Peter Sloterdijk; El
Desprecio de las Masas, consideraciones en torno al poder.

Dr. Adolfo Vásquez
Rocca
Pontificia Universidad Católica de
Valparaíso – Universidad Complutense de Madrid.

Descriptores:
Masa –
poder – rebelión – ritual – política – Girard – Ortega – Canetti – Freud – Hitler – nazismo –
psicología – sociología.
1.- La entrada en
escena de las masas.
Las masas han irrumpido
en la escena de nuestro tiempo, configurándola, deviniendo sujeto y dotándose
de una voluntad y una historia. Como lo había prefigurado Hegel se trata del
desarrollo de la masa como sujeto. En este fenómeno se presagia la aparición de
un poderoso y sospechoso actor sobre el escenario político. Cuando la masa se
dota de voluntad cabe atisbar el fin de la época de la altivez idealista. Tan
pronto como la masa se considera capaz de acceder al estatuto de una
subjetividad o de una soberanía propia, los privilegios metafísicos
desaparecen. La exaltación de lo masivo y ruidoso, lo violento y coactivo, así
como la fascinación por la aglomeración y el desfile de tropas resultan
irresistibles para las sensibilidades totalitarias siempre ávidas de agitación
y despliegue de poderío.
Con el ascenso de las
masas a la categoría de sujeto se produce el colapso de la visión
romántico-racional del sujeto democrático consciente de sus deseos. La tesis
aquí en juego, y de la cual se derivarán serias consecuencias, es que en la
constitución originaria del sujeto masificado predominan las motivaciones opacas.
Como advierte Sloterdijk, en el seno de la masa los individuos excitados no
componen lo que la mitología de la discusión -la sociología convencional-
denomina un público; ellos, al contrario, se concentran en un punto donde se
forman hombres sin perfiles, los que confluyen a un lugar donde todo por sí
mismo se revela como lo más denso [am scwärzesten]. Este ímpetu hacia el tumulto humano revela que en la escena
original de la formación del yo colectivo existe un exceso de material humano, una sobre-densidad.
Estas observaciones son
fundamentales para la comprensión de la naturaleza insuperablemente inerte e
impenetrable de la formación de la subjetividad.
En la era del
individualismo burgués, definido por la creación de distancias entre los sujetos,
donde el propio sistema aisla a los individuos entre sí, y los dirige a cada
uno de ellos hacia el esfuerzo solitario de tener que llegar a ser ellos
mismos, “nadie puede aproximarse, nadie alcanza las alturas del otro”[1]. En el tumulto, en cambio, se derriban todas
las distancias. Allí donde la turba
humana se hace más densa, empieza a tener efecto una prodigiosa marea
desinhibida. La masa tumultuosa vive de
esta voluntad de descarga.
Sólo todos juntos
pueden liberarse de sus cargas de distancia. Eso es exactamente lo que ocurre
en la masa. En la descarga se elimina toda separación y todos se sienten
iguales. En esta densidad, donde apenas
cabe observar espacios, entre ellos, cada cuerpo está tan cerca del otro como
de sí mismo. Es así como se consigue un
inmenso alivio. La inmersión del yo en el colectivo que lo contiene y supera.
La masa, como una
prolongación ontológica del individuo, manifiesta algunas de las propiedades de
éste: se angustia, se excita, se protege, se enriquece, se desarrolla y fenece.
A diferencia de los individuos aislados y aunque esté constituida por ellos, la
masa opera como una entidad autónoma y obedece a un determinismo disímil. La
agresión exterior a la masa, por ejemplo, sólo podría fortalecerla, mientras
que un ataque interno podría implicar un peligro extremo.
Así, entre los
atributos principales que pueden reconocerse en la masa están la compulsión a
crecer en número y en concentración; la masa ama la densidad y siempre se mueve
hacia algo. Existirá mientras tenga una meta no alcanzada.
La compulsión a crecer
es la primera y suprema característica de la masa. Incorpora a todos los que se
pongan a su alcance. La masa natural es la masa abierta, sin límites
prefijados. Con la misma rapidez que surge, la masa se desintegra. Siempre
permanece vivo en ella el presentimiento de la desintegración, de la amenaza y
de la que intenta evadirse mediante un crecimiento acelerado. La masa cerrada
renuncia al crecimiento y se concentra en su permanencia, se establece y crea
su lugar para limitarse, crea su propio espacio protegido y vigilado de las
influencias externas.
Nada teme el hombre más
que ser tocado por lo desconocido. En todas partes el hombre elude el contacto
con lo extraño. Aún cuando se mezcla con gente en la calle, evita cualquier
contacto físico. La rapidez con que nos disculpamos cuando se produce un
contacto físico involuntario, pone en evidencia esta aversión al contacto.
Solamente inmerso en la
masa, puede liberarse el hombre de este temor a ser tocado. Es la única
situación en la que ese temor se convierte en su contrario. Para ello es
necesaria la masa densa, en la que cada cuerpo se estrecha con el otro; densa,
también, en su constitución cívica, pues dentro de ella no se presta atención a
quién es el que se estrecha contra uno. En cuanto nos abandonamos a la masa,
dejamos de temer su contacto. Llegados a esta situación ideal, todos somos
iguales.
Muchedumbres ha habido
siempre. Ocurre que es ahora -desde comienzos del siglo XX- cuando se han hecho
visibles y se han puesto en marcha, ingobernables, arrasando e imponiéndose
sobre los individuos –sobre los personajes principales y dotados de excelencia
o nobleza. El decir de la gente -que compone un coro nutrido de voces que
opinan más o menos lo mismo y se estructura en forma de ”usos establecidos” o
lugares comunes asume el carácter de ley; de modo tal que de pronto nos
hallamos ante suntuosas “vigencias”, usos sociales que no precisan para su
extensión de comprensión sino, tan sólo y primariamente, de presión. Se ponen
de manifiesto porque sencillamente se imponen. La sociedad, la gente, no tiene
ideas propias. La colectividad no piensa, y, estrictamente hablando, tampoco
tiene opiniones, sino que las contiene y en ellas está instalada[2] -aun cuando no repare en
ello. Las 'opiniones' pues se imponen
tanto por el arrastre propio de lo vulgar y simple, como por el poder
comunicativo que las “ideas” de esta índole suelen comportan en la coacción de
unos grupos de individuos concretos sobre otros. Luego, por la fuerza de la
costumbre se generalizan hasta que entran en desuso, por cansancio o por su
desvelamiento.
