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Érase una vez, probablemente,
un aventajado discípulo del mago Merlín, que caminando hacia Santiago
allá por el verano de 1467, coronó la cima de las montañas que conforman
este valle. Conocedor de todos los secretos de su oficio, quedó impresionado
ante el paisaje donde la naturaleza, en un alarde de magia, puso tanta
belleza. Pero aquellos eran tiempos turbulentos en los que el demonio,
hacía de las suyas por el mundo. Aquella mañana, entre los frondosos
bosques que el peregrino contemplaba, miles de irmandillos combatían
ferozmente en las proximidades del altivo castillo de Balboa con las
huestes del Conde de Lemos, al que perseguían desde sus dominios en
Galicia.
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