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LA SEXUALIDAD HUMANA |
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"Dejarás a tu padre y a tu madre"
Cuando Desmond Morris afirmó en su famosa obra El mono desnudo que el hombre es el más sexual de todos los primates, escandalizó a algunos. Si el antropólogo se equivocaba, la publicidad se ha encargado de hipertrofiar la sexualidad, instrumentalizándola para aumentar las ventas. Los publicistas saben cómo llamar la atención incluyendo insidiosas alusiones, visibles o subliminales, incentivando la fuerza más imperiosa de nuestra naturaleza, esa con que los genes buscan replicarse. Tanto los publicistas como los genes nos instrumentalizan, para los publicistas el sexo es un mero instrumento para aumentar las ventas; a los genes les va la "vida" en ello, sólo subsisten si consiguen replicarse sexualmente. Indudablemente, el sexo nos interesa notablemente. Los españoles le conceden un 7,35 sobre 10, como media, a la importancia de las relaciones sexuales en sus vidas. La sexualidad jugó siempre un papel esencial en el origen y la reproducción del "hecho social" y hace mucho tiempo que nuestra imaginación se puso al servicio del sexo, a la vez que se servía de él como una fuerza que era posible represar para invertir en otras actividades. La sexualidad se sirve de la imaginación para estimularse, mientras que la imaginación se sirve de la sexualidad para volverse creativa. Así que puede parecer que todo es sexo, cuando lo que importa es lo que podemos y aprendemos a hacer con él. La mujer es la única hembra primate que puede mostrarse sexualmente atractiva casi permanentemente, con o sin ayuda de la cosmética. Esta situación le permite "cazar" al varón; la práctica de la copulación convertida en hábito devuelve al macho errante a su hogar, le sedentariza y le incita a interesarse por su progenie. El cazador resulta a medio y largo plazo cazado. Puede parecer que él necesite más sexo que ella, cuando en realidad acaba siendo al revés. La compulsión masculina acaba también verbalizándose, sentimentalizándose. La mujer puede copular todos los días, con independencia de su estado fisiológico y humor. En el nivel humano hay pues una disociación entre el coito propiamente dicho, que se vuelve un fenómeno complejo y socializante, y el acto de la reproducción(1). Esta es una verdad antropológica que echa por tierra la vieja legitimación eclesial de la sexualidad como un simple medio generatriz. Para el ser humano, la sexualidad es un formidable estímulo de la vida civil, un intensificador de la sociabilidad, el gran aliciente de la vida política. Además, la intimidad sexual frecuente sirve de ligamento al núcleo familiar, conserva el vínculo psicológico del apego, una especie de impronta duradera. Desde su mismo origen, todas las culturas instauran reglas y prohibiciones sexuales para canalizar esta fuerza. El más antiguo de los tabúes es seguramente el del incesto, que ya está presente en ciertos animales, en el sentido madre-hijo y en grado menor hermana-hermano, pero adquiere una extensión más amplia, yerno-suegra, cuñado-cuñada, en el humano. La prohibición de la endogamia facilita el intercambio de mujeres o de varones (más raramente) entre distintos clanes. Esta ampliación del parentesco, esta extensión del parentesco de sangre al parentesco "político", favoreció el paso del clan originario al orden social, más complejo, de la tribu: "si la organización social tuvo un principio, éste sólo pudo haber consistido en la prohibición del incesto... una suerte de remodelamiento de las condiciones biológicas del apareamiento y la procreación que las compele a perpetuarse únicamente en un marco artificial de tabúes y obligaciones. Es allí, y sólo allí, que hallamos un pasaje de la naturaleza a la cultura" (2). Una economía basada en la caza y la recolección determina nítidamente la separación de roles: ellos cazan mientras ellas se mantienen cerca de los jóvenes y viejos o se dedican a la recolección. La aptitud específicamente humana de repartir los productos de la caza y la recolección es el más antiguo de los ritos sociales. "No son ni la caza ni la recolección como tales, sino el reparto lo que hace de nosotros humanos" (J. Ruffié). La distribución de la carne (y de las pieles) también obedecerá a ciertas reglas y atestiguará un orden jerárquico. Aún hoy es patente este atavismo de las pieles con el que las señoras pretenden fijar públicamente su estatus. El cazador entrega los mejores trozos y trofeos a sus parientes y allegados, hacia los que tiene obligaciones, estos reparten a la vez con parientes y obligados, lo que mantiene una red de distribución e intercambio de favores. El buen cazador tal vez puede poseer varias mujeres y asegurarse una numerosa descendencia. Las sociedades de cazadores-recolectores consienten con frecuencia la poligamia. "La caza pone el poder político y social en manos de los hombres; cuanto más carnívoro es un pueblo, más falócrata" (Ruffié). Hasta la época magdaleniense incluida, las figurillas esculpidas en marfil o en hueso y los dibujos prehistóricos representan a mujeres con atributos sexuales muy desarrollados. La única filiación reconocida entonces sería la de la madre, valorada por su fertilidad. Todos los historiadores están de acuerdo en que el rol social de la mujer fue muy apreciado durante la revolución neolítica (agricultura y pastoreo) a la vez que las nuevas faenas de la agricultura y el pastoreo hacían tanto a ellas como a sus hijos económicamente útiles y tal vez imprescindibles (3). En Europa, el patriarcado parece haber llegado con las primeras civilizaciones de bronce, cuando la figura del guerrero se sobrepone a la del cazador. El panteón griego, dominado antes por las diosas, se sometió entonces a la autoridad de Zeus, pero no sin conflictos.
