Miguel Hernández, el poeta.
Miguel Hernández, el poeta.
Retoñaran aladas de savia sin otoño
Reliquias de mi cuerpo que pierdo a cada herida
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Sumario
El poeta en marcha (1931-1935)
Conquista de la vida personal (1935-1936)
Poesía beligerante (1936-1939)
La voz herida de la canción ( 1938-1941)
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La vida de Miguel Hernández fue breve y sencilla. Si cronológicamente se corta a los treinta y un años, como episodio no sobrepasa el marco de una modestia esforzada en el trabajo y en la vocación. Una familia humilde, un pueblo levantino, una pugna por abrirse paso y una peripecia implicada, como la de tantos jóvenes de su tiempo, en la guerra civil. Familia, pueblo, pugna y peripecia bélica cuyos pormenores se amplifican como sigue. Miguel Hernández Sánchez trafica en pequeña escala con ganado lanar. Cabras y ovejas que compra y vende, así como comercializa la leche del ordeño. Formó matrimonio en 1905 con Concepción Gilabert Giner, Logran un modesto acomodo, en el ámbito de una sociedad rural. Les nace el primer hijo: Vicente, y una hija: Elvira. El 30 de octubre de 1910, el tercer nacimiento fue el del futuro poeta. Dos años después, nace otra niña: Conchita. El jefe de la familia se siente necesitado de la ayuda de sus hijos, quiere que arrimen el hombro al quehacer familiar, como en toda economía precaria inherente a un atraso social con nulas previsiones pedagógicas. Por eso Miguel Hernández Gilabert, que asiste a las escuelas del Ave María y al Colegio de Santo Domingo, es retirado de ‚este a los catorce años. Su ayuda al sustento de la casa ser conducir el pequeño rebaño y repartir la leche. Fácil es comprender que en ese clima doméstico, las inquietudes literarias resultan fuera de lugar. El padre las vio como extravagantes en su hijo. No es el alevín de poeta bien visto en el gusto paterno, aun que la madre fuera m s tolerante y a las hermanas les hiciese gracia. Si así es la familia, veamos el pueblo. Ofrece en canto y prez literaria. Orihuela es una antigua y be lla población alicantina, con feraz huerta y riquezas de arte. No puede hoy desprenderse del prestigio con que la rodea la famosa obra de Gabriel Miró, extraordinario escritor cuya prosa ejerció influjo sobre los poetas de su tiempo. En muchas de sus páginas y con el nombre de Oleza, aparecen descripciones y glosas. Un medio geográfico y urbano que no deja de moldear, en lo sensual y en lo artístico, la manera de ser de sus habitantes. El joven Miguel, uno de ellos. En una barriada extrema, la vieja calle de San Juan y la casa en que nace el poeta. Poco después: infancia en la calle de Arriba, ya frisando el campo. La pugna por hacerse sitio empieza pronto. Primero, sitio en la escuela y en el colegio, donde fue alumno de bolsillo pobre (en realidad, nunca dejó de serlo, de alguna manera), esto es: admitido por los jesuitas para asistir gratuitamente a las aulas de Santo Domingo, con los hijos de las familias adinera das. Entre ‚estos, José‚ Marín Gutiérrez. Llegaron a ser grandes amigos, pero Marín siguió estudiando, y se licenció en Derecho. Firmó sus trabajos críticos y literarios con el seudónimo de Ramón Sijé‚. A su temprana muerte diciembre del 35 dedicó Miguel la famosa elegía:
Yo quiero ser llorando el hortelano...
Pugna por hacerse oír, con sus primeras colaboraciones en periódicos de Orihuela, Alicante y Murcia y entre las amistades que frecuenta. El canónigo don Luis Almarcha, que le presta libros; el matrimonio Antonio Oliver y Carmen Conde, que lo relaciona con la Universidad Popular de Cartagena; los jóvenes de su ciudad José‚ y Justino Marín, Efren y Carlos Fenoll, Jesús Poveda y Manolo Molina... que se agrupan en tertulia literaria en la tahona de los Fenoll. A finales de 1931 se aventura a un primer viaje, buscando en Madrid atrás salidas que apenas encuentra o, por mejor decir, no encuentra en absoluto, puesto que todo se reduce a unos reportajes en un par de revistas, resaltando lo pintoresco: un poeta pastor, el joven cabrero que hace versos, etc. De regreso a1 pueblo, si defraudado en parte, no abatido: la pugna continua. La frecuentación lectora del barroco Góngora y los gongoristas del 27 le lleva a escribir su primer libro y su auto sacramental, so portes suficientes para el deseo de un segundo viaje. Desde marzo de 1934 hasta el verano de 1936, al fi lo de la guerra civil, Miguel vive una intensa ‚poca de busca y de aciertos. Busca, para sostenerse económicamente; aciertos, plasmados en su segundo libro, El rayo que no cesa, y en una serie de poemas, algunos de los cuales logran aparecer en revistas de la m s alta significación cultural: Cruz y Raya, Revista de Occidente, Caballo Verde para la Poesía... Un puesto de trabajo encuentra también si escaso de pecunia, suficientemente ambientado en el que hacer de las letras: su ocupación en las labores de una enciclopedia taurina, dirigida por José‚ María de Cossío, amigo de todos los poetas de la generación del 27. Entre aquellos ya por entonces jóvenes maestros encuentra Miguel apoyo. Dámaso Alonso llegó a llamarle genial epígono; Vicente Aleíxandre le influye de manera notable; con García Lorca cruza correspondencia en torno al primer libro Perito en lunas ; José‚ Bergamín le admite para Cruz y Raya el auto sacramental Quien te ha visto y quien te ve; Manuel Altolaguirre edita en su colección Héroe el volumen de El rayo que no cesa; Pablo Nervuda lo recibe en sus reuniones de casa de las flores, del barrio de Argüelles de Madrid, e incluye su colaboración en la revista Caballo Verde para la Poesía. Podría decirse que, en cierto modo, Miguel ha encontrado lo que buscaba: situarse en la ciudad. Sin embargo, su estancia tiene algo de conquista y algo de destierro, Porque nunca pierde su apego a la tierra, no olvida sus raíces. En sus escritos aparece algo así como un menosprecio de corte y alabanza de aldea según el libro de Fray Antonio de Guevara . Eso viene a ser El silbo de afirmación en la aldea:
No quiero más ciudad que me reduce
porque, en el fondo, se siente unido a la naturaleza:
Alto soy de mirar a las palmeras, rudo de convivir con las montañas.
