FOTOS Y TEXTO

DE

EUSEBIO DIAZ CAMPO


SAN FERMINES  


El chupinazo; punto de partida de la fiesta. 

el chupinazo

El encierro; el punto culminante de la fiesta. 

el encierro

Corrida de toros. 

la corrida

Las vaquillas, al acabar el encierro. 

las vaquillas

Las pe­as. 

las peñas

Las calles de Pamplona. 

la calle

Musica de charangas y pe­as. 

la musica

Deportes tradicionales vascos y navarros. 

las tradiciones

Escenas sanfermineras. 

escenas

© EUSEBIO DIAZ CAMPO. 1997. (Texto y fotos).

Negro. A las 11 de la mañana del 6 de Julio el griterío es infernal y el cava barato que cae en pertinaz lluvia desde hace una hora le produce los más negros presagios al fotógrafo que hace más de una hora defiende la posición. El chaparrón arrecia y, justo cuando acaba de limpiar por centésima vez el objetivo de su cámara, un energúmeno barbado de aspecto feroz y terrible agita una botella y dirije el chorro hacia su cámara mientras emite unos alaridos espantosos. El fotógrafo le recrimina su acción y el barbudo hecha mano a otra botella de la caja que tiene a tal efecto y comienza a agitarla, cuando intercede otro fotógrafo que, tras treinta y cuatro chupinazos que lleva, sabe que lo mejor es no hacer caso. Un japonés vestido de punta en blanco, con la imprescindible faja roja, atrae las atenciones del morlaco peludo y se solventa la situación. El nipón sonríe con beatífica y oriental sonrisa. A las doce menos cinco los balcones del Ayuntamiento se abarrotan de cámaras, micrófonos y concejales. Comienza un alarido ensordecedor que solo deja distinguir el sonido de los cohetes que desde el balcón alguien lanza desde las doce en punto, durante cinco minutos, mientras se agitan miles de pañuelos rojos. La gente comienza a desparramarse brincando, saltando y cantando, convertidos en propagadores de la buena nueva...Ha sido dura la espera de trescientos cincuenta y tantos días, pero, al fin,vuelve a ser Sanfermines.

Blanco y rojo. Desde ahora, hasta el "pobre de mí", Pamplona se viste de blanco y rojo y en el banco, en el bar o la estación las gentes de bien anudan al cuello el pañuelico colorao. Así que si usted es forastero no dé la nota y póngase un pañuelico al cuello. El mismo día de vísperas, a primera hora de la tarde, una comitiva intenta recorrer el breve trayecto entre el Ayuntamiento y la Iglesia de San Lorenzo. Los concejales, vestidos de frac y chistera, se acompañan de la comparsa de Gigantes y Cabezudos, los maceros, clarineros y timbaleros y la popular banda de música "La Pamplonesa", que interpreta incansable el vals de Astrain (músico navarro del XIX), cuyo estribillo dice: "Porque llegaron las fiestas de esta gloriosa ciudad, que no hay en el mundo entero. Una fiesta sin igual. Riau-Riau". Los pamplonicas, brazos en alto, no paran de bailar y brincar y se refrescan con el agua que llueve de los balcones cuando aprieta la calor, llamando Riau-Riau a la procesión. Lo decía el señor Obispo en el periódico del día: "Los miembros de una comunidad, al celebrar su fiesta patronal, se sienten vinculados unos con los otros" ¡Meeecáchis! ¡Vaya si están vinculados! Los unos tiran para un lado y los otros para el otro, con no menos fuerza y los ediles, rodeados de un cordón de policias municipales, apenas consiguen avanzar, tardando dos o cuatro horas en un recorrido que se hace normalmente en cinco minutos. Parece ser que hace una década que la Corporación no llega al completo al oficio de vísperas. Y los que llegan suelen hacerlo sin chistera y con la camisa por fuera. Todo ello es un jolgorio y, al día siguiente, un periódico dice que solo hubo siete policias heridos leves y, otro: no hubo riau-riau por los gamberros de siempre. El siete es San Fermín. Antes de las siete de la mañana comienzan las dianas por las bandas de música. A las ocho, puntualmente, se abre el corralillo de Santo Domingo, dando suelta a la manada de los seis toros que se han de lidiar por la tarde en la corrida, y seis u ocho cabestros cencerro al cuello y que actúan como conductores de la manada. Detrás los pastores azuzan la manada con una larga vara, que también sirve para atizar algún pescozón a los forasteros, generalmente yanquis, que menos se enteran y más molestan. Delante, detrás, junto a y por todos los lados, los mozos o corredores, cuyo mayor éxito y gloria consiste en correr cuarenta o cincuenta metros junto a uno de los bravos que se han de sacrificar a la tarde. Cuando todo marcha bien la carrera suele durar unos tres minutos, pero, a veces, la manada se separa y algún toro se queda rezagado o se vuelve. Surge entonces el peligro y la emoción. Los más desaprensivos, generalmente yanquis, hacen toda clase de aspavientos intentando llamar la atención del toro o de alguna cámara que inmortalice el evento de su participación. Los hay que entran por el callejón de la Plaza los brazos en alto como triunfadores de no se sabe qué competición. El encierro se celebra en muchos pueblos de España. Pero este es el Encierro y sólo se celebra aquí. El Alcalde ha recibido una carta de un alcalde japonés que quiere, previo pago de derechos, trasladar a su ciudad los Sanfermines. No recuerdo si era a Hiroshima o Nagasaki. Lo dificil sería transportar el capote de San Fermín que suele aparecer logrando que la mayoría de los sustos se queden en magulladuras.

