MI QUERIDA PETRA


El sol caía implacable sobre el desierto del Sinaí mientras nos dirigíamos en autobús a Nueiwa, en la costa norte del Golfo de Aqaba. Desde allí cogeríamos un barco que, atravesando el brazo de lo que es el Mar Rojo de sur a norte, nos llevaría a Aqaba, ya en Jordania y única salida hacia el mar del reino Hachemí.

El autobús, gracias a Dios, tenía aire acondicionado, pues la temperatura en el mes de julio en aquel trozo de desierto Egipcio y a las tres de la tarde, bien podría ser de cincuenta grados. Recostada en la ventanilla del autobús, estaba absorta en la contemplación de aquel paisaje árido en el que sólo se veía arena, piedras y..., nada más, y sin embargo, no hacía falta absolutamente nada más para que aquello fuera tan hermoso.

Al llegar a nuestro Hotel en Nueiwa, un pueblo del desierto en la costa del Mar Rojo, me quedé boquiabierta pensando en lo que puede hacer el hombre para desfigurar la naturaleza.

Aquel lugar pertenece al desierto, pero el hombre se ha empeñado en hacerlo atractivo para el turismo de playa de una manera totalmente artificial, y me encontré en un lugar pleno de vegetación, principalmente arriates de hermosas petunias de mil colores, regadas por el sistema de goteo, haciendo que todo aquello pareciera completamente irreal. En aquel momento pensé:

-¡Por Dios! ¡Petunias en el desierto...!

Pero si aquello estaba en total desarmonía con el entorno árido y seco propio de un desierto, el del Sinaí, otra maravilla de la naturaleza se nos ofrecía en su estado puro, o casi: el Mar Rojo.

Geográficamente, el Mar Rojo es un trozo del Océano Indico limitado al Oriente por Arabia y al Poniente por Africa. La parte más ancha mide 330 Km y la más profunda llega a los 2.000 metros.

No sé por qué, pero me parecía que bañarme en aquel Mar de tanta historia y leyenda, me iba a resultar una experiencia muy gratificante, y desde luego que no me defraudó.

En la orilla, a escasos pies del agua, contemplaba aquella masa de agua y me deleitaba en aquel momento que para mí era mágico.

La primera impresión es que no te impresiona... La temperatura de sus aguas es tan cálida y agradable que no te da la sensación de estar entrando en un refrigerador enorme como ocurre en otros mares. La temperatura es tan cálida porque sus aguas no reciben la desembocadura de ningún río importante que pueda enfriarlas.

A través de mis gafas de buceo y a poca profundidad, admiraba entre sus aguas cristalinas, miles de peces de todos los tamaños y colores entre los fondos rocosos y los pequeños arrecifes de coral. Los peces se mostraban tan amistosos como si nosotros fuéramos uno más de ellos, sólo que más grandes y torpes. Recuerdo aquellos momentos con especial emoción, pues tuve una sensación de felicidad plena que me gusta evocar de vez en cuando.

Al día siguiente nos dirigimos al puerto de Nueiwa para tomar el barco que nos llevaría hasta Aqaba. Todos entrábamos por el mismo sitio: pasajeros, coches y camiones, teniendo cuidado para no ser atropellados por los vehículos, que haciendo un ruido de mil demonios con las marchas cortas, entraban en las rampas del barco sin miramientos de ninguna clase. Una vez dentro y a salvo de aquellos peligros, nos retuvieron los pasaportes hasta llegar a Jordania. Tuvimos una extraña sensación cuando aquel funcionario recogió nuestro pasaportes sin dar ninguna explicación, y la verdad es que ni siquiera se nos ocurrió pedirlas. Si aquello era la costumbre, ¡qué podíamos hacer nosotros contra la voluntad de Alá!....

La travesía, de unas tres horas y media de duración, se nos hizo corta mientras navegábamos a través de aquella franja estrecha de Mar, de aguas cristalinas y rodeados de países como si aquello fuera atravesar un polvorín: Arabia Saudí, Jordania, Israel y Egipto.

El contraste entre la mierda que había en el barco y la majestuosidad de las montañas peladas de Arabia y del azul intenso del Mar, era un encanto. Pero es que aquello es así, es la tierra de los contrastes, del horror y de la belleza máxima, y entre aquella divergencia, llegamos a la única salida de Jordania al Mar: Aqaba.

No sé el tiempo que tuvimos que estar esperando en el control de pasaportes, pero sí que estábamos ya al borde de la desesperación, allí tirados sin saber nada de nuestro enlace Jordano, mientras la sala de espera se iba quedando vacía de viajeros. Por fin, cuando llegó, disculpándose por la demora, lo primero que hizo fue repartir los pasaportes, y entonces, la tranquilidad volvió a nosotros al sentir nuestra Nacionalidad en la mano....

Aqaba es una ciudad de un gran desarrollo económico por su naturaleza de puerto y como destino turístico principalmente de buceadores provenientes de todos los lugares del mundo. Pero lo que más me llamó la atención, fue la diferencia con las ciudades que habíamos visto en Egipto. Da un sensación de orden y desarrollo que no se tiene en el país de los Faraones, claro, que Aqaba tampoco sirve como botón de muestra del resto de ciudades Jordanas, pero allí, por lo menos, respetan los semáforos....