Cabe fijar en esta zona de la pugna hernandiana una primera ‚poca que presenta, en cuanto a la obra, los tres títulos citados; en cuanto a la vida dia ria, su estabilidad en Madrid; en cuanto a la vida sentimental, su noviazgo con Josefina Manresa, una joven modista, hija de guardia civil, nacida en la provincia de Ja‚n, aunque vive en Orihuela. Ni el atractivo de la vida madrilena ni la relación con otras mujeres logran romper su firme enamoramiento: Josefina ser su mujer. La boda, en marzo de 1937. Miguel ha logrado con su segundo libro un sitio en el panorama político del momento. Un panorama brillante, donde los poetas del 27 est n creando sus m s significativas obras, donde la generación siguiente tiene ya nombres seguros - Germán Bleiberg, Luis Rosales, Leopoldo Panero, Carmen Conde...- , Panorama donde se proyectan las sombras mayores de Juan Ramón Jiménez y de Antonio Machado, donde, tras las vanguardias de los años veinte, cunde el ímpetu transformador del surrealismo. Uno de los períodos m s altos de la poesía española, sin duda. Para la pugna personal de Miguel Hernández, esta primera ‚poca se resuelve con dos circunstancias no del todo inconexas. La muerte de Ramón Sijé, su gran amigo y, en alguna medida, maestro del tiempo inicial, y las inquietudes de una profunda crisis ideológica. Líneas m s arriba se ha insinuado lo contradictorio de sus influencias; tenían que verse sus frutos. Miguel se formó en un ambiente de catolicismo rector, tanto por el ambiente general de la sociedad oriolana cuanto por sus años en el colegio de jesuitas y por la amistad misma de Ramón Sijé‚. Políticamente, su adolescencia y su primera juventud se comportan con mayor ambigüedad: alterna su asistencia a los círculos juveniles católicos y socialistas, al ai re de las oportunidades literarias. El cambio sobreviene con la estancia en Madrid: otros vientos, otros horizontes, otra manera de mirar el mundo. A esa luz, hasta sucesos que en otra coyuntura no pasarían de desagradable anécdota, cobran valor significativo, como la detención que sufrió Miguel, a primeros de 1936, cuando paseaba, solo y quizá desaliñado, por unos campos de San Fernando, cerca de Madrid. La Guardia Civil sospechó, y fue precisa la intercesión de Neruda, entonces cónsul de Chile. Curiosamente, el percance tiene precedente político: también a Bécquer lo detuvo la Guardia Civil una tarde que vagaba por los alrededores de Toledo. Diríamos que contemplar a solas el paisaje de España in funde sospechas a las fuerzas del orden, pero, al margen de eutrapelias, la detención de Miguel cobra aspectos premonitorios cuando, a posteriori, sabemos cuan trágicamente recayeron sobre ‚l los sistemas represivos. Por otra parte, la situación político-social en la España de los años treinta adensa y enturbia sus conflictos hasta la irrupción de la guerra civil, el 18 de julio de 1936. El último de los tramos propuestos al comenzar este esbozo biográfico: la peripecia bélica, se abre aquí. En doble vertiente debe mirarse: la guerra en sí y la posguerra con sus consecuencias. A comienzos del otoño del 36 Miguel ingresa voluntario en el ejército de la República. Tras algunas acciones, pasa a ocuparse de las labores de cultura y propaganda. Interviene en varios frentes y desarrolla una intensa labor literaria. Publica en numerosos periódicos y revistas, aparecen unas piezas teatrales, se edita su libro Viento del pueblo. Participa en el Il Congreso de 1ntelectuales en defensa de la Cultura, en Madrid y Valencia, y en septiembre de 1937 pasa unos días en Rusia, invitado al V Festival de Teatro Soviético. El 19 de diciembre de 1937 nace su primer hijo: Miguel Ramón, que muere a los diez meses.