Aun cuando,
"la" opinión pública sea en realidad una ficción, ella intenta, como
se ha mostrado, imponerse y dominar el gusto bajo la coerción del autovalidado
sentido-común; sera desde el lugar común, desde donde las masas -la opinión
pública- intentará tomar por asalto la razón y convencer que la 'obligación'
democrática de los gobernantes es escuchar y seguir la voz de la calle,
cuestión que se valida desde la convicción cívica de que todo poder y todas las
formas legitimas de expresión proceden de las mayorías.
La presencia de las
masas, de las gentes saliendo a la calle a manifestarse movidos por una suerte
de pulsión autoafirmadora (que supone a la vez una fuerza negadora de la
individualidad), pero también por una descarga de tensión, por una pasión o un instinto de
supervivencia, como cuando el apremio y el miedo les paraliza y necesitan
sacudírselos, allí buscan la calle y el amparo de la gente, el contacto con los
otros, como ocurre, por ejemplo, al producirse una catástrofe, un terremoto o
un incendio. Elías Canetti, junto con
Ortega[3] –y en la actualidad
Peter Sloterdijk– son quienes mejor han comprendido la fenomenología de la
masa, denominando justamente “descarga” a su más característico movimiento
interior.
El fenómeno más
importante que se produce en el interior de la masa es la descarga. Es el
instante en que todos los que forman parte de ella, se deshacen de sus
diferencias y se sienten iguales. Las jerarquías que dividen, las
individuaciones que diferencian, las distancias que separan; todo esto queda
abolido en la masa. Únicamente en forma conjunta pueden liberarse los hombres
del lastre de sus distancias. En la descarga se despojan de las separaciones y
todos se sienten iguales.
Es en la
densidad donde, como se ha señalado, cada cual se encuentra tan próximo al otro
como a sí mismo, lo que produce un inmenso alivio. Y es en razón de este
instante de felicidad, en el que ninguno es más ni mejor que el otro, como los
hombres se convierten en masa.
Las masas cerradas
tienden a la estabilidad, mediante la invención de reglas y ceremonias
características que capturan a sus integrantes. En la asistencia regular a la
Iglesia, en los actos cívicos, en las ceremonias militares, en la repetición precisa y conocida de ciertos
ritos, se garantiza a la masa algo así como una experiencia domesticada de sí
misma.
Otra hipótesis de
interés acerca de los referidos mecanismos ceremoniales es la de Girard en
torno a “la existencia de mecanismos victimales y su función en el origen de
las religiones, las culturas y la humanidad”. Girard habla de mecanismos para
“señalar la naturaleza automática del proceso y de sus resultados, así como la
incomprensión e incluso inconsciencia de quienes participan en él”[4] .
Antes de la
constitución de la humanidad, había violencia entre los homínidos. Se trataba
de una violencia de rapiña, y era especialmente fuerte al interior de las
especies más avanzadas, cuyas pautas dominantes eran frágiles y susceptibles de
ser quebrantadas, al punto que se hicieron letales. Esta violencia de todos
contra todos es un proceso simétrico, recíproco, porque es mimético, de manera
que se trata de una violencia que es respondida con otra violencia similar.
Se trata de un proceso
de imitación que no se ve frenado por las pautas de la comunidad, sino que se
intensifica hasta hacerse una violencia de dos que se imitan el uno al otro, y
se extiende por contagio para convertirse en violencia de todos contra todos.
No obstante, en este punto no existen sino dos caminos: la disolución total de
la comunidad por la violencia, o la transferencia de la violencia de todos
contra una víctima.
No hay en el origen de
la sociedad una decisión razonable o de un contrato, sino un mecanismo inconsciente, del mismo orden del deseo que
toda la mimesis, y que Girard ha llamado “chivo expiatorio”, el cual
probablemente ocurre cuando una diferencia, un rasgo de debilidad, distingue a
un miembro particular del grupo en el combate por la 'muta' de destrucción.
Así, en su perspectiva, la víctima tan sólo cuenta con el indicio de una
violencia que no tiene causa, que sólo se origina en la misma violencia.
A partir de cierto
grado de frenesí, la polarización mimética se realiza sobre la víctima única.
Después que la violencia se ha saciado sobre esa víctima, se interrumpe
necesariamente y el silencio sucede al alboroto. Este contraste máximo entre el
desencadenamiento y la calma, la agitación y la tranquilidad crea las
circunstancias más favorables que pueden darse para que despierte esa nueva
atención. Como la víctima es la víctima de todos, en ese instante se fija sobre
ella la mirada de todos los miembros de la comunidad. Por encima del objeto
puramente instintivo (...) está el cadáver de la víctima colectiva y ese
cadáver es lo que constituye el primer objeto para ese nuevo tipo de atención .
De este modo, siempre
late la amenaza de un estallido, el que debe entenderse como la repentina
transición de una masa cerrada a una abierta. La masa ya no se conforma con
condiciones y promesas piadosas, quiere experimentar ella misma el supremo
sentido de su potencia y pasión animales, y con este fin utiliza una y otra vez
cuanto le brindan los actos y exigencias sociales.