Nada más llegar, pusimos rumbo hacia Petra, a unos 160 Km, por una carretera infernal en obras, que estaba atiborrada de camiones en ambas direcciones y es que por allí pasan una media de 4.000 camiones al día que se dirigen al puerto a cargar o recoger mercancías. Estaba anocheciendo y a través de la oscuridad que se iba apoderando de la luz del sol, parecían verse largos ríos bajando desde la cima de las montañas hasta el borde mismo de la carretera, una ilusión, porque si necesita algo aquella tierra desierta, es agua. Aquellos falsos ríos, eran una ilusión óptica que provenía de las vetas de basalto y de granito de las montañas, mezcladas con las luces de los cientos de vehículos que transitaban por allí. La verdad es que casi me alegré de que fuera de noche, por que si hay algo en lo que no se diferencian Egipcios y Jordanos, es en la manera loca de conducir. Cerré los ojos deseando llegar y me encomendé a todos los Santos, con el permiso de Alá....

El día siguiente amaneció inundado de un sol brillante en un cielo totalmente despejado que parecía decirnos: "vamos, id y contemplad una maravilla que jamás olvidaréis".

Nuestro guía, Am-di, Palestino originario de Hebrón, nos esperaba después del desayuno vestido con un conjunto caqui de pantalón lleno de bolsillos, botas de montaña y un chaleco al mas puro estilo cazador. Su español no era muy bueno, por no decir que apenas inteligible y, la verdad, a mí me daba la impresión de que era un "pijo del desierto"....

Al salir del Hotel, nos encontramos con una aldea, Wadi Musa o el Valle de Moisés, que se ha convertido en una ciudad llena de tiendas de souvenirs, bancos y hoteles, en la que se hace patente el desarrollo económico acelerado a raíz de la abundancia masiva de turistas a Petra.

Estábamos a un paso de la entrada a la ciudad de piedra y justo antes a la puerta, una enorme foto del monarca recientemente fallecido, nos daba la bienvenida: Hussein, un monarca muy querido por su pueblo perteneciente a la dinastía Hachemí, que desciende directamente de Mahoma.

Otro recorrido de un kilómetro más o menos, nos separaba del Siq, a través de un camino polvoriento y pedregoso, en el que se apostaban hombres con caballos, burros o coches de caballos, ofreciéndose a llevarnos por una módica cantidad. Nosotros no quisimos, así que enfilamos el camino en dirección a la "Grieta", con ilusión y ganas de llegar.

Por fin llegamos al principio del Siq, un enorme pasillo de un kilómetro aproximadamente de longitud, que se abre camino entre dos enormes masas rocosas como si fuera una alfombra extendida a través de paredes de suaves tonos pasteles para conducirnos a Petra.

A pesar del calor que comenzaba a apretar a cada minuto con más intensidad, al adentrarnos entre aquellas dos enormes paredes, sentimos un alivio instantáneo, pues el ambiente era fresco y podíamos respirar sin el sofoco del calor asfixiante que más tarde nos encontraríamos. Pero lo más encantador de aquel paseo, fue sin duda el poder contemplar el más bello colorido natural que jamás hubiera visto. El color es el producto de la oxidación de los minerales que componen la piedra, como el azufre y el hierro, y parecen trazados a conciencia por una mano experta guiada por un espíritu artístico.

Predominaban los colores suaves, entre rosados, azules pálidos y amarillos, y según se reflejara en ellos el sol, cambiaban las tonalidades mágicamente. Durante todo el recorrido, quedan vestigios de canalizaciones y aljibes para el agua que los antiguos habitantes de éstas tierras, los Nabateos, construyeron de un modo inteligente para aprovechar al máximo el agua procedente de las escasas lluvias que caen por aquí. También quedan restos de hornacinas en las que depositaban imágenes de sus Dioses venerados.

Es tan agradable el paseo que no quería llegar nunca y así, poder disfrutar de aquel camino maravilloso que serpentea entre la majestuosidad de las montañas que a cada paso cambian de color, y es que parecen un mar de olas tranquilas que se mueven mansamente entre suaves tonalidades al ritmo de nuestros pasos.

A pocos metros de la entrada a la Ciudad Perdida, nuestro guía, con gesto aprendido, nos dijo que, en aquel momento previo a la entrada a Petra, camináramos lentamente y con la cabeza agachada hasta que él lo dijera. Reconozco que aquel truco de guía turístico hizo su efecto, pues sentí una especie de nerviosismo tal, que no pude aguantar hasta su señal y levanté un poco la mirada: un enorme trozo de puerta rocosa, delataba lo que nos íbamos ha encontrar.