Corazón que en el tamaño de un día se abre y se cierra. La flor nunca cumple un año, y lo cumple bajo tierra.
La muerte del niño mueve a Miguel a una poesía íntima y elegíaca, que origina el libro último, dejado en borradores: Cancionero y Romancero de ausencias.
Hasta un año antes de morir, estuvo añadiendo poemas. A principios del 39 había dado a la imprenta su segundo libro de guerra: El hombre acecha, que no llegó a ver la luz porque, a punto de encuadernarse, el fin de la contienda, con la derrota de la República, lo impidió. Esa derrota arrastró a Miguel en el tropel castiga do de los vencidos. Intentó, sin ‚éxito, salir de España por la frontera de Portugal. Apresado y devuelto a Madrid, en la cárcel de Torrijos escribió, durante el verano del 39, poemas como Ascensión de la escoba o Nanas de la cebolla. El temple moral del poeta se puso a prueba durante sus años de recluso, y por encima del lógico abatimiento, mantiene su espíritu entusiasta y, sobre todo, su ansia de amor. Con razón dijo una vez de sí que era el más corazonado de los hombres y un verso suyo marca la altura de sus sentimientos:
Cada día me siento más libre y más cautivo.
En la confusión de aquella ‚poca represiva, lo dejan en libertad a mediados de septiembre, pero el 29 el día de su santo es encarcelado de nuevo y se le forma consejo de guerra. Condenado a muerte, algunos intelectuales adictos al régimen del general Franco Alfaro, Ridruejo, Cossío, Sánchez Mazas... hicieron gestiones hasta lograr la conmutación por la pena de treinta anos. Una amarga y da niña peregrinación por varias cárceles lo llevó, débil y enfermo, al Reformatorio de Adultos de Alicante, en junio de 1941. Víctima de la tuberculosis y de la incuria carcelaria, se dejó morir poco a poco a una de las más hermosas voces de la poesía española. Fue el día 28 de marzo de 1942 : aquel día debió de anochecer antes.
El poeta en marcha (1931-1935)
OCTAVAS REALES
XXXII
Contra nocturna luna, agua pajiza
de limonar: halladas asechanzas:
una afila el cantar, y otra desliza
su pleno, de soslayo, sin mudanzas.
Luna, a la danzarina de las danzas
desnudas, a la acequia, acoge e iza,
en tanto a ti, pandero, te golpea:
¡Cadena de ti misma, prometiera!
Principio
Conquista de la vida personal (1935-1936)
Elegía
(En Orihuela, su pueblo y el mío,
se me ha muerto como del rayo Ramón Sigé,
con quien tanto quería.)
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré ‚ tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión m s grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento m s tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás s a mi huerto y a mi higuera:
por los al tos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se ir n a cada lado
disputando tu novia v las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Poesía beligerante (1936-1939)
Canción del esposo soldado
He poblado tu viene de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mi dando saltos
de cierva concebida.
Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.
Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por mas balas,
ansiado paz el plomo.
Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.
Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mi como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.
Escríbeme a la lucha, si‚nteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejar‚ a tu puerta mi vida de soldado sin colmillos ni garras.
Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día ir‚ a la sombra de tu pelo lejano.
Y dormir‚ en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.
Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.
Para el hijo ser la paz que estoy forjando.
Y al fin en un oc‚ano de irremediables huesos,
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.
La voz herida de la canción
El amor ascendía entre nosotros...
EL amor ascendía entre nosotros
como la luna entre las dos palmeras
que nunca se abrazaron.
El íntimo rumor de los dos cuerpos
hacia el arrullo un oleaje trajo,
pero la ronca voz fue atenazada.
Fueron pétreos los labios.
El ansia de ceñir movió la carne,
esclareció los huesos inflamados,
pero los brazos al querer tenderse
murieron en los brazos.
Pasó el amor, la luna, entre nosotros
y devoró los cuerpos solitarios.
Y somos dos fantasmas que se buscan
y se encuentran lejanos.
Sonreír con la alegre tristeza del olivo...
Sonreír con la alegre tristeza del olivo,
esperar, no cansarse de esperar la alegría.
Sonriamos, doremos la luz de cada día
en esta alegre y triste vanidad de estar vivo.
Me siento cada día más libre y más cautivo
en toda esta sonrisa tan clara y tan sombría.
Cruzan las tempestades sobre tu boca fría
como sobre la mía que aún es un soplo estivo.
Una sonrisa se alza sobre el abismo: crece
como un abismo trémulo, pero batiente en alas.
Una sonrisa eleva calientemente el vuelo.
Diurna, firme, arriba, no baja, no anochece.
Todo lo desafías, amor: todo lo escalas.
Con sonrisa te fuiste de la tierra y del cielo.