Control político de la sexualidad humana
Somos animales oportunistas y creadores, y hemos aprendido a ampliar multifuncionalmente las pautas básicas de conducta. Modelamos culturalmente los instintos básicos, inventamos comportamientos nuevos, y somos el único animal que come sin hambre, bebe sin sed, anda por placer, corre por gusto... Por supuesto, y al menos hasta los desarrollos contemporáneos de la inseminación 'in vitro', la cópula ha sido imprescindible para nuestra supervivencia. ¿Lo seguirá siendo en los próximos siglos? En cualquier caso, es trivial decir que una cultura que hubiese prohibido toda actividad sexual se habría condenado a muerte a sí misma. Durante siglos se ha educado socialmente en una moral sexual abrumadora y confusa, en la que se amontonaban viejas supersticiones y tabúes irracionales, miedos, intereses económicos, consejos higiénicos, repugnancias, culpabilidades, mitos y -como ha señalado Marina- también algunas normas sensatas. Los poderes constituidos, religiosos o políticos, siempre han intervenido en la economía del deseo y su satisfacción con fines políticos, buenos y malos fines políticos, tanto la paz como la dominación. Es fácil hacerle padecer a alguien intensos sentimientos de culpa o de miedo si definimos como intrínsecamente perversos, o pecaminosos, los apetitos, inclinaciones o sentimientos que no pueden evitarse. La presión sexual ha sido ampliamente utilizada en todas las culturas para canalizar, especializar y jerarquizar la sociedad humana. El varón ha controlado férreamente la sexualidad de la mujer con el fin de asegurarse la legitimidad de la prole. La mujer ha empleado la sexualidad como instrumento para proteger a sus hijos y asegurarse recursos e influencia. Al apoderarse del control de la sexualidad, el cristianismo hizo de todo hombre un pecador al que tenía a su merced, pues la Iglesia se reservaba la llave de la salvación mediante el sacramento de la penitencia. Cuando la Iglesia se impuso, el maniqueísmo le hizo asimilar la materia y su sensualidad como lo opuesto al espíritu, a la pureza religiosa (castidad). La sexualidad era una seducción del diablo, el enemigo de Dios. A pesar de esto, los sacerdotes y obispos pudieron casarse hasta el siglo XI cuando León IX decretó la castidad absoluta. El clero regular fue reticente a la medida y el concubinato, confesado o clandestino, persistió durante mucho tiempo, porque el pueblo estimó deseable que el cura tuviera una concubina para evitar que sedujese a las mujeres de otros abusando de su poder sobre las conciencias o de la intimidad del confesionario. Desde la creación de los tribunales de la Inquisición (1183) el apetito sexual será acosado sin descanso en todas sus formas. La noción misma de pecado original (soberbia y desafío a Dios) se transformó en algo sexual. Esto reforzó las estructuras familiares, al condenar las relaciones extramaritales, dignificando el papel de la esposa sacramental, pero disminuyó el crecimiento demográfico, pues nacieron menos hijos ilegítimos que antes. El cristianismo fue muy severo con la mujer a la que consideró segunda en el orden de la creación y responsable de la expulsión del paraíso terrenal. "Por ella entró el pecado en el mundo". Sólo exaltará la figura de la Virgen, proclamando en dogma la Inmaculada Concepción de María, a finales del siglo XIX. Desde sus orígenes hasta el Renacimiento, el cristianismo tenderá a la condena general de la sexualidad, que sólo es considerada como válida a condición de que tenga por finalidad la procreación.