Blanco. Tras el encierro, la mañana es de los niños. Bailes y chocolatadas. Gigantes y cabezudos: antiguos y bellos. Exhibiciones de deporte rural; concurso de recortadores: los mozos que participan intentan colocar anillas en las astas de sendas vaquillas; corrida vasco-landesa: se efectúan quiebros y recortes y algunas suertes que describiera Goya en sus grabados de la Tauromaquia.

Rojo. Por la tarde comienza el desfile de Las Peñas que se dirigen a la Plaza de Toros en un discurrir alegre y comedido. Camisa y pantalón blancos y blusa de variados colores identifican estas cuadrillas de decenas o centenas de amigos que procesionan tras una pancarta de contenido satírico a los sones de su propia banda de música. Las peñas, "the clubs" traduce un folleto municipal, son el alma de los Sanfermines y sus bandas con el "Txunda ta txunda ta txun" llegan a alcanzar, en algunas ocasiones, un alto nivel musical. Día y noche estas insólitas formaciones musicales le dan color a la ciudad y a su alrededor baila todo el mundo sin distinción de raza, sexo o condición. Deciamos, pues, que a los sones de la música y llevando consigo la merienda y los cubos de sangría las peñas se dirigen a la Plaza que es una gloria verlas, lo limpio que van todos. Dentro de la Plaza reina la alegría y el jolgorio. Justo tras el tercer toro comienza una descomunal merienda, muchos de los comensales en los pasillos que rodean el graderío; los más discretos de bocadillo, los más tradicionales estofado de toro, ajoarriero, lomo con pimientos o magras con tomate. Y es tanta la alegría que por el graderio comienza a volar parte de la merienda y de la sangría. Si un forastero despistado ha caido por allí sin merienda es difícil escape sin merendar. Y si es forastera y ve que alguien, con pícaro ademán, la mira y dice: "Josu, tu novia no tiene tetas", puede estar segura que la sangría va a caer sobre ella, no solo por dentro, sino también por fuera. Más que nada por ver cómo trasparenta la fresca ropa a la que obliga el fuerte sol. Esto ocurre en el graderío de sol que es donde está el pueblo, las peñas. En la sombra los más pudientes y mandamases se aburren entre el humo de los cigarros, sabiéndose ajenos a la fiesta y que aquí sí que el pueblo es soberano. Y protagonista. No es de extrañar, pues, que a la salida el aspecto de los componentes de las peñas no sea tan lustroso como a la entrada. Pero la animación, el bullicio y la alegría que durará toda la noche, hacen que resulte imprescindible asistir a la salida de la Plaza de Toros y comenzar a brincar hasta el encierro, como todos los días de los Sanfermines.

Tras siete días, le toca el turno al único acto triste, mejor diríamos melancólico, de los Sanfermines. El "Pobre de mí". Los pamplonicas con una vela en la mano se concentran en la Plaza del Ayuntamiento los oficialistas o en la Plaza del Castillo los de las peñas y entonando el "Pobre de mí" procesionan en un fantasmagórico discurrir de gesto melancólico, sabedores de la terrible circunstancia de que cuando se consuma la vela quedarán trescientos cincuenta y tantos días para Sanfermines.

Termina la alegría. Termina la juerga más monumental del planeta.

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