"El Tesoro", un reducto funerario, es un perfecto pórtico jalonado por cuatro enormes columnas, que esculpido en la enorme montaña de una tonalidad rosácea avainillada a aquella hora del día, nos daba la bienvenida a Petra. Arriba, enmarcado por un friso triangular, un trozo de roca en forma de vasija tapada, deja volar a las imaginaciones más codiciosas, haciendo creer que allí se guarda algo valioso, de ahí el nombre de Tesoro. A tanto llegó la codicia del hombre, que los ingleses, en la época colonial, dejaron impresas las huellas de sus balas en aquella obra de arte, en un intento loco de descubrir un botín con el que enriquecerse. Dentro del Tesoro, hay un pequeño espacio que alberga tres tumbas vacías y nos siguen asombrando la variedad de colores de techos y paredes.

Petra es enorme y en un solo día, aunque bien aprovechado, es imposible disfrutar de todo el conjunto.

Conforme nos íbamos adentrando en la ciudad, bajo un calor traidor, íbamos descubriendo una ciudad de piedra llena de cuevas, tumbas y monumentos. Podía imaginarme el esplendor de aquel lugar en la época de sus primeros habitantes y a pesar de los años transcurridos, y de la acción despiadada del tiempo, aún hoy conserva un aire de grandiosidad que te hace sentirte una privilegiada al poder contemplarlo.

A cada pocos metros, los beduinos, resguardados del sol bajo unos toldos agujereados, exhibían sus chucherías a los turistas sin grandes aspavientos y sin posibilidad de mucho regateo, sólo bajaban un dólar sus mercancías, cosa que agradecí en el alma después de venir de Egipto, donde se regatean hasta los "buenos días"....

Sin lugar a dudas, los más cansinos de aquel lugar eran los que nos ofrecían un paseo en camello o en burro, y que nos perseguían sin tregua con la misma cantinela monótona en la boca, y de ellos, los de los burros se llevaban la palma... Nos siguieron hasta el pie mismo de una enorme escalinata construida en la montaña aprovechando desniveles y bajadas y que nos conduciría a otro lugar maravilloso: el Monasterio.

Desde donde partimos, no se podía apreciar el esfuerzo que íbamos a necesitar hacer para llegar hasta allí, y a todo esto, los de los borriquillos, apenas unos niños, detrás de nosotros ofreciéndose para subirnos y nosotros venga a decir que no ya al límite de nuestra paciencia.

Apenas llevábamos veinte minutos de ascensión, cuando empezamos a envidiar a los que subían en los borriquillos, pero recuerdo el miedo que me daba verlos con su pequeño tamaño cargando a pesados turistas, escurriéndose con sus pezuñas en los escalones de piedra y haciendo peligrar la integridad de aquellos inconscientes...

Fue una ascensión realmente dura bajo aquel sol abrasador, haciendo un sobreesfuerzo con todos nuestros músculos en tensión y sin parar de beber agua para no deshidratarnos. No hablábamos los unos con los otros, sólo nos concentrábamos en subir y subir y en llegar por fin y descansar de aquel suplicio.

Al final, cuando las piernas ya no respondían a las órdenes de mi también agotado cerebro, llegamos a la cima y apareció ante nuestros ojos otra enorme puerta esculpida en la roca: El Monasterio y me pregunté qué clase de esfuerzo tan descomunal tendrían que haber hecho aquellas gentes, para subir hasta allí con los útiles para tallar aquella montaña.

Pero a parte de la espectacularidad y majestuosidad de aquella nueva obra de arte, hicimos un pequeño esfuerzo más para acceder, ya rendidos, al borde mismo de la montaña y asomarnos a contemplar..., la inmensidad.

Todos nuestros sentidos podían percibir aquella sensación tan agradable de paz y plenitud y es que se podía incluso escuchar el sonido del silencio, y eso... bien valió el esfuerzo que habíamos hecho.

Desde allí, se podía ver Israel, y a la izquierda de donde nos encontrábamos sentados, en el pico de otra montaña en la lejanía, un lugar sagrado para los judíos: el lugar donde, según dicen, se encuentra enterrado el hermano de Moisés, Aarón. Un templete señala el lugar exacto.

La bajada desde aquellas alturas fue casi más dura que la ascensión, pues en la mayor parte de los escalones había una fina capa de arena del desierto, que te hacía resbalar constantemente con el peligro de aterrizar en quién sabe dónde y no se sabe cómo.

Caminábamos de vuelta hacia el Siq ya exhaustos, nos dolía todo el cuerpo y el calor seguía acompañándonos sin tregua durante todo el camino. Quería grabar en mi memoria cada detalle de lo que iba viendo, y aprovechar el camino de regreso para visitar algunas tumbas más.

Cuando llegamos a la entrada de nuevo, al Tesoro, fue increíble comprobar cómo había cambiado de color. El sol estaba empezando a caer, y los últimos rayos le habían dado una maravillosa coloración rosa.

Después, me despedí de Petra volviendo a cada paso la cabeza hacia el Tesoro, a medida que nos adentrábamos en el Siq, hasta que las paredes de las montañas, me ocultaron aquella vista extraordinaria.

-"Hasta siempre Petra"-. Me dije en voz baja, y emprendí el camino de regreso cabizbaja.

¿Qué nos da el viajar que nos hace tan felices?

Quizás sea que nos enriquece tanto interiormente, que volvemos a nuestros lugares de origen un poco mas libres...


Lourdes López-Pacios Navío
junio 2001
jbradley@eresmas.com

 

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