El ataque desde fuera
sólo puede fortalecer a la masa. Físicamente separados, sus miembros tienden a
reunirse con más fuerza. El ataque desde dentro es, en cambio, peligroso de
verdad. Una huelga que haya obtenido determinadas concesiones se desintegrará a
ojos vistas. El ataque desde dentro obedece a apetencias individuales. La masa
lo siente como un soborno, como algo inmoral, ya que se opone a su clara y
transparente condición básica. Todo el que pertenece a una masa lleva en sí a
un pequeño traidor deseoso de comer, beber, amar y vivir en paz. La masa está
siempre amenazada desde adentro y desde afuera. Una masa que no aumenta está en
ayunas.
2.- El detonante iconográfico y operístico de la política de
masas.
Una de las primeras
cosas que se descubre al moverse por una gran ciudad es el hecho de que la
gente parece desplazarse errática, con el sentimiento de ser una isla
solitaria, sin conexión con las de su alrededor.
Al respecto
Sloterdijk nos refiere en El desprecio de las masas una
descripción muy afín a los tiempos actuales cuando destaca que: “Ahora se es
masa sin ver a los otros. El resultado de todo ello es que las sociedades
actuales o, si se prefiere, postmodernas han dejado de orientarse a sí mismas
de manera inmediata por experiencias corporales: sólo se perciben a sí mismas a
través de símbolos mediáticos de masas, discursos, modas, programas y
personalidades. (...) La masa postmoderna es una masa carente de todo
potencial, una suma de micro-anarquismos y soledades que apenas recuerda la
época en la que ella – excitada y conducida hacia sí misma a través de sus
portavoces y secretarios generales-
debía y quería hacer historia en virtud de su condición de colectivo
preñado de expresividad.”[5]
La sociedad entonces se fragmenta en pequeñas epidemias
cerradas, que ni se mezclan ni se comprenden, lo que aumenta los problemas de
violencia, pequeñas sectas de gente idéntica enfrentadas entre sí.
Zizek, en La
metástasis del goce, recurre
a categorías freudianas para referirse
a la circulación simbólica de la violencia, conjeturas en torno a un
orden sacrificial donde la
inmolación tiene lugar en vistas a un credo fundamental por el que no sólo se
esta dispuesto a matar, sino también y de modo principal, a morir, para ello no
es necesario recurrir a racionalizaciones espurias para caer en la cuenta que
la violencia encuentra su anclaje en referencias simbólicas. El ideario, la
cosmovisión que comporta un discurso será siempre secundario frente a la puesta
en marcha de los instintos, eventualmente crueles, por el detonante
iconográfico y operístico de la política de masas[6].
El esquema que
presenta Zizek[7] deja entrever además el rechazo de lo simbólico propio del discurso
capitalista, cuyas formas de dominación se cimentan, precisamente, en ese tipo
de negaciones. Es a esto lo que Sloterdijk llama la falsa conciencia ilustrada,
un claro síntoma del tardo-capitalismo es la negación de la distancia entre la
máscara ideológica y la realidad social. La fórmula es simple: “ellos saben muy
bien lo que hacen, pero aún así, lo hacen. La razón cínica ya no es ingenua,
sino que es una paradoja de una falsa conciencia ilustrada: uno sabe de sobra
la falsedad, está muy al tanto de que hay un interés particular oculto tras una
universalidad ideológica, pero aún así, no renuncia a ella."[8]
3.- Masa y Poder;
Canetti y su ajuste de cuentas con Freud.

La principal
diferencia entre las teorías de Freud y la de Canetti es la que concierne al
carácter libidinal de los fenómenos de masa. En Masa y poder[9] Canetti no se
opuso explícitamente al que era, sin duda, el núcleo de la teoría freudiana,
pero, al vincular la masa no al Eros, sino al Poder, se separa del psicoanálisis. La teoría de Canetti,
desarrollada en su libro Masa y Poder, representa un intento sistemático por razonar el origen
profundo y los distintos rostros del fenómeno de la masa. Freud, a diferencia
de Canetti, tiene una visión
exclusivamente negativa del comportamiento de masa, se trataría de un fenómeno de regresión a un estadio primitivo
de la especie humana, una especie de arcaísmo. Vinculándola directamente a lo
que ya en una obra anterior –Tótem y tabú[10]– había llamado la
horda primitiva, Freud describió a la masa en su Psicología de las masas como
el grupo de hombres sometidos "al dominio absoluto de un poderoso
macho". Para el fundador del psicoanálisis, toda masa no era, pues, sino
la resurrección de la horda primitiva. En su autobiografía, en un ajuste de
cuentas con Freud, Canetti llegaría a decir que, si Freud concibió así la masa,
fue porque se basó sólo en ese tipo de muchedumbres que pudo ver en las calles
de Viena en los momentos previos al estallido de la I Guerra Mundial: esas
masas belicistas y germanófilas que tan parecidas se nos revelan a las que años
después protagonizarían también los acontecimientos de la II Guerra. Para
Freud, sólo habría existido –según Canetti– un tipo de masa: la masa agresiva[11], que sale a la
calle con intenciones hostiles hacia un grupo de seres humanos. Se trata de la
masa de acoso, la que sale a matar y sabe a quién quiere matar. Con resolución
avanza hacia esa meta. Basta con dársela a conocer, basta con comunicar quién
debe morir, para que se forme la masa. La determinación de matar es de índole
muy particular, y no hay ninguna que la supere en intensidad. Todos quieren
participar, todos golpean. Para poder asestar su golpe, cada cual se abre paso
hasta llegar al lado mismo de la víctima. Si no puede golpear, quiere ver cómo
golpean los demás. Todos los brazos salen como de una misma criatura. Pero los
brazos que golpean tienen más valor y más peso. El objetivo lo es todo. La
víctima es el objetivo, pero también es el punto de máxima densidad: concentra
en sí misma, las acciones de todos.
Una razón
importante del rápido crecimiento de la masa de acoso es la ausencia de
peligro. No hay peligro porque la superioridad de la masa es enorme. La víctima
nada puede contra ella. O huye o queda atrapada. Para la gran mayoría de los
hombres, un asesinato sin riesgo, tolerado, estimulado y compartido con muchos
otros resulta irresistible.