El sexo y la muerte
Pero la propia naturaleza nos ha ofrecido un intenso placer en el ejercicio de la sexualidad y una espontánea inclinación a granjeárnoslo, como si quisiera recompensar con un íntimo goce el intenso dolor y riesgo que supone el parto y el notable gasto de energía y recursos de la crianza y educación de la prole. Creemos que nos guiamos por nuestro antojo y gusto, pero servimos a una ciega compulsión genética. Los genes programan tanto la química interna del estímulo (sex appeal) como la respuesta sexual, dirigen nuestros ciclos hormonales y alteran nuestro metabolismo para que los reproduzcamos en nuevas combinaciones. En cierto sentido, los genes nos instrumentalizan sin ningún escrúpulo, usándonos como auténticas supermáquinas orgánicas. Los genes carecen de sentido moral; no tienen "corazón" y resultan feroces en su inocencia salvaje y "egoísta". Una vez que les hemos servido para replicarse, también programan nuestro destino fatal. ¡Viva el gén(ero), perezca el individuo! Los artistas de todas las épocas han intuido esta profunda relación del sexo con la muerte, lamentando lo efímero de los seductores encantos juveniles. Sin embargo, los humanos hemos aprendido a burlar la primitiva dirección de aquel impulso y hemos prolongado la juventud y la madurez, burlando los efectos extenuantes de la sexualidad. Podemos controlarnos y preservarnos de la reproducción. Hacemos el amor por múltiples motivos conscientes o inconscientes. Desmond Morris describe por lo menos nueve motivos (4). Los humanos hacen el amor para formar pareja, aunque se evite la reproducción. La intimidad crea por sí misma vínculos emotivos y por eso las cópulas casuales o las "aventuras de fin de semana" suscitan tantos problemas, porque la intimidad compartida origina automáticamente un lazo de pareja, aunque no se lo busque. El sexo intensifica las relaciones sentimentales y emocionales. Las actividades sexuales sirven a la vez para reforzar, conservar y mantener la relación de pareja. El hecho de que la hembra humana no esté sometida a un periodo corto de celo (estro) favoreció la fidelidad del macho, permitió formar familias estables y alargar el modelamiento de la conducta de los hijos y el progreso de la cultura. A pesar de su franca jovialidad respecto de la sexualidad, Desmond Morris indica el peligro de un exceso de propaganda prosexual en nuestra sociedad mediática: el error consiste en suponer que después de la fase de formación de pareja la sexualidad puede seguir siendo vivida con la misma relevancia emocional que antes. Las pasiones son estados de ánimo intensos, pero efímeros. Puesto que el "loco amor" se consume en breve, muchos ingenuos creen que algo ha marchado mal y buscan la felicidad en nuevos lances, en lugar de recrear o desarrollar sus sentimientos o profunduzarlos. Cuando la imaginación es pobre, buscamos en el adulterio una dudosa recompensa para nuestra insatisfacción, en lugar de desarrollar una nueva sentimentalidad que prolongue o revitalice el antiguo impulso. La importancia de las funciones reproductivas del sexo puede ser exagerada o empequeñecida, y ambos excesos causan problemas. Los hechos no demuestran que el hombre sea fundamentalmente promiscuo, sino todo lo contrario. Tenemos propensión natural a la monogamia, aunque el sistema mantiene cierta flexibilidad para garantizar que no se pierdan energías reproductivas, en caso de infertilidad, impotencia o fallecimiento del cónyuge. Pero cualquier macho o hembra humanos, adultos y sanos, tienen una repetida necesidad fisiológica de consumación sexual que alivie las tensiones, aunque no cumpla más función que esa y suceda espontáneamente. Hasta San Agustín comprendía lo que los hipócritas prefieren ignorar. El instinto se burla de los puritanos con sueños y pesadillas, como las alucinaciones del Bosco o las tentaciones de San Antonio. En los pecados de amores, más todavía en el caso de amores clandestinos, el dolor de la penitencia suele exceder con creces al placer que proporcionó el "pecado". Es casi cuestión de compasión ser tolerante en esto. Aunque el sexo sea más inocuo que la violencia, puede también provocarla, sobre todo en los casos de frustración, impotencia o celos enfermizos. Además, el sexo puede ser mercantilizado o envilecido. Da mucho juego para hacer negocios porque está ineludiblemente vinculado a nuestra naturaleza animal y llama poderosamente la atención de nuestros sentidos. El hombre es también un animal inventivo y curioso, amigo de la novedad y aventurero. Pero, a causa de nuestros pesados deberes paternales, los experimentos sexuales realizados fuera del vínculo de pareja entrañan serios riesgos para la salud, provocan intensos celos sexuales, pues nadie quiere compartir el objeto de su deseo; además, las "canas al aire" estimulan la formación accidental de nuevos vínculos de pareja en detrimento de la prole anterior. De este modo, el precio del frívolo o atrevido experimentalismo sexual de los padres lo pagan injustamente los más débiles, especialmente los hijos. Paradójicamente, sólo cuando se da el más implacable control intelectual de las partes implicadas, los escarceos clandestinos no causan grandes sinsabores y desgarramientos. El sexo recompensa por sí mismo. Las parejas invierten en él su tiempo cuando cuentan con energías sobrantes, durante las vacaciones, por ejemplo, lo que exige que las necesidades primarias estén fácilmente cubiertas por una sociedad urbana. A los animales les pasa lo mismo cuando viven en un zoo donde se les suministra el alimento y se les preserva artificialmente de enemigos: se transforman en hipersexuales. Entonces, el sexo es búsqueda de recompensas sensoriales, un fármaco contra el aburrimiento. Es lo que llama Morris "el sexo ocupacional", una terapia contra una medio ambiente monótono y estéril, una alternativa contra la ansiedad, la agitación... y la ira. Si la excitación perturba, la satisfacción tranquiliza. Todo el simbolismo de la carne expresa posiciones de dominio o de sumisión, relaciones de estatus, de autoafirmación o dependencia, de poder y de amor propio. Y encima, por si fuera poco, sublimadas o espiritualizadas, en versos o en sentimientos sutiles, en erótica, en estética o en mística, el erotismo expresa la relación sentimental del hombre con el todo y con la nada, con la vida y con la muerte, con el principio y el fin... esa búsqueda errática de lo absoluto. Conque la sexualidad, además de lúdica o gozosa, se vuelve lúcida e interesante. Un juego en que apostamos, consumamos y consumimos la vida.
