Peter Sloterdijk; La
música de las Esferas y el olvido del ser desde todos los altavoces.

Dr. Adolfo Vásquez Rocca
Pontificia
Universidad Católica de Valparaíso - Universidad Complutense de Madrid

Resumen.
Este trabajo
se propone un análisis de las transformaciones contemporáneas de la idea de
música, así como del cruce de discursos y disciplinas que intentan dar cuenta
del alcance estético, sociológico y
terapeútico de aquellas transformaciones, las que, como se mostrará, nutren el
debate filosófico. Finalmente, a la luz
del pensamiento del filósofo alemán Peter Sloterdijk, se esbozará una lectura
del mundo como sistema polifónico de sonidos y una analogía entre la musica y
la vida humana.
Abstract
This work
sets out an analysis of the contemporary transformations of the music idea, as
well as of sociological and therapeutic the crossing of speeches and
disciplines that try to give account of the aesthetic reach, of those
transformations, those that, as it is, nourish the philosophical debate.
Finally, to the light of the thought of the German philosopher Peter
Sloterdijk, will outline a reading of the world like polyphonic system of
sounds and an analogy between the music and the human life.
Palabras claves:
Filosofía - música – metafísica – terapia – sonido –
mundo - esfera
1.-
Sobre la huida del mundo desde la perspectiva antropológica.
La música que
atesoramos, que nos habita y secuestra, provoca un ahondamiento, una
receptividad hacia emociones que de otro modo nos serían desconocidas. Los
intentos de desarrollar una psicología, una neurología y una fisiología de la
influencia de la música sobre el cuerpo y la mente se remontan a Pitágoras y la
magia terapéutica, pasando por Schopenhauer y Nietzsche, hasta llegar a
Sloterdijk, quien plantea como basamento de este interrogar, como pregunta
estrictamente filosófica, exploratoria de la experiencia musical: ¿dónde
estamos, cuando escuchamos música? A la
que podríamos añadir ¿a dónde nos dirigimos cuando escuchamos música? O, mejor aún, ¿hacia dónde somos conducidos?
La música puede invadir
y sensibilizar la psique humana ejerciendo una especie de secuestro del ánimo,
con una fuerza de penetración y éxtasis, tal vez sólo comparable a la de los
narcóticos o a la del trance referido por los chamanes, los místicos y los
santos. No es casual que la palabra alemana Stimmung signifique “humor” y
“estado de ánimo”, pero también comporte la idea de “voz” y “sintonía”. Somos “sintonizados” por la música que se
apodera de nosotros[1]. La música puede transmutarnos, puede
volvernos locos a la vez que puede curarnos. La importancia de la música en los
estados de anormalidad del ánimo es un hecho reconocido incluso en el relato
bíblico donde David toca para Saúl. Las
estructuras tonales que llamamos 'música' tienen una estrecha relación con las
formas de sentimiento humano –formas de crecimiento y atenuación, de fluidez y
ordenamiento, conflicto y resolución, rapidez, arresto, terrible excitación,
calma o lapsos de ensoñación– quizás ni
gozo ni pensar, sino el patetismo de uno u otro y ambos, la grandeza y la
brevedad y el fluir eterno de todo lo vitalmente sentido. Tal es el patrón, o 'forma lógica', de la
sensibilidad, y el patrón de la música es esa misma forma elaborada a través de
sonidos y silencios. La música es así
“una analogía tonal de la vida emotiva”[2].
La música es el arte de
la personificación, de la escenificación de las emociones. La música cumple una
función política y religiosa, incluso “sagrada”, de cohesión del cuerpo social;
la utilización de medios de amplificación del sonido se inscribe en una
estrategia de ruptura con los códigos identitarios, con la eclosión de la
heterogeneidad, con la producción de una animosidad colectiva. Los himnos han
equilibrado la nostalgia, han acallado el estupor e incluso enjugado
lágrimas, evitando la disolución de los
sujetos y contribuido a la conservación de lo humano en un solo cuerpo
tonal. Así, en las edades, en la
sucesión histórica, en el progresivo deterioro de las sociedades, en las épocas
de fatiga y devastación, en los tiempos
de asolamiento, de la caída de imperios y la irrupción de las hordas, cuando
los tiempos amenazaban hacerse demasiado sonoros, allí irrumpía el genio, el
músico que insertaba, contra el positivismo de orquesta y la obstinación de los
compositores, recogimiento, silencio y secreto. Restaurando la armonía global.