Es una empresa tan
fácil y se desarrolla con tanta rapidez, que hay que darse prisa para llegar a
tiempo. La prisa, la euforia y la seguridad de una masa semejante tienen algo
de siniestro. La masa procede al sacrificio y ejecución de la víctima para
liberarse de golpe y como para siempre de la muerte de todos los que la
constituyen. Lo que luego le sucede, es todo lo contrario. A partir de la
ejecución, aunque solo después de ella se siente mas que nunca amenazada por la
muerte. Se desintegra y se dispersa en una especie de fuga. Su miedo será mayor
cuanto más elevada sea la categoría de la víctima. Sólo podrá mantener su
cohesión si se suceden con gran rapidez una serie de hechos y de eventos
idénticos.
Entre
los tipos de muerte que una horda o un pueblo puede imponer a un individuo,
puede distinguirse dos formas principales. Una de ellas es la exclusión, y la
otra, la ejecución colectiva. En este segundo caso, se conduce al condenado a
un lugar abierto y se lo lapida. Todo el mundo participa en esta muerte;
alcanzado por las piedras de todos el culpable se desploma. Nadie es designado
como el ejecutor. Es la comunidad entera la que mata. La tendencia a matar
colectivamente subsiste incluso allí donde se ha perdido la costumbre de
lapidar. La muerte por el fuego puede comparársele: el fuego actúa en lugar de
la muchedumbre que deseó la muerte del condenado.
La
desintegración de la masa de acoso, una vez que ha cobrado su víctima, es
particularmente rápida. Los poderosos que se sienten amenazados son muy
conscientes de este hecho y suelen arrojar una víctima a la masa para detener
su crecimiento. Muchas ejecuciones políticas han sido ordenadas sólo con este
fin.
La
repulsa que provoca la ejecución colectiva es de fecha muy reciente y no debe
subestimarse. Pero también hoy participa todo el mundo en las ejecuciones
públicas a través de los medios de comunicación. En el público de los medios se
ha mantenido viva una masa de acoso moderado, tanto más irresponsable cuanto más
alejada queda de los acontecimientos; esta es su forma más despreciable.
Ahora
bien, Canetti denomina “cristales de masa” a esos pequeños y rígidos grupos
humanos, bien delimitados y de gran estabilidad, que sirven para desencadenar
la formación de masas. Los así llamados “cristales de masa” representan una gran densidad. Es importante
que tales grupos sean visibles en su conjunto, que se los abarque de una
mirada. Su unidad importa mucho más que su tamaño. El cristal de masa es
duradero. Sus integrantes han sido adiestrados para compartir un plan de acción
o unas determinadas ideas. Quien los vea o los conozca deberá sentir, ante
todo, que jamás se desintegrarán.
La
nitidez, el aislamiento y la constancia del cristal de masa, contrastan con los
agitados fenómenos que se dan en el seno de la masa misma. El proceso de
crecimiento, rápido e incontrolable, y la amenaza de desintegración que
confieren a la masa su capacidad de estabilidad no actúan en el interior del
cristal.
Canetti
llama símbolos de masa a las unidades colectivas que no están formadas por
hombres, y, sin embargo, son percibidas como masas. Tales unidades son el trigo
y el bosque, la lluvia, el viento, la arena, el mar y el fuego. Nos recuerdan
la masa, y la representan simbólicamente en el mito y el sueño, en el discurso
y el canto.
Cristales
de masa y masa, derivan de una unidad más antigua, en la que todavía coinciden:
la muta[12]. En hordas
de reducido número, que van en pequeñas bandas de diez o veinte hombres, la
muta es una forma de excitación colectiva con la que nos topamos en todas
partes. La muta es una unidad de acción y se manifiesta de manera concreta. De
ella ha de partir quien desee explorar los orígenes del comportamiento de las
masas. Canetti distingue cuatro formas de muta: la de casa, la de guerra, la de
lamentación y la de multiplicación.
Canetti,
al igual que Freud, trata de hacer una arqueología de la masa, es decir, de
definir la masa a partir de su prehistoria, de sus orígenes en el pasado más
remoto. Ahora bien, su arqueología de la masa no localizaría el origen de la
misma en la horda primitiva, sino en algo que se le parecería mucho, aunque no
sería exactamente igual: lo que el autor llamó la muta, un grupo humano
primitivo de diez o veinte personas. Lo que diferenciaría a esta muta de
Canetti de la más conocida horda freudiana iría implícito en el término elegido
para designarla. El término muta procede del francés 'meute', que actualmente
sólo significa "jauría" (grupo de perros cazadores), pero que en francés
antiguo conservaba todavía la acepción del etimología latina 'movita', con el
significado de "alzamiento" o "levantamiento" que hoy
tendría la palabra motín. Serían estas dos acepciones las que Canetti habría
querido conservar en la palabra elegida, que reuniría en sí el factor humano de
la palabra motín y el factor animal de la palabra jauría. De este modo quiso el
autor evitar la unilateralidad de la teoría que vincula la masa sólo a la
agresividad animal de la jauría y sustituirla por otra más compleja y dialéctica
en la que la muta (o su sucesora, la masa) no se movería sólo por la finalidad
cazadora de la jauría, sino también por la finalidad subversiva del motín.
Empecemos
por el factor animal de la jauría, el más freudiano. Canetti no niega, en
efecto, que el origen del comportamiento de masa sea, en primer lugar, la caza.