El galanteo, las prisas y el valor trascendente de las caricias
Al desarrollar su personalidad diferenciada, el cachorro humano empieza a rechazar el dulce abrazo de la madre. El joven adulto debe vivir solo y recuerda con nostalgia la primera y total intimidad con su madre. En la madurez, las intimidades están severamente limitadas. Mantenemos las distancias en un mundo de competencia y desconfianza; adoptamos actitudes de alerta cuando la dependencia es sustituida por la interdependencia. Las dulces intimidades de la niñez dejan paso a las duras transacciones de la vida adulta. El amor como un acto de entrega total, desaparece. Cuando se trata de un mono macho, jamás volverá a encontrar, de adulto, la total intimidad del lazo amoroso. Los monos hacen poco más que montar o dejarse montar en las ocasiones fértiles. Sin embargo, para el ser humano adulto existe la posibilidad de establecer un fuerte y duradero lazo de unión con un miembro de la misma especie, un vínculo que será mucho más que una simple asociación y que supone una confianza casi total entre los amantes. Para el adulto calculador, el establecimiento de una relación así es una aventura en la que puede perder muchísimo, por lo tanto, la resistencia a confiar en otra persona es enorme. Sin la ayuda de los centros inferiores del cerebro, los centros superiores no permitirían nunca que nos enamoráramos. No se produce una confianza total a primera vista, sino una poderosa atracción. El progreso desde esta primera atracción hasta la confianza final es casi siempre una larga serie de crecientes intimidades: miradas al cuerpo, a los ojos, intercambio vocal, entrelazamiento de manos, el brazo en el hombro, el brazo en la cintura, besos en la boca, la mano en la cabeza, la mano en el cuerpo, la boca en el pecho, la mano en el sexo y, por fin, si todo marchó bien, el sexo en el sexo. Cada una de estas doce etapas han sido analizadas por Desmond Morris en su libro Comportamiento íntimo. Hasta cierto punto están culturalmente determinadas, pero dependen en mayor grado de la fisiología sexual de nuestra especie. Las primeras fases del galanteo facilitan la formación de lazos afectivos aunque no produzcan fuertes reacciones orgánicas. El hito entre ambas situaciones es el acto del beso en la boca, convertido en un icono universal por el cine norteamericano. Las variaciones sobre estas pautas antropológicas del galanteo adoptan tres formas principales: reducción de la secuencia, alteración del orden y, tercera, perfeccionamiento de la pauta. La forma más extremada de reducción de la secuencia es la violación. El varón humano es el único animal capaz de semejante aberración, en mitad del terror de la guerra o por motivos patológicos, gracias a la fuerza física de sus poderosos brazos, a los que puede añadir armas, insultos y amenazas. Es evidente que la violación causa graves traumatismos y daños psicológicos y carece, al menos para la víctima, de dos ingredientes esenciales: la formación de pareja y la excitación sexual. Históricamente se han dado otros casos menos atroces de violación, a la que podemos llamar "violación económica": el matrimonio sin amor o "de conveniencia", o concertado por los padres sin el beneplácito de los hijos, o concertado por ambos componentes de la pareja, o por uno de ellos, que simula un amor que no siente, en ambos casos se trata de una variante disimulada y lujosa de prostitución. Aunque las primeras fases del galanteo resultan muy importantes, gratas y enriquecedoras para la formación de la pareja, en vez de perfeccionarse, en nuestra época se han reducido y simplificado por escasez de tiempo e imaginación y por ansia apresurada de gratificación. Tiende a prestarse más atención a las últimas fases. Se ha genitalizado culturalmente la sexualidad y todo se concentra en la cópula. Se ha impuesto algo así como una "tiranía del orgasmo", una especie de competición entre "cazadores de orgamos". Resultado de este tipo de reducción es un máximo de actividad copulatoria con un mínimo de lazo afectivo: una sexualidad fría y desvinculada. Una vez formado el lazo afectivo, lo que debiera contar más es la