2.- El metafísico animal de la
ausencia.
El desarrollo sin
precedentes de la música occidental sólo se puede comprender desde la necesidad
de producir un sucedáneo de amplitud cultural convincente para el refugio perdido al que
Sloterdijk refiere cuando describe nuestra condición de expatriados que el drama de la vida supone, ese forzoso y continuo abandono de los
espacios íntimos en los que habitamos seguros, como nuestro impremeditado surgir y afrontar el mundo
fuera del seno materno, extrañamiento
difícilmente analizable por los restos de memoria prenatales, pero que
nos acompaña con su eco sordo. Todos hemos habitado en el seno materno un continente desaparecido, una
“íntima Atlántida” que se sumergió con el nacimiento, no en el espacio, desde
luego, sino en el tiempo, por eso se necesita una arqueología de los niveles
emocionales profundos.
A esto apunta
Sloterdijk con su Trilogía Esferas[3]
cuando comienza
convocando los sentidos, las sensaciones y el entendimiento de lo cercano;
aquello que la filosofía suele pasar por alto: el espacio vivido y vivenciado.
La experiencia del espacio siempre es la experiencia primaria del existir.
Siempre vivimos en espacios, en esferas, en atmósferas. Desde la primera esfera
en la que estamos inmersos, con “la clausura en la madre”, todos los espacios
de vida humanos no son sino reminiscencias de esa caverna original siempre
añorada de la primera esfera humana.
Sloterdijk, dota de
contenido el ser-ahí en el mundo de Heidegger. El miedo originario es
indicativo de una catástrofe de la audición;
el miedo frente a la muerte de la música congénita, el miedo al
espantoso silencio del mundo tras la separación del medio materno. Este accidente auditivo original es el fondo
sobre el que se sitúa la posibilidad de toda nueva escucha musical. Si durante las experiencias “esporádicas” de
gran miedo nos sobrecoge la presencia de la nada, su sonido está oculto y suprimido
con lo existente en general. El ser-ahí
en el mundo quiere siempre decir un ser expuesto en una esfera donde, por
primera vez, la no-música es posible.
El que ha nacido ha perdido el tono del continuum acústico profundo del
instrumento -organum- materno. El penetrante estremecimiento del miedo
proviene de la pérdida de aquella música que ya no oímos más cuando estamos en
el mundo. Una lectura atenta del
enigmático discurso de Heidegger permite ver que el miedo del que se habla no
puede ser otro que el miedo a la muerte de la música congénita, el miedo al
espantoso silencio del mundo tras la separación del medio materno. Todo lo que después haya de ser música
creada proviene de una música resucitada y reencontrada que también evidencia
el continuum hacia su destrucción.
Música reencontrada es reanudación del continuum hacia su
catástrofe. Cuando ya no son audibles
el latido cordial y el susurro visceral del instrumento musical primario, entra
en escena la urgencia del pánico de existir.
Allá en la suspensión vacía “en el mundo”, sólo se abre una vastedad
inquietantemente silenciosa donde se ha suprimido el continuum acústico de la
musica materna. El trauma acústico del
solitario ser parido lo mantiene en una situación de extrañamiento, de nostalgia
de aquel que fue su propio y primer
mundo sonoro, interior y total. Así,
con Sloterdijk, se entiende cómo es que Heidegger pudo abrigar la convicción de
que, tras los bastidores ruidosos del vivir activo, “duerme” el viejo pánico,
el miedo a un silencio terrible.
