“ EL EXORCISTA ”



Por Josele González
Avilés (Asturias)

       Tras varias semanas de ardua porfía, Jose Manuel Braña logró convencerme para que escribiese sobre alguna película e incluir la reseña en la página web de la que tanto nos habla. A pesar de mi natural reticencia a escribir sobre cualquier materia, finalmente acepté cuando éste me sugirió el tema sobre el que versarán estas líneas. “El exorcista” ha sido siempre una de mis películas favoritas y no puedo sustraerme a la tentación de decir algo sobre ella. Las primeras veces que vi el filme datan de mi infancia y de ellas recuerdo, mayoritariamente, un miedo espantoso y que tuve que dormir con mi abuela. Con el paso de los años el miedo se transformó en una fascinación cada vez más creciente, que llegó a su punto álgido cuando leí la obra original de William Peter Blatty. Resulta obvio decir que no soy, ni por asomo, un especialista en cine, sino un mero aficionado y que, como tal, divagaré a lo largo de dos o tres páginas.


       En efecto, “El exorcista” esta basada en la homónima novela de William Peter Blatty aunque quizá el propio autor tuviese ya en mente la película al escribir el libro pues Blatty fue, antes que escritor, guionista de cine (sobre todo comedias, por ejemplo, “A shot in the dark” con Peter Sellers). Como Blatty nos cuenta, comenzó a escribir porque, simple y llanamente , se encontraba en paro y quería demostrarse a sí mismo que podía hacer algo serio. Para ello, se basó en un supuesto caso de posesión de un niño de unos catorce años que se produjo en un suburbio de Maryland, a escasas diez millas de Georgetown, donde Blatty se encontraba estudiando en 1949. Blatty contó con la colaboración de un antiguo profesor, el padre Tom Bermingham, que más tarde aparecerá en el propio filme representándose a sí mismo como líder de la comunidad jesuita de la provincia de Nueva York. La lectura del libro resulta apasionante, y lo será aún más para aquellos que disfrutaron con la película. A pesar de que es imposible captar en un par de horas de metraje toda la riqueza de una obra literaria, hay magníficas adaptaciones al cine como, en mi opinión, “El nombre de la rosa”, “Las amistades peligrosas” o ésta que nos ocupa. Luego creemos que señalar que “el libro es mejor” es, por una parte obvio aunque también erróneo por otra. Es, simplemente, una confusión de planos. Una novela puede estar peor o mejor adaptada al cine dentro de una inconmensurabilidad necesaria.

       Varias productoras rechazaron el proyecto y creo que fue, finalmente, Warner quien lo aceptó. William Friedkin fue fichado para dirigir la película y comenzó a obsesionarse con ella desde el principio, entablando algunas polémicas (amistosas, eso si) a propósito del guión propuesto por Blatty, que Friedkin consideraba recargado de un simbolismo innecesario (paradójicamente, los cortes propuestos por Friedkin son las nuevas escenas añadidas a reciente versión). El papel de Chris McNeil fue rechado por Jane Fonda (quien no se quería ver envuelta en , literalmente, “una puta mierda capitalista como esa”). Varios nombres sonaron entonces (Audry Hepburn y Anne Bancroft, por ejemplo) pero fue Ellen Burstyn quien se llevó el gato al agua, por propia insistencia de la actriz. Según nos cuenta William Friedkin, varias estrellas de Hollywood querían el papel del padre Karras (Jack Nicholson, Paul Newman…) aunque lo que realmente quería él era un cura que pudiese actuar. Su deseo se vio realizado a medias pues Jason Miller se convirtió en el padre Karras, aunque otro jesuita (el padre William O´Malley) fue introducido para representar al padre Dyer. Para el papel del padre Lancaster Merrin, Blatty tenía en mente al filósofo jesuita francés Teilhard de Chardin, cuyo alter ego en el mundo del cine no podía ser otro que el solemne y casi aristócrata Max Von Sydow. Finalmente Linda Blair fue escogida como Regan. Este es uno de los detalles que, para mi gusto personal, producen aún más desazón (si cabe) en el espectador: el hecho de transformar el adorable rostro de una niña de doce años en el mismísimo demonio.