calidad, no la cantidad: "Cuando una pareja ha empezado a enamorarse, no quiere omitir las primeras fases de la secuencia sexual. No dejarán de asirse las manos sólo porque les está permitida la cópula. Además, no son, probablemente, los que menos disfrutarán del goce del orgasmo en las etapas finales de la serie. La intensidad emocional de su relación personal asegurará que lo consigan reiteradamente, sin tener que apelar a las contorsiones, más propias de atletas de lucha libre, consignadas en los manuales sexuales modernos" (Desmond Morris). El acto de enamorarse se parece, en términos de comportamiento, a un retorno a la infancia. Con frecuencia, incluso las frases empleadas por los amantes se vuelven aniñadas, como una especie de balbuceo infantil. Una ola de seguridad compartida envuelve a la joven pareja. La maternidad, no lo olvidemos, es el núcleo instintivo del sentimiento amoroso. El filósofo español José Gaos desarrolló una rica fenomenología de la caricia como expresión en el amor sexual de algo espiritual y específicamente humano. Se acaricia para calmar, consolar, implorar, expresar y provocar recíprocamente amor. La caricia propia y plena es así un verdadero con-sentimiento, una literal sim-patía. El amor expresado por la caricia, el amor adaptado a la carne de los seres humanos, es el cariño, o sea, la ternura. En la caricia, el espíritu tira del tacto (sentido de la proximidad, como el olfato y el gusto) separándolo de sus objetos. Por eso, en toda caricia hay algo de pudor, de vacilación y oscilación, de temor y temblor, y por ambas partes, la del acariciador y la del acariciado. Mediante la caricia, es el espíritu el que acoge con la mano, creando un ámbito, un recinto de intimidad. La suavidad de la caricia responde a una indisimulable e inequívoca renuncia a la posesión, a la unión carnal e incluso hasta a la identificación psíquica. "Espíritus en sí incomunicables puestos en comunicación por la carne: es la estructura que expresarían la caricia, el cariño... si por otras vías no supiésemos de la existencia del espíritu, la caricia bastaría para revelarla y probarla" (5).
Prosaísmo sexual y lirismo amoroso
En su libro La educación sentimental, el filósofo Julián Marías contrapone el prosaísmo sexual de nuestra época con el lirismo sexuado de los grandes momentos eróticos del pasado, las épocas en que triunfó la cortesía y el romanticismo, los tiempos en que la imaginación adornó el deseo con sus chorreras y guirnaldas celestiales... o abisales. El filósofo afirma que la sexualización extrema de las relaciones humanas redunda en perjuicio de la propia sexualidad, porque la vuelven aburrida o violenta. Cultivamos las sensaciones en lugar de los sentimientos, y el resultado es la desesperación del libertino. Es verdad que durante siglos nuestra cultura transmitió una idea perversa y sucia del sexo, de la que hicimos bien en desembarazarnos. Durante el siglo XX se produjo un arrollador movimiento de liberación sexual. Pero la libertad sexual no ha resultado tan gloriosa como parecía. Las patologías de la libertad han sustituido a las patologías del antiguo autoritarismo. El "angelismo del deseo", la idea de que todo lo que se refiere al sexo es maravilloso, ha resultado tan equivocada como la satanización de todo deseo libidinoso. El cinismo es a menudo el destino de los románticos traicionados. Un sesenta por ciento de las parejas fracasa en EEUU, más de un cuarenta por ciento en Europa. Los impulsos eróticos no sólo crean matrimonios felices, sino víctimas y opresores. La intimidad moderna se ha contaminado en exceso de una preocupación por el poder, se ha convertido en política, en guerra entre los sexos, incluso en "terrorismo íntimo" (6), el de dos personas preocupadas por atacar la autonomía o la seguridad de la otra, lo que da pie a que surja en cada una la angustia de opresión o de abandono, el miedo que uno tiene de ser tragado o dominado. La erosión de la erótica moderna coincide con el fin de un orden moral basado en la confianza de que las personas están en contacto las unas con las otras por algún motivo distinto del interés, la codicia o el poder.