Es en este sentido que
la música nos asiste terapéuticamente, otorgándonos la posibilidad del
repliegue, nos abastece en nuestra necesidad de huida del mundo. La ofensiva sonora artística contra el ruido
del mundo exterior ha alcanzado en este siglo una intensidad sin par en toda la
historia de la especie. Pero,
diversamente al desierto, que ayudaba a liberar lo interior, la musicalización
mediática de todos los espacios inunda las últimas lagunas de
interioridad: olvido del ser desde todos
los altavoces[4], banal falta de mundo
en cada casa y a todas horas del día.
Desde que hay auriculares, el principio de desconexión del mundo
progresa en el moderno consumo musical también a escala de los aparatos. A partir de todo esto, va siendo cada vez
más próxima una evolución drogoteórica de todas las formas de ambientes más
“sutiles” en la modernidad. Hoy,
difícilmente podría darse un fenómeno de cultura contemporánea en donde no se
manifestaran vestigios de técnicas cuasi musicales de distanciamiento del
mundo. El más moderno cocooning[5], las emigraciones
masivas de sujetos modernos al inaccesible interior de retiros, juergas y
simbiosis, no sería posible sin la inmersión en el menú tonal de la instalación
sonora. Distanciamiento del mundo es el mínimo común denominador de la sociedad
poliescapista.
La era de la falta de
albergue metafísico, por recordar la definición de modernidad de Lukács,
generaliza el hábito de la huida, de la evasión de no poder o no querer
escucharse. Así los hombres que no
pueden escuchar
su silencio carecen de aquella música interior que vivifica de un modo
supramundano. Es un repliegue no escapista sino más bien de albergue
acústico en el regazo espiritual del
eco de aquel soplo original mediante el cual fuimos forjados.
Luego ya arrojados a un
mundo que nos vela nuestra filiación, nos vemos forzados a proveemos de nuevos
pasaportes que nos permitan volver del extrañamiento de nuestra patria,
convirtiendo así la vida en viaje, en un difuso periplo, donde el viaje mismo
se torna instrumento de gracia. Somos
seres transidos, en circunstancia de viaje, de huida o retorno. En este mundo no hay sino exiliados, de ahí el sentimiento de que que el viaje
podría redimirnos, como lo ha hecho constar el artista ruso de vanguardia Ilya
Kabakow[6] en una conversación
con el crítico Boris Groys.
“En mi se
ha desarrollado la disposición a no encontrarme en mi sitio. Siempre me fue una experiencia especialmente
grata el no estar en donde fuera.
Cuando viajo, el gusto anticipado de irme de aquí ya me hace feliz. Está claro que es un trauma infantil por la
falta de deseo de nacer. El mundo a
donde vine y mi figura, en la que fui parido, no me satisface nada. No me gusta mi aspecto y no me identifico
con él. Todavía recuerdo que, cuando vi mi hechura por primera vez en el
espejo, gemí de dolor: no podía concebir que yo fuera ése. Ése es el deseo de
largarme de mi cuerpo, de mis cosas, de mi casa [...] No tengo casa, siempre me
encuentro de paso. De alguien así se suele decir: no se halla en ningún sitio”[7].

3.- ¿Dónde
estamos, cuando escuchamos música?
¿Dónde estamos cuando
escuchamos música? La presencia no tiene por qué ser algo que demos por
supuesto. El hombre, como señala Sloterdijk, es más bien "el metafísico animal
de la ausencia".
La presencia se refiere a
estar en el mundo y estar en el mundo de los sentidos. Pero para poder
apreciarla es necesario haberse ausentado antes. Es como la vuelta a la
naturaleza o a la vida en el campo. No es apreciada o sentida como tal hasta
que es "regreso". Podría ser la presencia como el darse cuenta del
mundo exterior sin pantallas intermedias. ¿Hay quién soporte eso de forma
continuada? Peter Sloterdijk habla de "la autoexperiencia pánica del acto
de presencia".
