“ Los siete samurais ”

Shichinin no samurai (Akira Kurosawa)




Ficha técnica.

Director: Akira Kurosawa.
Guión: Shinobu Hashimoto, Akira Kurosawa, Hideo Oguni.
Producción: Sojiro Motoki.
Música: Fumio Hayasaka.
Montaje: Akira Kurosawa.
Fotografía: Asakazu Nakai.

Reparto: Takashi Shimura (Kambei), Toshiro Mifune (Kikuchiyo), Isao Kimura (Katsushiro), Seiji Miyaguchi (Kyuzo), Yoshio Inaba (Gorobei), Minoru Chiaki (Heihachi), Yoshio Tsuchiya (Rikichi), Bokuzen Hidari (Yohei), Kamatari Fujiwara (Manzo), Keiko Tsushima (Shino), Daisuke Kato (Shichiroji).

Duración: 203 min.
Nacionalidad: Japón.
Año: 1.954.


Comentarios.

       Los Siete Samurais fue la primera incursión de Kurosawa en las historias épicas de samurais, y forma junto a Throne of blood (1957), Hidden Fortress (1958) y Ran (1985) el cuarteto imprescindible de películas de acción del autor.

       En esta película encontramos claramente diferenciadas las clases sociales de la época de las guerras feudales que asolaron Japón en el siglo XVI. Los campesinos, pobres e indefensos; los bandidos, que gracias al vacío de poder se agruparon formando grandes ejércitos que atemorizaban a la población; y los samurais o los ronin, grandes luchadores que se ven obligados a buscarse la vida ante la ausencia de señores a los que defender. Pero además de remarcar esas clases sociales, durante gran parte del metraje inicial, Kurosawa nos ofrece un retrato detallado de los campesinos y los samurais. Por una parte vemos a los atemorizados campesinos yendo a la ciudad en busca de los samurais que les defiendan, podemos observar la penuria en la que viven, constantemente asediados por los bandidos que les roban las cosechas y las mujeres. Para estos hombres alimentarse de mijo es un sacrificio aceptable mientras puedan tener un buen plato de arroz para ofrecer a sus defensores, y realizan ese sacrificio sabedores de que sin estos hombres que les defiendan, no habría más cosechas en el futuro e incluso sus propios hogares correrían el peligro de ser destruidos.

       Una vez en la ciudad, conocemos con más detalle a los samurais, hombres habituados a la lucha, respetados y temidos por el resto de habitantes de los poblados; muchos de estos samurais se han convertido en ronin o mercenarios. En épocas pasadas hubiera sido inconcebible que alguno de ellos aceptara el trabajo que les ofrecían los desesperados campesinos, pero como se ha dicho anteriormente, las guerras feudales azotaban el país y algunos samurais debían rebajarse considerablemente para seguir manteniendo una forma de vida acorde a sus necesidades. Uno de los grandes logros de Kurosawa en este film fue transmitir espléndidamente al espectador la relación que se establece entre unos y otros. Las escenas en las que los samurais adiestran a los campesinos en el arte de la guerra no tienen desperdicio, usando sabiamente las características típicas del cine militar, aderezadas con las suficientes dosis de humor para llegar con más facilidad al espectador.


       Técnicamente el film incluye algunas innovaciones importantes para la época en que se rodó. Por primera vez el cineasta utiliza tres cámaras simultáneamente para rodar las escenas de acción, y hace uso de la cámara lenta para realzar algunas de estas escenas (destacable es la escena en la cual Kambei mata a un secuestrador que está escondido en un granero). El montaje, obra del propio Kurosawa, es prodigioso, estableciendo tres partes bien diferenciadas entre sí, pero consiguiendo mantener el ritmo en todo momento. En la primera parte asistimos a la presentación de los personajes durante todo el tiempo invertido (más de una hora) en la búsqueda de los samurais que defenderán la aldea. En una fase intermedia asistimos a los preparativos de la defensa del poblado, y finalmente tenemos la batalla en sí, en la cual Kurosawa elimina la música y hace uso de sonido real para conseguir plasmar, con más brillantez si cabe, un realismo inusitado.

