el culto a los
antepasados. La palabra significa: el camino o sendero de los kami, cuya
ideografía es idéntica a la de shin. Por kami se entiende
el espíritu residente en una persona viviente o el espíritu
de una fallecida. Si la persona está viva, encarna o representa
al kami; cuando muere es el kami quien la representa a ella. Tradicionalmente
se cree además que los kami residen en las montañas, los
vientos y otros elementos naturales.
Principio fundamental del Sintoísmo es la reverencia y la lealtad
al emperador y a los antepasados imperiales; la reverencia a los espíritus
o la memoria de los grandes personajes del pasado; la veneración
de los antepasados de la familia y, en algunos casos, de los familiares
próximos fallecidos. Todo ello supone la sensación de comunión
con los antecesores y el deseo de complacerlos y agradarles. En reciprocidad
se recibe de ellos consuelo y apoyo; en realidad, la sensación de
alivio moral nace del mismo acto de rendir debido tributo a su memoria.
Esencialmente, la religión sintoísta mantiene el presente
en contacto íntimo y constante con el pasado. Aunque carezca de
principios abstractos, es una especie de filosofía de la vida: mantiene
vivo, en los vivientes, el recuerdo de los que les precedieron. Su símbolo
es el sakaki, árbol siempre verde. El sintoísmo representa
un estado mental para los japoneses: la constante cita con la memoria o
los espíritus de los muertos venerados o queridos.
Así, cuando un recién entronizado emperador anuncia su
acceso al Ise Daijingu (Gran Santuario de Ise), asegura a sus antepasados
que su línea imperial sigue manteniéndose. Cuando cientos
de miles de ciudadanos visitan el Santuario de Meiji, a la salida del sol
del Año Nuevo, rinden homenaje a la memoria del gran emperador y
piden su bendición para el año que empieza. Cuando niños
y niñas rinden pleitesía a las puertas del palacio, manifiestan
profundo respeto al jefe del imperio. Cuando una madre inclina su cabeza
en el Santuario de Yasukuni, comulga con orgullo y pena con el espíritu
del hijo que dio su vida en una batalla por el emperador y está
representado allí con millones de otros. Cuando un infante es llevado,
con la gaya envoltura de su primer kimono, al tabernáculo familiar
(uji) es para anunciar que la familia cuenta con un nuevo miembro. Y cuando
se rinde pleitesía ante el kamidana (pequeño santuario familiar),
es para conservar, tan verde como las ramas de sakaki de los diminutos
jarrones, la memoria del entrañable padre, abuelo u otro antepasado
en su aniversario.
El Sintoísmo se ha desarrollado a lo largo de los siglos íntimamente
vinculado a la dinastía imperial. Tuvo su origen en el primitivo
culto de los japoneses, que tal vez contuvieron ciertos caracteres religiosos.
Lo más probable es que se redujera a una serie de ritos basados
en supuestas relaciones entre los miembros de la familia imperial y las
estaciones, la fertilidad del suelo y la abundancia de la cosecha. Se ha
comprobado la presencia en este culto de elementos fálicos.
Los anales más antiguos describen alegóricamente las andanzas
y hazañas de los pueblos emigrantes, que se reunieron en las islas
japonesas al parecer hace 25 o 30 siglos para formar la raza yamato (japonesa).
Sus dirigentes fueron denominados kami. Como generadora de la estirpe imperial
aparece una reina o princesa llamada Amaterasu Omikami o Gran Mujer Kami
de Brillo Celestial (la llamada «Diosa del Sol»); aunque no
se dice por qué fue llamada así, se cuenta un episodio indudablemente
alusivo a un eclipse de sol. Uno de sus descendientes, Jimmu, se convirtió
en el primer emperador (c. 660 a. de J.C.). Cuando los japoneses hacen
referencia a Kami colectivamente (kami-sama), generalmente aluden a estos
antiguos fundadores; llaman a su país la tierra de los Kami (Kami
no Kuni). El Sintoísmo se estableció formalmente en el año
11 d. de J.C., cuando el emperador Suinin fundó el Ise Daijingu
y depositó en el Santuario el espejo, uno de los tres tesoros imperiales,
como el símbolo de Amaterasu Omikami. Allí ha permanecido
desde entonces semejante reliquia. Los templos sintoístas (miya),
los ritos (norito), los ritualistas (kannushi), las ofrendas de alimentos
y bebidas, todo, en fin, se vincula a ese pasado remoto.
El Sintoísmo no es una religión: la sed religiosa de
los japoneses quedó satisfecha en los siglos VI y VII d. de J.C.
con la introducción del Budismo, que ha seguido siendo su religión
hasta el día de hoy, salvo para un tercio de la población
que se convirtió al Cristianismo. No se trata de ningún sistema
político como la Pax Britannica, el Fascismo o el Comunismo. Al
no existir en el Sintoísmo credo religioso alguno que explicar o
difundir, en su historia no aparecen grandes figuras. Tampoco existen en
él ni imágenes ni sermones ni congregaciones. Nada tiene
que ver con la existencia prenatal o la vida futura, con el pecado o la
virtud, si bien es imperativa la limpieza sin tacha, símbolo de
la cual son las tiras de papel blanco (gohei). Los mismos japoneses afirman
que, como quiera que el sintoísmo no es una religión, resulta
compatible con religiones como el Budismo y el Cristianismo. El Budismo
reconoció esta opinión hace mucho tiempo, como lo hizo más
tarde el Catolicismo. Pero los misioneros protestantes se mostraron puntillosos
alegando que el Sintoísmo es religión y se opusieron, por
ejemplo, a que sus conversos se inclinaran ante el emperador o su retrato.