Esos grupos de diez o veinte hombres que integraban la muta primitiva se
comportaban casi exactamente igual que lo hacían las especies animales con las
que estaba acostumbrado a tratar, y, por tanto, la más antigua y limitada forma
de muta, la de caza, debería su aparición entre los hombres "a un modelo
animal: a la manada de animales que cazan juntos". Por otro lado, todavía
en la actualidad existirían comportamientos de masa directamente emparentados
con este tipo de muta de caza. Dentro de su original clasificación de tipos de
masa, Canetti habla en concreto de dos que serían de esta clase agresiva u
hostil: la masa de acoso y la masa de guerra. Tanto en una como en otra se
reproduciría lo esencial del comportamiento de la muta más antigua, de esa muta
primigenia que sería la de caza. En la llamada masa de acoso lo único que
cambiaría sería que la presa, en lugar de ser animal, sería humana: por lo
demás, tanto en esencia como en funcionamiento, muta de caza y masa de acoso
serían prácticamente una misma cosa, como lo demostraría el enorme parecido que
existe entre las vívidas descripciones que Canetti hace de las dos. Si la muta
de caza se describe concentrada en la presa, excitada por la sed de sangre,
frenética en el momento de la caza, repentinamente silenciosa ante la víctima
caída, respetuosa en el reparto de la carne según reglas establecidas, la masa
de acoso es descrita por Canetti en estos términos: "Sale a matar y sabe a
quién quiere matar. Con una decisión sin parangón avanza hacia la meta; es
imposible privarla de ella. Basta dar a conocer tal meta, basta comunicar quién
debe morir, para que la masa se forme. La concentración para matar es de índole
particular y no hay ninguna que la supere en intensidad. Cada cual quiere
participar en ella, cada cual golpea. Para poder asestar su golpe, cada cual se
abre paso hasta las proximidades inmediatas de la víctima. (...). La víctima
nada puede hacer. Huye o perece. No puede golpear, en su impotencia es tan sólo
víctima"[13].
Por
su parte, la llamada masa de guerra también tendría su precedente más remoto en
la muta de caza, aunque el más directo sería el de la llamada muta de guerra.
Tanto la masa de guerra como su más directa predecesora, la muta de guerra,
serían fenómenos de doble masa: lo que cambia aquí con respecto a la muta de
caza es que no se trata ya de un grupo frente a una víctima, sino de dos grupos
que tendrían exactamente la misma y enfrentada intención uno respecto del otro.
Los grupos no serían nunca muy diferentes entre sí, y, de hecho, en las formas
primitivas de la guerra, tal como se deduce de los relatos de pueblos
primitivos que Canetti selecciona, los dos grupos se parecían tanto que les era
difícil distinguirse entre sí. Los dos tenían la misma manera de abalanzarse
unos sobre otros, su armamento era más o menos idéntico, los dos lanzaban el
mismo tipo de salvajes y amenazadores gritos. Sólo esta imposibilidad de
distinguir al enemigo habría cambiado en las actuales masas de guerra, que por
lo demás serían esencialmente idénticas a su ancestro, la muta de guerra. Lo
más característico del fenómeno de doble masa en que consiste la masa de guerra
residiría en que lo masivo concierne aquí no sólo a los que matan, sino también
a los que son muertos, que mueren a montones, pues sería la muerte misma la
que, en la guerra, se transformaría en fenómeno de masa: "Hay que acabar
con la mayor cantidad posible de enemigos; la peligrosa masa de adversarios
vivos ha de convertirse en un montón de muertos. Vence el que mata a más
enemigos".
Tras
estas consideraciones no puede resultarnos extraño que Canetti declare que Masa y poder no es otra
cosa que una investigación sobre las raíces del nacionalsocialismo. Ese es el sentido de la obra: entender lo
que sucedió entre 1933 y 1945 en Alemania. Lo que menos importa es si la
palabra fascismo aparece o no aparece. Las quinientas páginas de la obra no
tratan sino del nacional socialismo, de su nacimiento y su perdición.
4.- Hitler
y las
masas; Los asesinos están entre nosotros.

Ahora bien,
a la hora de intentar explicar el fenómeno cruento que constituye el nazismo,
el auge y desarrollo del Tercer Reich, con su maquinaria de exterminio, gran
parte de los historiadores ignoran o minimizan el factor psicológico que esta a
la base de estos fenómenos de masas. Ello queda demostrado por las notables lagunas que se dejan entrever
en el conocimiento de la historia alemana, desde la primera guerra mundial hasta el triunfo final de Hitler[14].
Aunque ello
es así, esos factores políticos, sociales y económicos no bastan para explicar
el profundo impacto de Hitler en la población alemana. De manera significativa, muchos observadores
alemanes se negaron hasta el último
momento a tomar a Hitler en serio, y aun después de su advenimiento al
poder juzgaron al nuevo régimen como una aventura transitoria. Tales opiniones indican, por lo menos, que
en la situación interior existía algo inexplicable, algo que no podía inferirse
de las circunstancias comprendidas dentro del campo normal de visión.
Esta fuerte
oposición ideológica que resistía a Hitler tiende a sugerir que fue un puñado
de fanáticos y gángsters el que logró sojuzgar a la mayoría del pueblo alemán.
Esta conclusión no se ajusta a los hechos.
En lugar de resultar inmune al adoctrinamiento nazi, la mayoría de lo
alemanes se plegó al gobierno totalitario con tal presteza que no podía ser un
simple resultado de la propaganda, mientras el fascismo italiano era una
especie de representación teatral, el nazismo asumió aspectos de religión[15].
Era un
espectáculo desconcertante: por un lado los alemanes se resistían a darle las
riendas a Hitler y por el otro estaban completamente de acuerdo en
aceptarlo. Tales actitudes
contradictorias surgen frecuentemente de conflictos entre las demandas de la
razón y las urgencias emocionales.
Puesto que los alemanes se oponían a Hitler en el plano político, su
extraña predisposición por el credo
nazi debe haberse originado en disposiciones psicológicas más potentes que
cualquier escrúpulo ideológico.
El fascismo
es un fenómeno absolutamente develador.