       En esta cinta se puede apreciar la importancia que todos y cada uno de los personajes tienen a lo largo del metraje. Ningún personaje está de más y cada cual tiene su importancia en un momento determinado. Kurosawa era partidario de tratar por igual a sus personajes, ya fueran buenos o malvados, pero en esta ocasión los bandidos no poseen muchos minutos de metraje, ya que el tiempo de exposición de personajes está más dedicado a los campesinos y a los samurais, y los bandidos quedan en un tercer plano. Observamos, por eso, que sólo los bandidos atacan con armas de fuego, mientras que los samurais usan sus espadas y el arco para defenderse, incluso cuando consiguen arrebatar algún fusil a sus contrincantes. No es de extrañar, pues, que todos los samurais fallecidos durante el combate lo hagan alcanzados por alguna bala, queriendo así reafirmar aún más su bravura, puesto que en los combates cuerpo a cuerpo ninguno de ellos ha sido derrotado anteriormente.


       En un plantel de actores habituales en la filmografía del autor, no es fácil destacar a alguno en especial, pero gracias al carisma de sus personajes, hay dos que sobresalen por encima del resto. Kikuchiyo (Toshiro Mifune) es un hijo de campesinos obsesionado por ser un samurai para escapar de su condición de pobreza y miseria. Es un hombre solitario y amargado por un pasado en el cual sus padres fueron asesinados por una banda de bandidos parecida a la que se enfrenta en la actualidad. En este personaje encontramos una extraña mezcla de bravura y comicidad que en un principio sorprende al espectador, pero a medida que le vamos conociendo mejor podríamos decir que Kikuchiyo es el personaje que más consigue conectar con nosotros. Kambei (Takashi Shimura) es un gran estratega, que enseguida se establece como el jefe carismático del grupo al ser el primero en aceptar el trabajo, y en emplear sus sabios métodos para ir reclutando uno a uno a todos los samurais necesarios para organizar una buena defensa de la aldea. Los demás actores también rayan a gran altura, pero indudablemente estos dos son los más carismáticos de la función.

       El amor también está presente en este film. Lo vemos en el romance que mantienen el joven samurai Katsuhiro (Isao Kimura) y Shino (Keiko Tsushima), la joven hija de un campesino. Esa historia de amor nos ofrece algunos de los momentos más bellos, estéticamenrte hablando, del film. La fotografía de Asakazu Nakai es fascinante en todo instante, pero en los momentos románticos alcanza unas cotas de belleza sublimes. Cuando los amantes están haciendo el amor en una choza, vemos los rayos de luz entrando a través de los juncos, consiguiendo un efecto a caballo entre la intimidad y el voyeurismo que nos invade, realmente hermoso. Así mismo, la música de Fumio Hayasaka se adapta perfectamente a cada momento del metraje, introduciendo un tema específico para cada una de las étnias sociales que les acompaña a lo largo de toda la cinta.

       Los productores intentaron que, para reducir gastos, Kurosawa abandonara la grabación en exteriores y acabara el film en un estudio, cosa a la que el cineasta se negó rotundamente, amenazando incluso con abandonar el proyecto si no se hacía de la manera en que él lo había ideado. Fue a raíz de este suceso cuando la prensa empezó a utilizar el apodo de El Emperador cuando se refería a Kurosawa.

       Para finalizar, decir que durante bastantes años, el film se distribuyó en el extranjero en una versión de 160 minutos, y no fue hasta su edición en vídeo cuando se pudo ver la versión íntegra fuera de Japón. También resaltar que, en 1960, John Sturges realizó Los Siete Magníficos, un remake a modo de western de este film que obtuvo un gran éxito internacional.



Glasso

(www.geocities.com/canalcine)
Lloret de Mar, 18 de Marzo del 2.002

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