Lutero,
historia de una insolencia

Ft.Almudena


Puede parecer que no son tiempos para los grandes debates teológicos, ni para revisitar las controversias religiosas que agitaron Europa en el siglo XVI pero como señala el profesor Antonio Elorza  hoy somos muy conscientes de “la interactividad, tantas veces ignorada, entre las formas religiosas y su contexto” (EL PAIS.- 21.12.05. Los rostros de la religión ) por lo que  no se nos puede escapar que nuestras viejas disputas teológicasco-dicenconflictos filosóficos, políticos e ideológicos de  primera magnitud de cuya resolución más o menos definitiva son herederas nuestras sociedades modernas.

Esta convicción ya fue expuesta sociológicamente por Max Weber en su obra El protestantismo y los orígenes del capitalismo.

Todavía hoy muchas de las cuestiones problemáticas de nuestra agenda se presentan también, so capa de conflictos teológicos, a saber: terrorismo islamista, choque de civilizaciones, matrimonio homosexual,  construcción europea, la Ley Orgánica de Educación etc.
Si queremos entender Europa y el Mundo no podremos hacerlo sin entender el papel que han jugado en su conformación actual las grandes controversias que han jalonado  la evolución de las ideas, sabiendo además que hasta el siglo XVIII por lo menos, ideas significaba siempre y sobre todo ideas religiosas.
La película sobre Lutero que se exhibe ahora mismo (XII-2005) en nuestras pantallas es una referencia obligada, para que nosotros, educados en una sociedad que durante años se declaró legalmente católica,  muchos además formados a la imponente sombra de Ignacio de Loyola, podamos comprender el papel revolucionario que más allá de su propia voluntad jugó el Reformador.
Cuando en abril de 1521, el  monje Martin Lutero declaró en la Dieta de Worms estoy sometido a mi conciencia y ligado a la palabra de Dios.

Por eso no puedo ni quiero retractarme de nada, porque hacer algo en contra de la conciencia no es seguro ni saludable”  estaba reivindicando el estatuto de su propia conciencia sobre la autoridad de Papas, Emperadores y Concilios.

No sólo estaba poniendo en marcha la Reforma de la Cristiandad, provocando un  gran movimiento religioso y espiritual, sino que también estaba levantando acta de la aparición del Sujeto.

Un oscuro monje cometía la insolencia inconcebible de establecer como juez soberano de la verdad religiosa a su propia conciencia -no al Papa, ni a los Concilios, ni al Emperador- remitiéndose al fuero de su intimidad para interpretar la palabra de Dios, relativizando así el valor de cualquier mediación institucional y jerárquica entre el individuo y el Logos.
Lutero fue un insolente en el sentido estricto del término, por cuanto contradijo de frente y con publicidad la solencia hasta entonces vigente, la conducta que se esperaba de él, la que solía mantenerse en esos casos, la que todos o casi todos consideraban de sentido común en ese trance: depositar su juicio en el juicio ajeno de la Comunidad y sus representantes.

Como más adelante diría Kant, piadoso luterano, dejarse guiar no por su propio entendimiento sino por el entendimiento de quienes ejercían de guías oficiales, según el consabido dicho Doctores tiene la Santa Madre Iglesia.

El Papado no supo ver en aquella gesta sino un acto de soberbia y no el alumbramiento de una nueva forma de conciencia.
El ejemplo de Lutero fue ruidoso porque fue seguido de un movimiento político- religioso de ruptura del marco de referencia unitario, hegemonizado hasta entonces por la Iglesia Católico-Romana.
Tal ejemplo no podía quedar encerrado en el ámbito exclusivo de lo eclesiástico.

La reivindicación del tribunal del propio entendimiento tenía que trascender tarde o temprano al ámbito de la Ciudad y del Mundo.

Cuando Descartes proclama el Cogito como fundamento de todo conocimiento, ese principio se constituye en piedra sillar de toda  la Modernidad . Después de Lutero vendrían Locke,  Voltaire, Kant.

El Sujeto se insolentó también con el Soberano, con la Ley, y proclamó sus derechos inalienables.
Martín Lutero, nacido en el seno de una  familia de agricultores, en la localidad sajona de Eisleben el 10 de noviembre de 1483, se hizo monje y luego sacerdote agustino, en 1509 obtuvo el bachillerato en Teología en Wittenberg e inició su magisterio en la recién creada Universidad de Wittenberg, como teólogo se levantó indignado contra  los abusos sobre los que se sostenía el sistema de recaudación romano de las indulgencias, y publicó 95 proposiciones acerca de la doctrina de las indulgencias, desafiando a  la autoridad eclesiástica que comerciaba con las cosas del espíritu. Negó fundamento evangélico a  la obligación del celibato sacerdotal, a las misas de difuntos y a la  legislación eclesiástica. Negó la transubstanciación eucarística declarando que el sacramento es  un fenómeno espiritual y no substancial, negando también que  la misa  fuera un sacrificio que se añadiera al sacrificio de la cruz. Rechazó los sacramentos que no tuvieran fundamento en las Escrituras, aceptando el bautismo y la  eucaristía,  pidió el matrimonio de los sacerdotes y el establecimiento del divorcio. Luchó en contra del culto  idolátrico de la Virgen y los santos, e  introdujo el uso de la lengua popular en el culto, rechazando el  latín y traduciendo la Biblia al alemán.>br> Olvidados ya los orígenes estrictamente religiosos de la controversia Reforma-Contra-Reforma, Europa, sin embargo, sigue discutiendo, con menos violencia, pero no por ello con menor intensidad, sobre las grandes cuestiones que enfrentaron a Lutero con el Papa León X, quizá ahora presentadas con otras palabras, y bajo otras banderas, con otras terminologías, con otros dioses, con otros dogmas y otras ortodoxias.
 Sin ir más lejos, algo tan básico como el concepto de Verdad en el ámbito de los valores, es entendido de forma muy distinta entre nosotros según la tradición intelectual a la que nos adhiramos. Mientras que algunas posiciones  afirman la existencia de una verdad axiológica objetiva, la cual es conocida y definida, a través de una u otra institución dogmática, y frente a la que no cabe sino sumisión o rechazo, otras en cambio no aceptan  la idea de un dogma que se pueda formular de una vez para siempre,  y mucho menos una institución que se considere a sí misma depositaria  y administradora última de esa verdad.

Para esta tradición intelectual la aproximación a la verdad es más modesta y exige un proceso permanentemente abierto de diálogo y libre examen.

Como seres humanos y como sociedad nos proponemos unos valores, que son fruto de una combinación de conocimientos científicos previos, de paradigmas religiosos y filosóficos, experiencias históricas y biográficas acumuladas y  en última instancia de nuestra irrenunciable libertad personal. Así somos y en esas estamos.

 

Javier Otaola.
diciembre 2005

 

 

FIBVLAE  
(lat.: broche, vínculo, enlace)

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