Narcisismo y crisis de las relaciones personales
Una importante causa de la creciente dificultad de las relaciones personales, y no sólo en el plano sexual, es el triunfo de la personalidad narcisista, una forma de individualismo paradójico y desgraciado, estimulado por la publicidad y la propaganda. El rasgo fundamental de la personalidad narcisista es precisamente la imposibildad de centrar su deseo: una "difusa incapacidad de sentir o de fijar los propios sentimientos de una manera durable en objetos externos... El sujeto narcisista carece de entusiasmo y no centra su deseo: va de un objeto a otro (especialmente de una 'relación' a otra) sin entregarse a ninguno" (7). Se cree víctima de unas circunstancias que no acierta a explicar. La ironía y el cinismo son sus actitudes más frecuentes frente a los otros, a los que siente como amenazas de su paz interior o de su deseo de probarlo todo. Se victimiza a sí mismo mientras instrumentaliza a los demás sólo para probarse su propia valía. El sujeto narcisista plantea las relaciones personales siempre en términos de poder. La cultura narcisista, superficial y volcada hacia la satisfacción en el presente (como la vida de la Cigarra de la fábula), no guarda nada para el futuro, no conserva ningún secreto en el corazón ni reserva ningún misterio para la intimidad, no toma nada en serio y se entrega a una búsqueda incesante de placer. Vivimos en una "sociedad humorística" en la que el desapego está de moda y la sentimentalidad se ha convertido en algo embarazoso. Se valora la independencia por encima de todo y no se estila ningún tipo de compromiso o entrega. Los amantes "comparten experiencias", sólo eso, hasta que éstas exigen un cierto grado de esfuerzo, renuncia o compromiso con el futuro, entonces, el sujeto narcisista se desentiende del resultado que sus acciones puedan tener sobre los demás, a los que ya no ve como prójimos (en sentido cristiano y en el etimológico de proximidad). Gracias a la variedad y eficacia de los métodos anticonceptivos la sexualidad se habría convertido en algo del todo banal, un objeto más de consumo masivo, si no fuese porque el azote del sida ha vuelto a poner de manifiesto que el sexo no es sólo una fuente de placer, sino un temible riesgo que nos acecha con sombrías consecuencias. Por otro lado, los impulsos malignos que la religión y la moral tradicional intentaban mantener a raya se han soltado de sus cadenas: violación, incesto, maltrato, pedofilia, obscenidad y perversión, simuladas o reales, en la tele, en los escenarios o en las alcobas. El morbo, o sea, la sexualidad enfermiza, está de moda. Películas de éxito (como las de Almodovar) tienen por tema central o secundario algunas de estas relaciones extravagantes e inarmónicas (sadomasoquismo, necrofilia...). Como decían los antiguos, el aburrimiento es el padre de todos los vicios, y la misma pornografía acaba siendo aburrida en una sociedad desangelada. Stanislaw Lem refiere a esto en uno de sus prólogos imaginarios (8): "La pornografía no es directamente lasciva: excita tan sólo mientras en el espectador perdura todavía la lucha de la libido con el ángel de la cultura. Cuando a este ángel se lo llevan los demonios, cuando a causa de la tolerancia general se manifiesta la debilidad de la prohibición sexual y su total ineficacia, cuando los tabúes se van al cubo de la basura, con qué rapidez muestra entonces la pornografía su carácter inocente o vano (...). Promete un paraíso de la carne, anuncia lo que en realidad no se cumple. Es un fruto prohibido: la fuerza de su tentación es igual a la fuerza de la prohibición". En una sociedad postcristiana, hedonista, la libido ya no se dirige hacia el Pecado y la Caída, sino hacia un tonto y lamentable hastío, hacia un infantilismo obtuso, amargo y autodestructivo. La gran revolución que ha supuesto el cambio o ampliación de roles de la mujer en la sociedad contemporánea ha venido a enriquecer, pero también a complicar aún más la vida íntima con una perplejidad cohibida ante los roles sexuales y una lucha por el dominio gramatical (lucha de "género"). Nos debatimos problemáticamente entre nuestra acuciante necesidad de intimidad y entrega y nuestra celosa reivindicación de libertad y autonomía. La vida en pareja se sobrecarga con unas exigencias que no puede satisfacer. Se espera de ella nada menos que una salvación de la historia social contemporánea: una sobresaliente compensación ante la soledad y la tensión de vivir en una sociedad deshumanizada, competitiva, abrumadora. El amor en el matrimonio se convierte en un modo de salvación, casi un sustituto de la religión tradicional, pero ninguna relación puede arrastrar una carga tan pesada. Si se supone que la intimidad sexual tiene que ser una incesante maravilla entre cuerpos perfectos, y las partes se muestran incapaces de concederse el privilegio de la duda u ofrecerse colaboración y ternura, pues no están dispuestas a "poner nada de su parte", la estrategia terrorista sustituye a la espontaneidad, y el matrimonio o la "pareja de hecho" (o "de circunstancias") tarde o temprano fracasa. La independencia, en su reinvidicación extrema, conduce directamente a la onanización o a la soledad.