Muy raras veces nos ha ofrecido la larga y tortuosa historia de la
naturaleza de los partidos modernos un ejemplo tan significativo de las
necesidades interiores de la masa respecto a su 'culto al héroe' como la
ofrecida por el fascismo y el nazismo.
Una confianza absoluta, ciega y una ardiente veneración, he aquí lo que
ofrece este partido a su Führer, a su Duce.
Esto, el
fenómeno del 'culto al héroe', pone de manifiesto que en las oscuras turbas
humanas existe un aspecto que no cesa de soñar en una luminosidad más
grande. En la práctica, las masas
desarrollan su propia forma de idealismo e imponen de vez en cuando su voluntad
de ensalzamiento del héroe sin hacerla objeto de discusión.
Pero ningún
culto a la persona resulta más ilustrativo de la idealización horizontal que
aquel del que fue objeto Hitler. Este
fenómeno, en lo esencial, nunca fue otra cosa que la autoidolatría de una ávida
mediocridad apoyada por la figura del Führer como medio de culto público.
También el culto a la persona constituye una fase del programa de desarrollar
la masa como sujeto. De ahí que, a la
vista del fenómeno de la generalización constante de la comunicación en los
Estados nacionales, sea lícito comprender a los héroes de la época burguesa y
de masas, sean dictadores clásicos o populares, como testimonios de que los
individuos también podían intervenir en calidad de medios de masas. Por esta razón, el culto al genio y el
culto al Führer pudieron intercambiar de manera intermitente su forma sin
complicaciones. Con todo, tuvo que
actuar el peculiar talento alemán para la autohipnosis para escenificar esa
luna de miel entre idealismo y brutalidad que originó, en los embriagadores
albores de la “Revolución Nacional” de 1933, ese clima de ilusión tan especial
para las masas. Fue Thomas Mann quien
supo expresar esta situación en términos de minoría de edad cuando él, en
septiembre de 1939, ya dispuesto a emigrar a los Estados Unidos, realizó el
diagnóstico de que los alemanes eran un pueblo que idolatraba la falta de formación y la barbarie”. Esta idolatría, no obstante, no era más que
una forma de desvío del deseo de
reconocimiento. Todo aquel que desde la
distancia histórica pretenda comprender el efecto producido por Hitler tiene
que renunciar al intento de investigar al dictador como una figura dotada de
una personalidad demoníaca.[16]
La
específica adecuación del papel desempeñado por Hitler en el psicodrama alemán
no estriba en sus extraordinarias aptitudes o en su reconocido carisma, sino, antes bien, en su
incomprensible y evidente vulgaridad, por no hablar de su consecuente
disposición a vociferar sin rebozo alguno delante de grandes multitudes. Hitler parecía llevar de nuevo a los suyos a
una época en la que gritar todavía servía para algo. Desde este punto de vista, fue el artista de la acción más
exitoso del siglo[17].
Es en este
plano horizontal de resonancia ya apuntado donde se asienta la continuidad funcional
existente entre el culto al líder de las masas encaminadas a la descarga
durante la primera mitad de nuestro siglo y el culto al estrellato de las masas
ansiosas de entretenimiento que surge en su segunda mitad. El misterio que envuelve tanto al antiguo
líder como a las estrellas de nuestra actualidad reside precisamente en el
hecho de ser tan similares entre sí ante sus embotados admiradores, tanto que
alguien involucrado apenas podría llegar a barruntarlo. Aunque también los mismos eminentes intelectuales
alemanes llegaran a participar en este salto mortal al primitivismo”, esta
situación en absoluta desacredita la mencionada conexión; pone de manifiesto,
más bien, la superficie de contacto que permitió la “alianza entre vulgo y
elite”. Es en este terreno donde, según
el diagnóstico de Ana Arendt[18], la impotencia
desorganizada de innumerables individuos se trueca en el “desamparo organizado”
de una mayoría que se deja dominar tanto por los movimientos totalitarios como
por los medios de entretenimiento totales.
En lo que
concierne a las aptitudes de Adolf Hitler, el diagnóstico es
claro. Mientras cumplió sus labores
como Führer, no actuó en absoluto como la ensalzada contrafigura de una masa
guiada por él mismo, sino como su delegado y catalizador. En todo momento adoptó el mandato imperativo
de la vulgaridad. No alcanzó el poder
gracias a algún tipo de aptitudes excepcionales, sino merced a su inequívoca
grosería y a su manifiesta trivialidad.
Si algo había de especial en él, residía tan solo en el hecho de que
parecía haber inventado su vulgaridad en todo su ser, como si fuera el primero
en reconocer en esa misma vulgaridad una meta que podía ser perseguida hasta
sus últimas consecuencias. La autoconciencia
de Hitler de ser la encarnación de un destino se adecuaba en este sentido a su
papel de instrumento histórico. En él,
el narcisismo vulgar fue capaz de entrar en escena. Para muchos, en él, y a través suyo, el sueño de una gran
eclosión, libre de esfuerzos, podía cobrar visos de realidad. Dado que él estaba en condiciones de anular
las ilusas infamias de los grupos más diferentes, pudo actuar desde diferentes
lugares como una suerte de imán. Sólo
como médium
polivulgar fue capaz de crear el denominador común de sus partículas afines a su
adhesión. El hermano Hitler tendió su
mano a todos los que querían consumar su destino por su cuenta. Quien estaba dispuesto a eliminar toda
percepción de la realidad para así poder fantasear mejor acerca de un salvador
–incluso acerca de ese “redentor cultural”
anunciado por los georgianos-, podía esta máscara comprometerse con todo
lo que quisiera. Sin embargo, aun
cuando las masas no fueran capaces de reconocer por sí misma que tenían ante sí
a una marioneta perversa, un niño mimado, coprófilo e impotente de tendencias
suicidas explícitas, fueron los rasgos histéricos, megalómano-populistas e
histriónicos de su carácter los que se evidenciaron desde el comienzo de manera
más notoria e inmediata. De ahí que todavía
hoy digan más de su figura los documentos gráficos que las miles de biografías
al uso. Entonces se le ve siempre
posando para las ilusiones de la masa: pero allí donde cae la pose, sólo queda
el hueco del colérico médium falto de carácter. Hitler, el recolector de ilusiones y el político hipnótico, no
era en absoluto un hombre de excesivo talento, como tampoco era en ningún
aspecto una personalidad creativa. Para
que tuviera éxito, sólo bastaba que fuera capaz de ser un receptor
-catalizador- popular.