Siendo así que la lealtad al emperador va implícita en
el Sintoísmo y que la lealtad al emperador es una de las principales
características del patriotismo y de la valentía indiscutibles
del soldado y el marino japoneses, puede decirse que ha contribuido no
poco a la participación del Japón en las guerras, tanto en
la última como en las precedentes. En otro orden de ideas figura
un antiguo mandamiento supuestamente formulado por el emperador Jimmu hace
26 siglos: «hakko ichiu» o reunión del «mundo»
en una hermandad. Aunque el mundo de los tiempos de Jimmu se reducía
a las islas japonesas, los creadores del Imperio se encargaron de tergiversar
el significado del mandamiento para que sirviera de justificación
a su carrera de expansión por Oriente. En atención a los
deseos de los ocupantes norteamericanos los santuarios sintoístas
fueron privados del apoyo económico del Gobierno y otros privilegios
a raíz de la última guerra.
Sintoísmo (2)
Religión nacional japonesa de tipo politeísta. El culto
se dirige, además de a las divinidades propiamente dichas, entre
las que destaca Amaterasu, la diosa-sol que ocupa el primer lugar en el
panteón, a los antepasados y a los espíritus. Sin embargo,
dioses, antepasados y espíritus no son teóricamente distintos,
sino que se designan con un único término: kami. El nombre
shintô («la vía de los espíritus») nació
en el siglo VI d. de J.C. para distinguir la religión nacional del
budismo (butsudô), procedente de China y Corea.
El sintoísmo primitivo no tenía un carácter homogéneo:
era un conjunto de creencias locales y ciclos de leyendas que formaron
la base de una mitología rica y variada, a la que se le dio una
versión oficial en el siglo VIII d. de J.C. con el Kojiki (Memorias
de los acontecimientos de la antigüedad) y el Nihongi (Anales del
Japón).
La mitología sitúa el origen del cielo y de la tierra
en numerosas generaciones de divinidades, las últimas de las cuales,
la pareja Izanagi e Imo Izanagi, crearon las principales islas del archipiélago
y el conjunto de las divinidades de la naturaleza, entre ellas la diosa
del Sol, Amaterasu. El ciclo de leyendas que obtuvo su consagración
por medio de la historiografía oficial atribuyó la fundación
de la dinastía imperial a un descendiente de esta diosa, su nieto
Ninigi, a quien había enviado a la Tierra para que gobernase el
país en su nombre. También le había entregado la insignia
del poder imperial: el espejo, la piedra preciosa y la espada. El nieto
de Ninigi, Jimmu Tenno, estableció la capital del Imperio en la
región de Yamato y fundó la dinastía imperial. Con
él acababa la era de los dioses y comenzaba la de los hombres.
El significado del mito es eminentemente político: sancionaba
la ascendencia divina de la nación japonesa y legitimaba el poder
de la familia imperial, que descendía por línea directa de
la diosa del Sol.
Los lugares de culto del sintoísmo primitivo eran recintos al
aire libre en los bosques o en los montes. Después se fueron construyendo
templos en los que se custodiaba el shintai, esto es, el cuerpo de la divinidad.
Cada templo estaba compuesto de dos edificios por lo menos, el honden (sagrario)
y el haiden (oratorio), ambos construidos según el modelo de antiguas
viviendas. Entre los templos más antiguos y más célebres
deben citarse en primer lugar los de Ise y de Izumo, edificados en el siglo
I d. de J.C.
La liturgia sintoísta se divide en un culto privado y doméstico
y en un culto público u oficial. El primero se lleva a cabo por
ministerio del jefe de la familia y consiste en recitaciones de fórmulas
sacras y ofertas de sacrificios. A los ritos cotidianos se añaden
los relativos a los diversos acontecimientos de la vida, como el nacimiento,
el matrimonio y la muerte.
El culto oficial se encuentra minuciosamente codificado en rituales
y calendarios y lo llevan a cabo las distintas clases sacerdotales; se
expresa por medio de ofrecimientos y actos ceremoniales que consisten en
reverencias y palmadas y comprenden la recitación de fórmulas
de carácter esencialmente mágico. Estas fórmulas reciben
el nombre de norito o norito-goto («palabras pronunciadas»),
especie de alocuciones ricas en simbolismo que se recitan Con ocasión
de particulares solemnidades por el emperador o por los sacerdotes encargados
de las ceremonias del culto. Entre los norito más conocidos se halla
el del Ô-harano-kotaba («palabras de la gran purificación»),
que aún se recita dos veces al año, el 3 de junio y el 31
de diciembre, en ocasión de la ceremonia de la Gran Purificación,
una de las solemnidades mayores del sintoísmo. Otras ceremonias
se celebran con ocasión de determinadas festividades anuales, relacionadas
con los ritos agrícolas.
La liturgia sintoísta comprende un culto doméstico, tributado
por el cabeza de familia, y otro, público y oficial, celebrado por
las distintas clases sacerdotales; las festividades más importantes
se hallan relacionadas con los ritos agrícolas.
La religión nacional japonesa, nacida de un conjunto de creencias
locales y de ciclos de leyendas, elaboró a través de los
tiempos una rica mitología que sancionaba la ascendencia de la divina
de la nación y legitimaba el poder político de la familia
imperial.
| BIBLIOGRAFÍA |
última actualización 05 - 10 - 2001