La segunda revolución
En su obra El rompecabezas de la sexualidad (2002), José Antonio Marina distingue entre el sexo, es decir, el equivalente a relaciones sexuales (vulgo: "joder", "follar", "echar un polvo"), y la sexualidad: "El complejo mundo simbólico, afectivo, psicológico, económico, político, jurídico, construido sobre el hecho biológico del sexo". El sexo tal vez no alcance más valor que el de ofrecernos un espasmo liberatorio (orgasmo); sin embargo, no cabe duda que la sexualidad tiene una importancia capital, pues en ella estamos, nos movemos y somos. La sexualidad es un terreno de trascendental importancia práctica y teórica. Desde un punto de vista práctico, porque de ella depende nuestra felicidad o desdicha; desde un punto de vista teórico, porque nos permite estudiar el proceso de transfiguración de estructuras animales en estructuras humanas. Podemos caer del lado de una animalidad sofisticada o del lado de un espiritualismo sospechoso, así que vivimos sexualmente en el filo de la navaja. Necesitamos una segunda liberación sexual, que libere la sexualidad de su trivialización. Lo que debemos hacer es descubrir la complejidad del amor. Hemos jaleado tanto la individualidad, el desarrollo personal y la autosuficiencia, que hemos perdido el talento para relacionarnos afectivamente con otras personas. En los países desarrollados cada vez hay más gente que vive sola. Falla el proyecto de convivencia sexual y amorosa. Se extiende el prejuicio de que el ser humano no es muy interesante, que vale más tumbado que erguido, y la comunicación se vuelve entonces grosera.
Homosexualidad
Lo que venimos diciendo vale tanto para las parejas heterosexuales como para las parejas homosexuales. Si bien la presión social hace más difícil la formación en este último caso de parejas estables. En España, los sociólogos calculan unos dos millones de homosexuales mayores de 14 años. Según las estadísticas más fiables el homosexual se muestra en general más precoz y promiscuo que el heterosexual en sus relaciones íntimas. La homosexualidad representa el divorcio máximo entre sexualidad y genitalidad, puesto que aquí el acto carnal puede alcanzar la cima de la sensualidad sin la menor posibilidad de reproducción. La femineidad es constitutiva en nuestra especie como en la mayoría, mientras que la masculinidad es inducida por el famoso cromosoma Y. Se especula si tal cromosoma es un cromosoma "degenerado" (cojo) o una "maravilla evolutiva" (capaz de autocorregir mutaciones degenerativas). Lo cierto es que todos nosotros pasamos por un estado fisiológico bisexuado, pero el homosexual siente un irrefrenable atractivo físico por los individuos del mismo sexo fisiológico. La homosexualidad no es un invento humano ni mucho menos una perversión específica o cultural. Existe en la naturaleza, tanto entre un macho que trata de cubrir a otro del mismo sexo, que adopta la actitud femenina, como entre dos hembras. Podemos observarla entre los machos solteros de una banda de babuinos que no tienen acceso a las hembras, o entre pájaros (helpers) que ayudan a la pareja a alimentar a las crías pero no participan en la reproducción. Jacques Ruffié, destacado científico y humanista, distingue entre una homosexualidad constitucional, que existe desde el nacimiento y cuyo origen aún resulta borroso: "se nace homosexual como se nace zurdo"; y una homosexualidad adquirida, y que resulta fácil observar en las colectividades cerradas del mismo sexo. Griegos y romanos toleraron, e incluso sublimaron la homosexualidad. Se puede decir que hasta Plutarco (45-120), el erotismo filosófico refiere fundamentalmente al amor homosexual o a una búsqueda exclusivamente masculina. La homosexualidad fue condenada por la Biblia y por el cristianismo. En Europa, los homosexuales fueron enviados a la hoguera hasta el siglo XVIII. El código de Napoleón se mostró más tolerante. Pero tanto en la Rusia de Stalin como en la Alemania de Hitler, la homosexualidad fue considerada un "crimen social" (9). En la actualidad y bajo la presión de los movimientos de gays y de lesbianas, en muchos países se reconocen las parejas homosexuales; en Holanda es posible una especie de "matrimonio" o contrato de convivencia entre sujetos de igual sexo, como acto jurídico del que se siguen obligaciones y derechos. Pero aún es muy discutido, por particulares, psicólogos y sociólogos, la conveniencia de que tales parejas puedan adoptar hijos como las parejas heterosexuales. El homosexual verdadero (al que no cabe confundir con el hermafrodita o el transexual) está equipado con el cromosoma Y y tiene todos los caracteres sexuales secundarios del macho: musculatura, pilosidad, voz, hábitos, por lo que se piensa que la diferencia es psicológica y no física. Para Freud, la homosexualidad se debía a un excesivo apego mental a la figura de la madre (a la no superación del "complejo de Edipo"). Después de la pubertad, la mayoría de los varones atienden a un modelo masculinizante, en función del cual desarrollan sus impulsos sexuales, pero algunos, en lugar de renunciar a la madre, se identifican todavía más con ella. Esa transferencia puede ser parcial y la homosexualidad puede darse como una tendencia latente y con frecuencia inconsciente. Homosexuales