Reflexionando
sobre la adhesión que recibió Hitler en el marco de la sociedad de masas no
pretendemos indagar si hubo o no una amplia mayoría que siguió la política
antisemita de Hitler, sino considerar como llegó al poder, esto es por la vía
democrática; que tuvo seguidores fanatizados y seguidores que sólo fueron parte
semi-inconsciente de la máquina genocida, esto es en su carácter de masa; que
así como tuvo adeptos tuvo también adversarios, quienes a pesar que trataron,
no lograron destronar rápidamente esa política por no contar con aquella
hegemonía masiva con la que sí contaba el régimen.
Una figura
histórica que haya provocado tanto daño debe ser estudiada en profundidad.
Aunque hay una marea de libros y monografías en torno a Hitler muy pocos son
los que han analizado la zona oscura, las raíces del mal. La historiografía
oficial utiliza la técnica del avestruz. Aquello que escapa a su comprensión lo
rechaza como imposible. Aunque tal rechazo implique aceptar que al final la
Guerra Mundial se debió a la mala suerte de que llegase un loco al poder de
Alemania. Esta actitud es un insulto a la inteligencia. ¿Quién fue realmente
Hitler? ¿Cómo explicar que uno de los pueblos más cultos de la época se dejara
embaucar por un loco? ¿Cómo pudo un tipo con un bigotillo ridículo pasar de
vagabundo a intentar, y casi conseguir, la conquista del mundo? ¿Qué eran esos
símbolos extraños de que se rodeaba?
Resulta al
menos curioso que el país más culto de Europa tras la derrota y humillación de
1918 volvió su mirada hacia un pasado mítico y legendario de grandeza donde
encontrar consuelo. El paganismo que no había desaparecido por completo de
Europa regresaba de la mano de los círculos iniciados y ocultistas. Thor, Wotan y otros dioses
extraños regresaban a sus dominios precristianos.
El nazismo
hunde sus raíces en el río ocultista que recorre Europa desde el siglo XVIII.
Organizaciones secretas como la Deutscher Bund, la Tugembud, los Iluminados de
Baviera o Thule, fueron sin lugar a dudas materia de inspiración para el
nazismo. Debemos recordar aquellas palabras de Hitler cuando afirmaba que
«aquel que vea en el nazismo un movimiento político, es que no ha entendido
nada». La gran fuerza del nazismo se encuentra en ser fundamentalmente un
movimiento espiritual e irracional, donde prima la intuición sobre la razón, la
acción sobre la contemplación. La fuerza del mito cobra en el nazismo un
protagonismo absoluto.
En la
actualidad junto a la irrupción de neonazis que exhiben viejas insignias, nueva
extrema derecha recorre Europa que ha entendido que su supervivencia exige un
“lavado” de imagen: viste informalmente y niega ser racista -al tiempo que
niega el holocausto- y declara un compromiso con la democracia. Por lo tanto,
recordar el pasado puede lograr que ese odio se reprima y no se convierta en fuerza
hegemónica bajo un disfraz o sensorium nuevo.
Esto
quedará para una próxima entrega, en torno al texto de Sloterdijk Si Europa despierta[19], el ensayo más
provocador sobre la identidad Europea de los últimos años.
Adolfo
Vásquez Rocca Ph. D.
Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso;
Postgrado Universidad Complutense de Madrid, Departamento de Filosofía IV,
Teoría del Conocimiento y Pensamiento Contemporáneo. Áreas de Especialización
Antropología y Estética. Profesor del Programa de Postgrado
del Instituto de Filosofía de la PUCV, del Magíster en
Etnopsicología -Escuela de Psicología PUCV, Profesor de Antropología Filosófica en la Escuela de Medicina de la UNAB. Director
de la Revista Observaciones Filosóficas
http://observaciones.sitesled.com; Secretario Ejecutivo de
Philosophica -Revista del Instituto de
Filosofía de la PUCV- http://www.philosophica.ucv.cl/editorial.htm, Editor Asociado de Psikeba,
Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales, Buenos Aires http://www.psikeba.com.ar/
, Revista del Instituto de Filosofía de la PUCV. Miembro del Consejo Consultivo
Internacional de Konvergencias, Revista de Filosofía y Culturas en Diálogo.
adolfovrocca@gmail.com
* Registro de propiedad intelectual 2006
Prohibida la reproducción
de esta obra, por cualquier medio, sin indicar la fuente y previo
consentimiento de su autor.
** Este
Artículo forma parte -en calidad de adelanto- de un próximo Libro en torno a
Sloterdijk y el Posthumanisto, proyecto Editorial en marcha, en colaboración
con el Prof. Dr. Hugo Renato Ochoa Disselkoen, Profesor Titular del Instituto
de Filosofía de la Universidad Católica de Valparaíso, Ex
Decano de la Facultad de Filosofía y Educación. Director de PHILOSOPHICA, Revista del Instituto de Filosofía de
la PUCV y miembro del Consejo Editorial de HYPNOS, Revista del Centro de
Estudios de la Antigüedad Griega de la Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo y de la REVISTA OBSERVACIONES
FILOSÓFICAS.
Artículos relacionados
sobre Sloterdijk de Adolfo Vásquez Rocca.