       El rodaje y la edición del filme duraron dos años, en los cuales el presupuesto inicial se disparó y, tanto los ejecutivos de la Warner como el mismo Friedkin no tuvieron muy claro si llegarían a alguna parte. Durante el rodaje algunos problemas técnicos se solucionaron no sin mucho esfuerzo, como, por ejemplo, conseguir que los actores expulsasen vaho al respirar en las escenas finales (para lo cual se tuvo que convertir el dormitorio de Regan en un frigorífico gigante), y hacerlos actuar en tales condiciones (Max von Sydow señala que resultaba muy difícil expresar emociones gestualmente cuando su cara estaba, literalmente, congelada). El espectador de hoy en día, acostumbrado como está a todo tipo de efectos especiales, creerá que aquellas escenas fueron un trozo de pastel, lo cual es un grave error. Recordemos que nos hallamos a principios de los setenta y la tecnología en el cine no era, ni de lejos, la de hoy. Por otro lado, William Friedkin hizo todo lo que estuvo en su mano para motivar a los actores: desde darle una tremenda bofetada al padre William O´Malley para que este despidiese “como Dios manda” al padre Karras cuando cae por las escaleras (la mano temblorosa no es otra cosa que rabia hacia el director), hasta casi destrozar la espalda de Ellen Burstyn en la escena en que Regan la tira al suelo y, así, conseguir un efecto más realista. Friedkin era un tío con mucho carácter, por lo que se ve. Otra simpática anécdota ocurrió mientras se editaba la película. En un principio, Lalo Schifrinn (autor de tantas y tan conocidas bandas sonoras) se encargó de componer la música para el filme aunque a Friedkin no debió gustarle mucho pues, tras la primera audición, agarró violentamente la cinta y la lanzó por la ventana a un aparcamiento cercano. A continuación dijo: “Ese es el lugar al que esta música pertenece…¿alguien ha oído un disco que se llama “Tubular bells” de un tal Mike Oldfield?”.

       Una vez que la película estuvo terminada varios ejecutivos de la Warner se reunieron para verla, tras lo cual, mirándose unos a otros y preguntándose: “Dios mío…¿qué es esto que acabamos de ver?, no quedaron muy seguros de si ésta debía distribuirse en las salas comerciales. Cuando “El exorcista” se estrenó, el impacto social fue inaudito: algunos espectadores, tras ver la película, se dirigían directamente a la iglesia mas cercana a rezar, otros menos afortunados no conseguían aguantar hasta el final y se marchaban física y psíquicamente afectados. Las escenas en las salas de cine eran de lo más variopintas y las reacciones de todo tipo. La película fascinó desde el principio y las colas para conseguir entradas eran interminables. Desde las posiciones más conservadoras del gobierno norteamericano se inició una campaña en contra del filme, donde creían apreciar “un poder del mal”. Los debates en prensa y televisión también continuos y polémicos.

       Antes de terminar con esta serie de curiosidades en torno a “El exorcista”, quisiera tratar algunas cuestiones. Empecemos con el ritmo. Esta cuestión tiene que ver con la apreciación que un espectador actual tendría de la película que nos ocupa, la cual, a pesar de no llegar a los treinta años, se nos aparece como “vieja” en el sentido apuntado. Es una clara tendencia del cine actual (puntualicemos: cine norteamericano de consumo masivo) el ofrecer películas donde los acontecimientos se suceden a un ritmo vivo y muchas veces escuchamos, en tono de queja, que tal o cual película “es lenta”. En mi opinión, tal comentario adolece de una clara ignorancia asilvestrada. La viveza o lentitud de un filme no es un valor en sí mismo, sino que el ritmo es un factor muy importante que, junto con otros, colabora a la comprensión y el disfrute de lo que, en última instancia, pretende ser una obra de arte. En “El exorcista” percibimos un intencionado y claro matiz documental y no sólo una “scary movie” al uso, con litros de sangre y rollizas jovencitas chillando.

       Que “El exorcista” es una película que produce un cierto desazón no es algo que haya que demostrar: ahí están las reacciones que en su día causó. Hoy en día, quizá esto haya cambiado un poco. A pesar de todo, me gustaría decir algo sobre el tipo de miedo que la película produce y sobre el poder de sus imágenes. Tomemos por ejemplo la otra gran obra maestra del género: “El resplandor” de Stanley Kubrick. Aquí tratamos con nuestro rechazo hacia la locura, hacia un hotel habitado por oscuros acontecimientos del pasado y, sobre todo, hacia un tío que nos persigue con un hacha lo cual acojona, como diría Leibniz, en todo mundo posible. Se trata, por tanto, de un miedo primitivo, originario. En “El exorcista” hallamos elementos comunes, como es obvio, a los que se añade uno especialmente importante: el factor religioso. La religión es un recurso muy importante en el cine de terror (recuérdese “Carrie” de Brian de Palma). Pues la religión, al hacer al espectador enfrentarse con cuestiones fundamentales, es algo que atemoriza en sí mismo (¿Quién no se acojonaría ante la idea de pasar la noche en un cementerio o en una iglesia?). Hoy en día el recurso religioso en el cine ha caído en desuso, simplemente porque la religión lo ha hecho. Recuérdese que Blatty escribió el libro con la idea de plantear un problema teológico (por otro lado, tan viejo como el hombre): la presencia del mal en el mundo creado por Dios y, de todo ello, algo ha quedado en el filme. Con tal fin, Friedkin y Blatty lograron una película excepcional a mi modo de ver, donde las imágenes poseen una fuerza rara vez vista en la historia del cine.

       “The Exorcist: director´s cut” me gustó. Hubo gente que quedó decepcionada, no sé que demonios creían que iban a ver. ¿Otra película completamente distinta? Obviamente es una película para fans de la original, con el aliciente de las escenas añadidas (especialmente la del “spider´s walk”). Aunque, sin lugar a dudas, me quedo con el final clásico. Un saludo.


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