indiscutibles se hallan casados y tienen hijos. Bajo el efecto de su educación o de presiones sociales, el homosexual puede culpabilizarse por sus inclinaciones, intentar sofocarlas, o ceder a ellas tras una larga y dolorosa lucha. Esta situación puede provocar profundas depresiones e incluso desembocar en una tentativa de suicidio. En otros casos, el sujeto asume su homosexualidad e incluso se entrega con gusto al proselitismo. Cuando forman parejas estables, los homosexuales tienden a reproducir los roles masculino y femenino, asignándolos fijos o con una inversión periódica de papeles. La homosexualidad femenina ha sido mejor tolerada en nuestras sociedades patriarcales. Se puede decir que no ha sido perseguida o ridiculizada porque ha sido, simplemente, ignorada. Es posible que la misma vanidad del sujeto masculino dominante, que incluso la ha hecho objeto de su curiosidad, utilizándola como estímulo erótico (sobre todo simulada por mujeres que no tienen nada de homosexuales), la soslayara como algo incomprensible. Su origen es tan desconocido y misterioso como el de la homosexualidad masculina. En la actualidad (al menos oficialmente), las sociedades desarrolladas no consideran la homosexualidad ni como una enfermedad ni como una perversión moral, ni al homosexual le consideran culpable, anormal o desviado, sino "diferente" y con derecho a conservar y proclamar su diferencia. Pero una cosa es lo políticamente correcto, lo que decimos creer y pensar, y otra bien distinta el modo real de comportamiento de la gente, sus actitudes manifiestas. Desde este segundo punto de vista resultaría ingenuo decir que la mayoría acepta la homosexualidad con normalidad. El cotidiano mundo de los chistes delata lo crueles que podemos ser con "los diferentes". Además resulta fácil confundir la aceptación de la homosexualidad con su exhibición e instrumentalización espectacular y mediática. A menudo, los homosexuales, tanto hombres como mujeres, han manifestado un sincero y notable interés por las artes, ligado a una sensibilidad hipertrofiada y a la sublimación artística u ocultación simbólica de sus pulsiones. Grandes artistas de todas las edades han sido homosexuales. A veces su creación es la "feliz" expresión de su sufrimiento.
El papel de la mujer y la educación sentimental
En las últimas décadas y en los países desarrollados, la mujer ha ganado autonomía, gracias a la posibilidad de controlar su fertilidad y a su acceso al mundo profesional. Se han superado viejos tabúes y prejuicios. La mujer desea mantener una relación simétrica, lo que ha hecho quebrar la antigua estructura familiar. La estabilidad de dicha estructura (patriarcal) era falsa y se basaba en la dependencia de la mujer, su sumisión al varón, y su sacrificio a las "tareas del hogar" y la crianza de los hijos. Las mujeres se han mostrado históricamente como eficaces educadoras de los hombres y han tenido una mayor creatividad afectiva, exigiendo un mayor compromiso emocional del marido. La mujer posee un tempo de excitación sexual más lento que el varón, lo que ha provocado muchas insatisfacciones sexuales femeninas. Según un estudio sexológico reciente, durante un coito vaginal el 75% de los varones sólo aguantan un máximo de dos minutos sin eyacular. Por ello, la mujer ha presionado históricamente para alargar la relación sexual, haciéndola más pausada y erótica. Imponiéndole para ello al varón un control imaginativo de su necesidad de evacuación seminal (particularmente violenta y compulsiva en la juventud). El erotismo, la sentimentalización del sexo -sostiene Marina- es una creación femenina: "El amor sexual es una creación casi milagrosa. Consiste en mezclar el placer físico, que es egocéntrico, con el amor a otra persona, que es desprendido. Amo a una persona cuando su felicidad forma parte de mi felicidad". La urgencia de la educación sexual, a fin de evitar embarazos indeseados o enfermedades venéreas, no debe hacernos olvidar el superior valor ético de la educación sentimental, tanto personal como social, particularmente en una cultura hedonista como la nuestra, que fomenta más la excitación y la búsqueda apresurada de placer que la intensidad del afecto y la alegría de compartir proyectos de convivencia. La prisa mata la ternura. Los proyectos creadores no se realizan por casualidad, no dependen sólo de la suerte. La felicidad no es un estado, sino una actividad (Aristóteles), y el verdadero amor debe ser diligente y no perezoso. Un amor perezoso, como un amor mudo, son sólo un simulacro de amor. Buscamos el bienestar físico y afectivo y la ampliación de nuestras posibilidades (queremos conocer más, inventar, construir, sentirnos creadores, eficientes y necesarios). Si la convivencia amorosa quiere mantenerse viva -concluye Marina- debe satisfacer esas dos grandes motivaciones. La convivencia sexual es similar a una conversación. Es libre, estimulante, imprevisible e interminable y depende, sobre todo, del talento de los interlocutores (10).
José Biedma López
Notas
1 Jacques Ruffié. El sexo y la muerte, Espasa Calpe, 1988. |
FIBVLAE (lat.: broche, vínculo, enlace) Otros artículos del autor: Vinculo 1 Lovaina Vinculo 2 Soledades
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