Y la ausencia sería como darse
cuenta del mundo interior, igualmente sin interferencias de una capa
intermedia, como si esa zona de fantasías, anticipaciones, deseos, etc,
interviniera para mitigar la intensidad de la presencia o de la ausencia. Casi
sería posible pensar en la evolución del hombre occidental como la historia de
su alejamiento del mundo externo y del mundo interno a través de la inflación
de esa capa intermedia. Esto reconocería a esa capa una función que ha
permitido el desarrollo tecnológico y científico así como el arte, la
literatura, la música, al igual que los mecanismos neuróticos han tenido
originariamente una función adaptativa.
En el momento actual se da una
gran contradicción. No existen ritos de
ausencia validados[8] -como la práctica de subirse a una
columna y permanecer ascéticamente allí y, al mismo tiempo, existe mucha mayor ausencia
de uno mismo en la vida cotidiana. ¿Cómo estar comiendo y viendo la televisión
al tiempo, por ejemplo, con imágenes de cadáveres desmembrados? No es extraño,
por tanto, que la disociación sea, en su diferentes manifestaciones, una
patología en auge.
Algo muy distinto de nuestra
experiencia actual. ¿Cómo soportamos una continua y forzada presencia en el
mundo? En un mundo que aparece como
exigencia y demanda permanente. Tal vez
con drogas, alcohol o música. Con la musicalización mediática de la que habla
Sloterdijk cuando anuncia el "olvido del ser desde todos los
altavoces"[9].
Aún en el máximo contacto se
puede tener una gran dosis de ausencia, como la soledad de las grandes
ciudades. Nos encerramos dentro de una campana sonora específicamente humana:
devenimos miembros de una secta acústica. Vivimos en nuestro ruido y, desde
siempre, el ruido común ha sido la realidad constitutiva del grupo humano. Hoy,
por primera vez en la historia, los humanos estamos rodeados de aislantes
acústicos. En otras palabras, el habitante de cada departamento decide qué oirá
o escuchará. Es una de las grandes realidades de nuestra época.
Las drogas ofrecen una
descripción de lo que sucede con la polaridad presencia-ausencia: cada uno de
los extremos de la polaridad contiene al otro. Las drogas se utilizan en muchas
culturas para intensificar la presencia. Una utilización incompatible con la
adicción. De un conjuro de un festín nórdico recoge Sloterdijk un relato con
una "bebida que tenía un hondo propósito".... "los hombres se
saturan de fuerza"... "el tiempo se dilata de manera
insoportable"...Pero nuestras drogas actuales (el alcohol, los alucinógenos),
nos sirven sobre todo para escaparnos de nosotros mismos, para ausentarnos[10].
4.- Experimentos con uno
mismo; la escucha de sí.
El pensador cree que él es indudable, en cuanto y en tanto
piensa. Pero no se da cuenta que su
'llegar a sí' depende de su 'escucharse a sí'.
No tiene presente, que sólo por eso puede estar seguro de sí mismo y de
su pensamiento, porque hay un escucharse que precede a su “pensarse”. Se queda
absorto en el contenido del pensamiento, sin reparar nunca en que su yo-pienso-existo,
en verdad, significa un yo-escucho-algo-en-mí-hablar-de-mí-[11]. Si esto se percibe, el sentido del cogito
se altera de raíz. El mínimo sonido
interior de la voz del pensamiento, si es escuchado y, con ello, hecho íntimo,
es la primera y única certeza que puedo adquirir en mi autoexperimento.
El escucharse parece
ser así, el fundamento de toda intimidad y por tanto lo determinante de todo
espacio propiamente humano.
Dr. Adolfo Vásquez Rocca
Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad
Católica de Valparaíso; Postgrado Universidad Complutense de Madrid,
Departamento de Filosofía IV, Estética y Pensamiento Contemporáneo. Profesor de
Antropología Filosófica en la Escuela de Medicina UNAB, del Magister en
Etnopsicología y de Postgrado en Filosofía PUCV.