Artículo “Peter
Sloterdijk; Extrañamiento del mundo; Abstinencia, drogas y ritual”
En Cuaderno de
Materiales, Nº22 Enero 2006, publicación oficial de la Universidad Complutense
de Madrid, indexada en el registro internacional de publicaciones seriadas con
el número de ISSN: 1138-7734 http://www.filosofia.net/materiales/num/num22/Sloterdijk.htm
Peter
Sloterdijk: 'Extrañamiento del mundo'. Abstinencia, drogas y ritual / Adolfo
Vásquez Rocca
En: Gazeta de
antropología, Universidad de Granada – España UE.
ISSN
0214-7564, Nº. 22, 2, 2006.
http://www.ugr.es/~pwlac/G22_12Adolfo_Vasquez_Rocca.html
Artículo “Peter
Sloterdijk; La música de las Esferas y el olvido del ser desde todos los
altavoces” En Opinitatio, Sitio Web Especializado en Filosofía y Religión.
http://usuarios.iponet.es/ddt/elolvido-c.htm
Y
En A Parte Rei
45, Mayo 2006.
Revista de la
Sociedad de Estudios Filosóficos de Madrid.
http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/vasquez45.pdf
“Peter
Sloterdijk; la música de las esferas y la era antropotécnica”
http://www.konvergencias.net/musicaps01.htm
“Peter
Sloterdijk ¿dónde estamos, cuando escuchamos música?”
http://www.konvergencias.net/musicaps.htm
En
Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo, Número 12 Año III Mayo 2006.
Artículo,
'Peter Sloterdijk; Esferas, helada cósmica y políticas de climatización'
En Eikasia
Revista de Filosofía, julio 2006, Oviedo, España.
ISSN:
1885-5679, En prensa.
Artículo,
'Peter Sloterdijk; El post-humanismo: sus fuentes teológicas y sus medios
técnicos',
En Revista
Observaciones Filosóficas Nº 3, 2006
http://observaciones.sitesled.com/posthumanismo.html
Artículo,
“Peter Sloterdijk: de las 'Normas para el Parque humano' a la biotecnología y
el discurso del posthumanismo”
http://usuarios.iponet.es/ddt/biotecnologia.htm
Sitio Web
Especializado en Filosofía y Religión,
Barcelona, 2006.
y Revista
TEOREMA, Departamento de Filosofía, Universidad de Murcia, En Comité Editorial.
Artículo,
“Música concreta y Filosofía; Registros polifónicos de John Cage a Peter Sloterdijk”. En Revista de
Humanidades: Tecnológico de Monterrey, En Prensa, Edición de julio. Edición
impresa y digital.
Artículo “Peter Sloterdijk; El Desprecio de las masas, consideraciones en torno al poder” En Observaciones Filosóficas Nº 3, 2006, Y En consejo Editorial de Revista Filosofía del Derecho (RTFD), Universidad Carlos III de Madrid (España, UE)
[1] CANETTI, Elías (1960), Masa y poder, Ed. Alianza, Muchnik, Madrid, 1997, p. 16
[2] ORTEGA
Y GASSETT, José, La Rebelión de las masas,
Alianza Editorial, Madrid, 1993.
[3] ORTEGA
Y GASSETT, Jose, La Rebelión de las masas,
Alianza Editorial, Madrid, 1993.
[4] GIRARD, René, La violencia y lo Sagrado, Editorial Anagrama, Barcelona, 1995, p. 15 y sgtes.
[5] SLOTERDIJK,
Peter, El desprecio de
las masas. Ensayos sobre las luchas culturales de la sociedad moderna, Pre-textos, Valencia, 2001, pp. 17-18.
[6] ŽIŽEK,
Slavoj, Las metástasis
del Goce. Seis ensayos sobre la mujer y la causalidad, ed. Paidos, Buenos Aires, 2003
[7] ŽIŽEK,
Slavoj (con Judith Butler y Ernesto Laclau), Contingencia, Hegemonía, Universalidad, ed. FCE, Buenos Aires, 2003,
[8] ŽIŽEK,
Slavoj, El sublime objeto de la ideología. Siglo XXI editores, Buenos Aires, 2003, pp 56-57
[9] CANETTI,
Elías (1960), Masa y
poder, Ed. Alianza, Muchnik, Madrid, 1997.
[10] FREUD,
Sigmund, Totem y Tabú, Ed. Amorrortú. 1988. Buenos Aires.
[11] Canetti, en cambio, además de las masas de acoso, distingue otros cuatro tipos de masas: las
masas de fuga, las masas de
prohibición, las masas de inversión, y las masas festivas.
[12] El
término muta procede del francés 'meute', que actualmente sólo significa
"jauría" (grupo de perros cazadores), pero que en francés antiguo
conservaba todavía la acepción del étimo latino movita, con el significado de
"alzamiento" o "levantamiento" que hoy tendría la palabra
motín.
[13] CANETTI, Elías (1960), Masa y poder, Ed. Alianza, Muchnik, Madrid, 1997.
[14] KRACAUER,
Siegfried, De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine
alemán, Paidós,
Barcelona, 1995., p.18
[15] KRACAUER, Siegfried, De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine
alemán, Paidós,
Barcelona, 1995., p.192
[16] SLOTERDIJK, Peter, El desprecio de las masas. Ensayos sobre las luchas culturales de
la sociedad moderna, Pre-textos, Valencia,
2001, p. 25
[17] Ver Artículo “El artista como dictador
social y el político como escenógrafo” de Adolfo Vásquez Rocca, En Psikeba, Revista de
Psicoanálisis y Crítica cultural, Buenos Aires y Rosak. Con la colaboración de
la Lic. Rosa Aksenchuk de la Universidad de Buenos Aires.
http://www.rosak.com.ar/textos/el_artista_%20como_dictador_social.htm
[18] ARENDT, Hannah, Los orígenes del totalitarismo. Alianza Universidad, 1987.
[19] SLOTERDIJK,
Peter, Si Europa
despierta, Editorial
Pre-Textos, Valencia, 2004
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