Editor Asociado de Psikeba
-Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales- http://www.psikeba.com.ar/ , Secretario Ejecutivo de
Philosophica Revista del Instituto de Filosofía PUCV http://www.philosophica.ucv.cl/editorial.htm y Director de la Revista Observaciones Filosóficas http://observaciones.sitesled.com/
E-mail: adolfovrocca@gmail.com
Instituto de Filosofía
Pontificia Universidad
Católica de Valparaíso.
Avda. El Bosque Nº 1290,Viña
del Mar - Chile.
[1] DORFLES,
Gillo, Elogio de la Inarmonía, Editorial Lumen, Barcelona, 1989, p. 38.
[2] LANGER, S. K., Sentimiento y forma,
Universidad Nacional Autónoma, México, 1967, p. 35
[3] SLOTERDIJK,
Peter, Esferas
I Burbujas. Microsferología, Esferas II. Globos. Macroesferología,. Siruela, 2004.
[4] SLOTERDIJK, Peter, Extrañamiento del mundo, Editorial Pre-textos, Valencia, 2001, p.
119
[5] Cocooning es el acto que aisla o oculta
del ambiente social normal, que se puede percibir como perturbador, peligroso o
de alguna manera incómodo, al menos en lo inmediato. La tecnología ha posibilitado
esta huida del “cocooning” más
fácilmente que antes. El teléfono y el Internet son las invenciones que
hicieron posible una clase de cocooning socializado en el cuál se puede vivir
en el aislamiento físico mientras que se mantiene un tele o ciber-contacto con
otros. / El término fue popularizado en los años 90 por las palomitas de la fe
del consultor de comercialización en su libro el informe de las
palomitas: El futuro de su compañía, su mundo, su vida . Las palomitas sugirieron que el
cocooning se podría analizar en tres diversos tipos: el capullo socializado, en
el cual uno retira el aislamiento de su hogar; el capullo armado, en el cual
uno establece una barrera para protegerse contra amenazas exteriores; y el
capullo que vaga, en el cual uno viaja con una barrera tecnológica que sirve
para aislarlo del ambiente. / Un ejemplo común de cocooning hogar-está basado
en permanecer en casa para mirar videos en vez de ir a los cines. El cocooning
que vaga es evidente en los que ejerciten o caminen alrededor de la ciudad
mientras que siguen estando conectados con los auriculares a un mundo privado,
el de su personal sonido. Las tecnologías inalámbricas como los teléfonos
celulares y PDAs han agregado una nueva
dimensión de cocooning social al cocooning que vagaba permitiendo que la gente
incluya selectivamente a otras en su capullo móvil.
[6] Escultor, instalador y artista conceptual ruso. Nació
en Ucrania en 1933. Estudio artes gráficas en el Instituto de Arte Surikov de
Moscú. Su trabajo como artista plástico se inicia como ilustrador. Entre sus
obras destacan la serie de murales Schek Art. Realizó una exposición ficticia en el museo Pushkin
a la que irónicamente llamó " Volar con alas". Ha participado en
varias bienales internacionales, con trabajos como “El hombre que salto al
cosmos”. En 1993 se traslada a Nueva York.
[7] KABAKOW Ilya,
Boris Groys, Die Kunst des Fliebens, Munich 1991, pp. 119 – 120.
[8] Hubo tiempos en que la moda disociativa (es
decir, la manera de ausentarse) era subirse a una columna y permanecer
ascéticamente allí; representaba el triunfo sobre el mundo, el hombre extasiado
sobre su columna ya estaba en otro sitio; en este caso con Dios mismo.
[9] SLOTERDIJK, Peter, Extrañamiento del
mundo, Editorial Pre-textos, Valencia, 2001
[10] VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, “Peter Sloterdijk; Extrañamiento del mundo; Abstinencia, drogas y ritual“ Cuaderno de Materiales,UCM, http://www.filosofia.net/materiales/num/num22/Sloterdijk.htm
[11] SLOTERDIJK, Peter, Extrañamiento del
mundo, Editorial Pre-textos, Valencia, 200, p. 301